#ZZYearFive: 40 años de… GREASE, de Randal Kleiser

¡Bienvenidos seáis todos y todas a nuestro 5º aniversario!

Como viene siendo habitual pretendemos celebrar nuestro cumple, y esta vez por todo lo alto. Para ello os vamos a hablar de obras que cumplen años como nosotros y que se merecen ser parte de esta gran fiesta que se verá redondeada con veinticinco artículos en los próximos cinco días. ¡Todo relacionado con el número de la rima fácil!

Así que poneos cómodos, pillad algo de picar y preparaos para el mejor aluvión de artículos comiqueros y cinéfilos. ¡Allé vamos!

Título original:
Grease
Año: 1978
Dirección: Randal Kleiser
Guión: Bronte Woodard, Allan Carr (Musical: Jim Jacobs, Warren Casey)
Música: Michael Gibson
Fotografía: Bill Butler
Reparto: John Travolta, Olivia Newton-John, Stockard Channing, Jeff Conaway, Barry Pearl,Michael Tucci, Kelly Ward, Didi Conn, Jamie Donnelly, Dinah Manoff, Eve Arden,Frankie Avalon, Joan Blondell, Edd Byrnes, Lorenzo Lamas, Sid Caesar

Valoración: La grasa más perfecta de la historia /10

Sinopsis: Verano de 1959. Sandy y Danny han pasado un romántico y maravilloso verano juntos, pero, cuando las vacaciones se acaban, sus caminos se separan. Inesperadamente, vuelven a verse en el instituto Rydell, pero la actitud de Danny ya no es la misma: ya no es el chico encantador y atento que encandiló a Sandy; ahora es engreído e insensible.

En el universo existen dos tipos de seres vivos: los que han visto Grease y los que no. Si perteneces al segundo grupo, entonces te lo ruego, hazte un favor a ti mismo y ponte ante cualquier tipo de reproductor audiovisual para corregir tan tremendo error. A las plantas puedo perdonarlas porque no tiene dedos para darle al play ni ojos y orejas para captar contenidos, pero a ti te supongo humano con capacidad de manipulación de instrumentos digitales y tecnológicos, así que, venga, NO ME JODAS Y VE A VER GREASE.

YA.

PERO YA DE YA MISMO.

¿Quieres razones? Estupendo.

Tell me more, tell me more…

Grease es una de esas películas clásicas, icónicas y atemporales. Contra todo pronóstico. Sí.  Con todo en su contra. Como surgida de un pozo del que solo puedes esperar hez, dolor y desesperanza. Grease es un musical. Un musical de los ’70. Un musical que habla de amor adolescente. Un musical ambientado en uno de esos institutos americanos que desde España contemplamos con el asombro del espectador de zoológicos. Un musical. Uno de esos géneros mágicos que, bien dosificados, produce obras maestras mastodónticas, enormes e inconmensurables como ese templo-homenaje al cine llamado Cantando bajo la lluvia, por ejemplo. Un musical. Con Olivia Newton-John, reina de lo hortera por antonomasia. Rubia perfecta y repelente. Epítome de la falda por debajo de la rodilla y la rebeca cruzada y casta sobre un torso virgen hasta el matrimonio. Un musical. Con un John Travolta tan joven y magnético, que parece increíble que sea la misma persona acartonada por el botox y atrofiada por el bisturí que esnifa cienciología desde su jet privado en nuestro distópico presente. Un musical. Sí. Eso es. Uno desarrollado con una perfección sincrónica digna de relojero, cubierto con canciones tan míticas que casi parecen impresas en nuestro ADN al nacer.

Más allá de la música, Grease es ácida y destructiva; mordaz y burlona; divertida y pegadiza como la brillantina a la que parece aludir el título. Tanto, que es imposible cambiar de canal cuando aparece en tu televisión. No importa cuántas veces la hayas visto. Hay algo que te congela, que consigue fijar tus ojos a la pantalla para ver coreografías mil veces vistas. Tarareas. Sonríes. Mueves los pies. Nunca aburre. Siempre parece moderna y fresca, a pesar de oler a anacronismo en cada plano. Exultante, ridícula y macarra, Grease es consciente de todos sus defectos y los usa para construir una sátira sobre pandilleros, idiotas, busconas, pijos y varios de los profesores y alumnos más imbéciles jamás vistos en un colegio. Es kitsch y cool a la vez. Anticuada y moderna. Rebelde y tradicional. Una empanada de dicotomías que funciona. No. No solo funciona. Esplende.

Si no has bailado esto en una boda borracho perdido no mereces vivir.

De forma atropellada y frenética, Grease se convierte en parte de tu vida, un trocito de historia del cine anclado a tus recuerdos, magia pura de ese celuloide atípico que no encaja con tu tradición secular de terror, gore y ciencia ficción, pero que a base de música entrañable y una calidad sólida e inexpugnable, se mete de lleno en tu lista de preferidas. Cada escena. Cada baile. Cada una de las absurdas y ñoñas tramas sobre las que se cimenta. Cada plano. De principio a fin. Grease es una fiesta de graduación que esperas que no termine jamás; donde el odioso se convierte en heroico; donde Lorenzo Lamas hace sus primeros pinitos; donde uno puede morir entre las pecas de Stockard Channing; donde Frankie Avalon realiza uno de los análisis más salvajes, crueles y certeros a toda una generación de ninis idiotizados sin oficio ni beneficio que confían en las redes sociales, las bromas de mierda y en los followers para labrarse un futuro y ganarse las lentejas. En 1978. Golpe maestro.

Pero, en el fondo, he elegido Grease para hablar de otra cosa. Más allá de la grandeza del cine como maravillosa expresión cultural. Más allá de los gorgoritos de Travolta y del cardado final de la Newton-John. Y es que esta obra maestra absoluta que ahora cumple 40 años es el ejemplo absoluto de la supremacía inapelable de la calidad. Frente a gustos. Frente a prejuicios. Frente a cualquier tipo de odio. Hay algo extraño en el modo en el que lo bueno se introduce en tu cerebro, te cortocircuita y te hace renegar de tus creencias. La calidad es un monstruo que logra que te contradigas, que te hace dar marcha atrás y aceptar temáticas y géneros que odias de manera total y sin grietas. La calidad te transforma en imbécil. Te desdice. Te desarma. Te expone. Te deja desnudo y vulnerable y, a continuación, rellena los huecos que te ha causado con cada puñetazo certero a tu épica estupidez con todos los ingredientes necesarios para hacerte feliz durante un breve pero perfecto espacio de tiempo. Ajeno al dolor. Sonriente. Mirando con compasión y ojos acuosos a la secta estúpida de la que tú mismo formabas parte. A la que todavía te aferras de vez en cuando. Silbando una melodía inmortal, como un auténtico relámpago de brillantina… La calidad es un hierro al rojo vivo que te marca y te cauteriza. Que te sella. Que te hace arder por dentro a base de fuego y puro genio creativo. Y Grease está tan llena de todo esto, que resulta un insulto por su simple, magistral, irreprochable y demoledor mecanismo de funcionamiento interno.

Uh-uh-uuuuh!

Un musical. Una historia de amor. Tupés y chaquetas de cuero.  Los Escorpiones. Los T-Birds. Las Pink Ladies. Barry Gibb, amo y señor del falsete. La sublimación de la horterada. Y funciona. Y lo hace tan bien que se convierte en una de tus películas favoritas. Porque volver a Rydell es siempre, siempre, siempre, una sensación maravillosa.

Y recordad que podéis pasaros por #ZZYearFive para disfrutar de todas las reseñas del aniversario.

¡Nos vemos en la Zona!

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