#ZZYearThree: 40 años de… LOS ETERNOS, de Jack Kirby

1975 es, sin duda, un año excepcional.
En España, un dictador la diñó tras cuarenta años de joder las vidas de toda una generación de aguerridos, sufridores y grisáceos españoles. Además, el 6 de enero de dicho año, un hecho de trascendencia planetaria, casi cósmica, tuvo lugar: dice la leyenda que a las nueve y cuarto de la mañana, tras bajar de un Seat Seiscientos en el que nadie sabe cómo fue capaz de meterse primero y después de romper aguas en la puerta del hospital, mi madre dio a luz a un chaval de tres kilos y medio que acabaría por convertirse en un lustroso yo mismo. Por último, y para culminar esta gloriosa terna de acontecimientos críticos para la historia universal, Jack Kirby volvió a Marvel un lustro después de limpiarse de los zapatos el polvo de las oficinas en las que el mítico Bullpen gestó toda una cosmogonía moderna. Un año glorioso, sin duda. Bueno, más o menos. Dejadme que os cuente la historia de…

LOS ETERNOS
de Jack Kirby

 

Título Original:
The Eternals by Jack Kirby TPB

Sello: Marvel Comics
Guiónista: Jack Kirby
Artista: Jack Kirby

Entintadores: John Verpooten y Mike Royer
Colorista: Glynis Wein
Contenido: The Eternals #1-19 y Annual #1 (Jul. 1976 – Ene. 1978)
Publicación USA: Junio 2006
Public. España: Enero 2015 (Panini/SD)
Valoración: Pero sigue siendo el Rey/10


La verdad es que no creo que para el Rey aquel retorno fuera un hecho que le provocara una felicidad desbordante, por mucho que el ladino Stan Lee lo pintara como la vuelta del hijo pródigo más espectacular, prodigiosa y rimbombante de la historia. Todo parece apuntar a que el Sansón de los cómics veía aquel retorno como un mal menor, como algo que necesitaba para pagar las facturas, la única salida para alguien cuya obsesión por llevar dinero a casa le obligaba a abdicar ante las clásicas y leoninas políticas de las grandes editoriales. Jack Kirby acababa de dejar DC tras cinco años de demasiadas sombras con un sabor agrio en los labios, después de sufrir un ninguneo por parte de los editores que acabaría siendo algo clásico en su carrera. A pesar de que lo habían recibido con los brazos abiertos y de que su labor en la Distinguida Competencia dejó muchos de los personajes y tramas que a día de hoy siguen siendo parte fundacional del universo deceíta, nunca se sintió bien tratado ni valorado en su justa medida. La mayoría de las muchas colecciones que creó en aquella etapa cerraron a los pocos números de empezar y, salvo Kamandi, ninguna de las cabeceras que llevaban su nombre en portada pasó de los veinte números. Además, desde el principio las injerencias de los mandamases de la compañía fueron poco menos que humillantes, obligándole a cambiar diálogos e, incluso, llegando a borrar y redibujar sin su consentimiento algunos de los rostros que Kirby había plasmado en su paso por Superman’s pal Jimmy Olsen. Mangoneos, series con malas ventas y relaciones tensas siempre que trataban aspectos económicos y de derechos de autor… la marcha de Kirby a Marvel fue la culminación de una política de hechos consumados que acabó siendo una maldición recurrente en la vida del maestro.

Señoras y señores: ¡El Rey Kirby!

Al principio, todo pintaba de color de rosa. Como si estuvieran a punto de matar el cordero cebado correspondiente para celebrar la vuelta del vástago díscolo, las labores editoriales y el control creativo de lo que saliese de su cabeza se pusieron en manos de Kirby. Había sido una de sus exigencias, quizá la más importante, y que se podía resumir en un binomio que caracterizaría su nuevo paso por la editorial que él mismo había ayudado a levantar con su crucial colaboración: “voy a hacer lo que me dé la gana y, además, no va a tener nada que ver con el universo Marvel tal y como lo conocemos”. Es cierto que toda regla tiene su excepción, y ahí están la etapa en Capitán América (con la Saga de la Bomba Loca o la creación de Zola, el Biofanático como máximos exponentes) o los 12 números con los que se trató de relanzar a Pantera Negra para demostrarlo. Es cierto que ambas etapas pueden considerarse casi como algo alternativo, llenas de ideas alocadas y alejadas de lo que se estaba haciendo hasta el momento con los personajes, pero este impacto colateral pronto fue absorbido por la sacrosanta continuidad tradicional como las ondas que una piedra deja en un estanque.

Más allá de estas dos míticas etapas, en la vuelta de Kirby a Marvel destacan colecciones como la adaptación de 2001: Una odisea en el espacio (que el maestro se encargaría de expandir y en la que se introduciría el personaje de Hombre Máquina), la creación del singular y delirante Dinosaurio Diabólico y, sobre todo, la serie que va a ocupar el grueso de este artículo: la gargantuesca, ambiciosa, breve y parcialmente fallida Los Eternos. Al avispado lector no se le escapará que, aunque el deseo de Kirby era que estos personajes quedaran apartados de la corriente histórica principal, todos ellos acabaron formando parte, de una u otra forma, del universo Marvel tal y como lo conocemos. El Rey proponía y los editores en jefe disponían, pasándose por el frondoso arco del triunfo inguinal los deseos y promesas establecidos.

Y no hablamos de un par de personajes, vaya…

Los Eternos es un nuevo intento de crear una innovadora y completa mitología, algo que ya había intentado (y conseguido) con la impagable saga de El Cuarto Mundo para DC. Claramente influido por la obra de Erich Von Däniken y, sobre todo, por su libro Recuerdos del futuro, Kirby juega con la idea de la intervención extraterrestre en la creación y evolución del ser humano. Para ello, diseña a unos gigantescos seres de poderes casi divinos, Los Celestiales, unos tipos de proporciones imposibles con la molesta manía de manipular los genes, dejar semillitas por el mundo, y volver después de unos cuantos milenios para ver si lo que dejaron en la charca fundacional ha crecido para satisfacer sus insondables estándares. Algo así como lo que se ve al principio de Prometheus, pero con más sentido, sin tanta mugre y con unas armaduras mucho más molonas. Bajo esta premisa, Kirby crea dos razas antagónicas: los muy apuestos Eternos y los mutados Desviantes y los enfrenta en una guerra secreta y milenaria. Esta excusa le sirve para introducir conceptos  clásicos de lugares primigenios desaparecidos como Lemuria o el continente perdido de Mu, y toda una colección de personajes sacados directamente de la mitología y la literatura griega. Incidiendo en la idea de que todas las historias de dioses antiguos  y demonios infernales se basan en la impronta que estos seres inmortales dejaron en la memoria colectiva del homo sapiens, Kirby transforma arquetipos clásicos en nuevos héroes y villanos: Ikaris (Ícaro), Zuras (Zeus), Khronos (¿hace falta que lo diga?), Sersi (aquella Circe de la Odisea que transformaba a los hombres en cerdos) o Kro (una especie de Satanás edulcorado) pululan por los 19 números que duró la serie en un despliegue típico de monstruos, tecnología alienígena, malévolos complots comunistas, diálogos más grandes que la vida y esos racimos de círculos negros que exudan energía y que se convirtieron en marca de la casa.

Todo lo que uno debe esperar de Kirby está ahí: la potencia, la grandeza, la locura conceptual desatada, la creatividad sin límites, la fuerza nuclear de cada rayo, cada golpe y cada trompada. Los Celestiales imponen con su escala variable; son auténticos demiurgos con el futuro de la humanidad en sus manos; representan esos nuevos seres supremos que el de Nueva York tanto anhelaba crear. Los Eternos son altivos y heroicos, situados por encima de un pueblo inferior al que han decidido proteger y por el que darán la vida mientras los humillan con conversaciones dignas de matón de instituto. Los Desviantes son malvados hasta la médula, feos, traicioneros, archienemigos de manual. Las naves son como planetas, repletas de esos brutales engranajes que solo se ven en los tebeos de Kirby. La tecnología parece sacada de una pirámide maya construida por marcianos. Cada capítulo contiene ideas fascinantes que han perdurado durante décadas en el imaginario superheroico popular. La esencia de ese genio que marcó y definió la estética moderna de mallas, leotardos y capas y creó una nueva manera de narrar para todo un género puede encontrarse en cada una de las páginas.

La construcción Maya antes mencionada.

Por desgracia, también es una historia inacabada, incompleta y, por tanto, frustrada. Como tantas otras antes que ella (los que hayan leído los ocho números de O.M.A.C. sabrán a lo que me refiero), Los Eternos acaba sin acabar, de manera precipitada, como el que espera con excitación el polvo de su vida y al bajar la mirada comprende que todo lo que hay tiene forma de gatillazo. Aunque es cierto que hay una voluntad de cerrar en cierta forma la epopeya que estaba intentado narrar, el final es un pim pam pum tan abrupto que te deja con cara de imbécil. No se lo esperaba, y se nota, pero las ventas son inexorables. No entienden de prodigios creativos, de maestros indiscutibles o de gurús del medio consagrados. En cierta forma, Kirby había sido desplazado de su tiempo, contenido por la burbuja temporal que era su propia imaginación y que le impulsaba a crear con un libre albedrío que le alejaría de los temas que sus coetáneos estaban haciendo en algunas de las franquicias más exitosas de Marvel. Kirby hablaba con un lenguaje que los lectores que habían ido creciendo con sus héroes dejaron de apreciar y al apartarse de esta línea común más centrada en los problemas diarios de una generación que empezaba buscar cosas diferentes, firmó la sentencia de muerte de sus series. Por si fuera poco, lo que había empezado como una reconciliación idílica pronto se pervirtió hacia la consabida historia de engaños y traición, y todo lo prometido por parte de los gerifaltes marvelitas acabó convertido en humo atrapado en una campana extractora. Aquel mundo aparte que había sido condición necesaria para volver al redil, pronto fue un corpúsculo molesto que había que integrar con el resto como fuera. Aunque Kirby sorteó de la mejor manera que supo estas exigencias a base de agentes de S.H.I.E.L.D genéricos, cosas que no eran tal Cosa y un Hulk con forma de robot cargado de poder cósmico, las continuas exigencias, cambios e interrupciones acabaron por derrocar al Rey que, desoldado y presa de un fatal desencanto, abandonó una vez más la editorial a la que había dedicado sangre, sudor y lágrimas para dedicarse al mundo de la animación.

La constante lucha contra la bestia comercial.

A la postre, Los Eternos queda como un catálogo de civilizaciones perdidas, villanos que parecen salidos de un coito entre un sapo y Humpty Dumpty, colosos que juzgan planetas como los emperadores en el circo romano y brujas inmortales, manipuladoras y sexis. También es una vuelta de tuerca a esos iconos que a Kirby le resultaban tan queridos, y no hay que esforzarse mucho para reconocer a los trasuntos de Metrón, Orión y unos cuantos personajes que quedaron atrás al cambiar de editorial. Una colección interrumpida, sin éxito en su momento y que ha perdurado como el clásico moderno que es. En definitiva, un clavo más en ese ataúd de frustración que condenó a uno de los creadores más grandes que jamás han existido a una etapa final llena de ostracismo, batallas legales  y homenajes tan tardíos como necesarios.

¡Nos vemos en la Zona!

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1 respuesta

  1. garrak dice:

    He esperado a terminar la serie para pdoer comentar aquí. Y yo digo que Kirby no ha envejecido tan mal en solitario, joder: los diseños, las splash pages y la epicidad son sencillamente flipantes, y los diálogos han envejecido en muchos casos mucho mejro que lso de Stan Lee, una pena que aquí la trama se ve como interrumpida a partir del número 13 para insertar cosas que subiesen las ventas, como el extraño crossover con Hulk.

    Anyway, sabiendo ahora que se aproxima el Cuarto Mundo… esperando me hallo la reseña respectiva en esta web. Ganazas…

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