#ZZhaLLowEEn: TOMIE, de Junji Ito

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En la Zona ya lo tenemos todo listo para irnos de aquelarre y durante toda la semana os iremos ofreciendo reseñas de muerte sobre títulos y autores terroríficos que, de un modo u otro, han inquietado a nuestros redactores y que ellos, con cariño, os recomiendan para pasar la Noche de Brujas.

Inauguramos este especial como se abren los grandes eventos, con dos monstruos en esto del cómic. Aquí no hay truco que valga, ni aceptamos un trato para que no os quedéis a leer lo que Javier Marquina tiene que decir sobre…

TOMIE
de Junji Ito


 


Título original
Tomie (富江)

Sello: Ashai Shimbun
Género: Seinen/ Terror
Mangaka: Junji Ito
Publicación Japón: 1987 – 2000
Public. EspañaAgo. – Oct. 2016 (ECC Ediciones)
Valoración: Tengo una debilidad/ 10

 

 


Si el amor es una enfermedad, entonces yo amo a Junji Ito.

Y eso que no lo conozco en persona. Ni siquiera sé como es. No tengo el placer de haber disfrutado nunca de su compañía. Ignoro donde vive, si tiene pareja o qué es lo que hace las tardes de los domingos para pasar el rato. No sé nada de su vida privada, de los detalles que lo convierten en una media naranja perfecta o del alcance de sus capacidades físicas. Pero no me importa. Lo amo. Es algo elevado y etéreo. Una turbación pura, conectada de forma directa con el arte y lo supremo del alma humana. No sabría decir si lo hago con la fuerza de los mares o con el ímpetu del viento. Lo que sí tengo claro es que lo hago en la distancia y en el tiempo. Sin reparos. Sin barreras. Me tiene robado el corazón. Ha conseguido que olvide todos mis prejuicios y tontas manías contra el tebeo japonés y disfrute con sus cómics como si de un número del Thor de Walter Simonson se tratara. Ver su nombre impreso en el lomo de un volumen en mi librería de cabecera es un billete seguro hacia el desembolso.

El amor es ciego.

No es perfecto, pero no me importa. Nadie lo es. No es uniforme ni regular. Y me da igual. Sus trabajos tienen altibajos y momentos de anticlímax traídos por los pelos. También escribe e ilustra cuentos cortos sin pies ni cabeza que te dejan con más dudas que satisfacciones. Y qué. Qué más me da si puedo decir de él que es uno de esos autores que me permiten sentir con sus páginas. Sí. En efecto. Sentir. Experimentar sensaciones psíquicas y físicas mientras devoro cada uno de sus relatos. Desazón. Incomodidad. Repelús. Miedo. Angustia. Asco. Se mete tanto en mi cabeza que, en ocasiones, el impacto de sus obras se traslada a lo sensorial y puedo oler, degustar, oír y tocar lo que me cuenta. Sí. Habéis leído bien. Los cómics de Junji Ito se escuchan. Se palpan. Se huelen. Y no me estoy refiriendo al maravilloso tufo de la tinta y el papel recién impreso. Hablo de una conexión más allá de la materia, de algo parecido a la sugestión que te hace salivar cuando escuchas una campanilla.

Este manga no es una excepción. Es más, Tomie es el ejemplo claro que explica todas las obsesiones que podemos sufrir hacia este autor nipón. Porque Tomie es precisamente eso, el retrato de una obcecación compulsiva que enloquece a los hombres, que los transforma en psicópatas en nombre de un amor que no va más allá de la posesión de un objeto perfecto. Una ofuscación irracional que está lejos, incluso, del sexo entendido como acto carnal que enfrenta a dos personas. A Tomie se la desea, pero como un objeto, como un premio que colocar en una vitrina. Los protagonistas de las diversas historias que van tejiendo estos dos enormes tomos solo tienen en común una cosa: Tomie, esa mujer de belleza perfecta que crece como un cáncer en sentido figurado y literal. Un monstruo carente de inocencia, aunque la primera impresión que causa es siempre inmaculada. Una enfermedad física y mental que se propaga como un virus y destruye todo lo que toca. Una idea, un pensamiento corrosivo que envenena al instante y se multiplica como una plaga, imparable. Tomie es la analogía de ese amor posesivo y estúpido que hace que nos consideremos dueños del ser querido y nos llena de esa muerte en vida que son los celos.

Junji Ito, hazme un hijo.

Hay un aspecto más que convierte a esta obra en un objeto curioso y necesario para cualquier aficionado al arte del señor Ito. Al estar serializada en un periodo tan grande de tiempo (1987 – 2000), cada viñeta se muestra como un documento irrepetible de la evolución gráfica del autor, desde sus comienzos algo titubeantes hasta el trazo personal y esa expresividad tan reconocible que lo han convertido en uno de los indiscutibles gurús del horror. Junji Ito es un dibujante excepcional, y es apasionante contemplar como su estilo evoluciona, página a página, casi línea a línea, hasta convertirse en ese motor de desasosiego que genera un vacío incómodo con cada uno de sus títulos. Hasta en las historias más inconexas, surrealistas o ridículas encuentra uno un detalle que le hace torcer la boca en un gesto de repugnancia, de terror o de irracional indefensión. Hay que tener mucho talento para lograr eso, y este protésico dental que decidió que su camino era lanzarse al mundo del noveno arte y hacer que nos cagáramos vivos de puro miedo tiene, sin duda, toneladas del mismo. 

Y toneladas de Tomies también.

Ahora ya podéis empezar a leer. A devorar. Porque todo el mundo quiere a Tomie. Es una pulsión irrefrenable, imposible de controlar. Un amor loco que te condena al infierno. No sé me ocurre mejor metáfora para ilustrar a todos los fanáticos que no podemos evitar poseer cada cosa que tenga el nombre de este mangaka en la portada. No necesita explicación, porque el auténtico miedo es aquel que no tiene razón de ser y, sin embargo, crea un cortocircuito en nuestro ordenado mundo y nos hace sentir como un tarado balbuceante a punto de mearse en la cama. 

Ahí está.

Esa es la razón.

Amo a Junji Ito. Y sé que sois muchos los que me entendéis.

¡Nos vemos en la Zona!

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