#ZZhaLLowEEn: LA SERPIENTE ROJA, de Hideshi Hino

¡Feliz #ZZhaLLowEEN!

Hemos llegado al final de nuestro especial, con esta, culminamos una semana a tope de reseñas de muerte sobre títulos y autores terroríficos que, de un modo u otro, han inquietado a nuestros redactores y que ellos, sin maldad alguna, os recomiendan para la Noche de Brujas.

Bueno, esta recomendación a lo mejor sí va con un poquito de mala idea. Como buenos anfitriones del terror, hemos dejado lo más fuerte para el final y Sergio Mena ha decidido recomendaros algo que mejor si lo leéis después de haber cenado…

LA SERPIENTE ROJA
de Hideshi Hino


 


Título Original
: Akai Hebi (赤い蛇)
Sello
: Soubisha
Género
: Seinen/ Terror
Mangaka
: Hideshi Hino
Publicación Japón
: 1983 (Hibari)
Public. España
: 2005 (La Cúpula)
Valoración
: 7 pústulas a la vinagreta/10

 

 

“Desde que tengo uso de razón, siempre he querido salir de esta casa. No sé, es como si en ella se agazapara algo terrorífico. En ella, siempre he sentido malestar y miedo… Muchas veces he comenzado a rodearla intentando adivinar su tamaño, pero siempre llego a un punto en que la pared exterior se interna en la espesura del bosque y no se ve nada más. En la inmensidad de la casa, hay habitaciones que nunca he visto y a las que nunca he podido acceder… El pasillo que conduce a las habitaciones prohibidas está cerrado por un espejo de bronce verde.”

Era noviembre. Lo recuerdo bien.

Ansioso por experiencias intensas le pedí a mi buen amigo Àlex que me prestara algún cómic retorcido, de esos que llamamos en nuestro círculo interno “para cagar cadenas”. Estábamos en su casa, protegidos de una lluvia que nos había estado persiguiendo durante semanas. Frente a nosotros, una enorme estantería de sueños y papel. Me miró fijamente, dubitativo, levantó los ojos y tras quedarse unos segundos en silencio, paseo su mano por una sección de tomos pequeños. La sección de Manga. Cogió uno de ellos, lo observó y me lo entregó:

-Toma, este te va a molar. La serpiente roja, de Hideshi Hino. ¿Lo conoces?
-No.
Esbozó una media sonrisa y comenzó a asentir desafiante con la cabeza –Ya me dirás…

Examiné la portada, un arte tosco, casi infantil, con regusto añejo. Un estilo cercano al de un Shigeru Mizuki con una noche de mierda. En impoluto blanco y negro. Interesante. Su sinopsis: “Desde que tengo uso de razón, siempre he querido salir de esta casa”. Sólo esa frase, me heló la sangre.

Era noviembre. Lo recuerdo bien.

Jamás olvidaré esa vuelta a casa, absorbido por esta historia, rodeado por un espíritu de irrealidad grotesca que me hacía desdibujar a los viajeros que poco a poco iban entrando en mi autobús. Una de esas sensaciones comparables a escuchar Red de King Crimson a las 6 de la mañana. Cuchillas penetrando en tu cerebro sin compasión.

Los que me leéis de vez en cuando sabéis que no me gusta soltar spoilers en mis reseñas (N. de E. Además es política de la Zona). Considero que mi misión, equivocada o no, radica en crearos ganas de descubrir aquellas obras de las que os hablo. Por ello, no entraré mucho en harina. Este cómic es una experiencia y no quiero ser yo quien os la reviente así que voy a detenerme sólo en sus personajes, el resto os lo dejo a vosotros. Creedme, no encuentro forma mejor de haceros entender de qué va esta pesadilla etílica.

Nuestro protagonista es un niño que vive bajo el yugo del miedo a lo desconocido. Encerrado en un ambiente claustrofóbico con una familia “particular”, a saber: un padre que cultiva insectos con los que alimenta a sus gallinas (si alguna no pone huevos, arranca su cabeza y la cuelga), una madre que se encarga de limpiar la pústula del abuelo con los huevos, una abuela que se cree una gallina, una hermana que tiene una relación muy “personal” con los insectos y a la que le gusta lamer sangre, un espejo que, dicen, contiene al demonio y una casa en mitad del bosque…Pura diversión. ¿EH?

Con este panorama, sé que en vuestra mente podéis vislumbrar el rostro de su autor. ¿Lo visualizáis? Os animo a hacer un ejercicio: buscad fotos de Hideshi Hino en internet. Adelante. Os espero.

Para los vagos, mirad qué majete.

Lo sé. Pensabais encontrar a un señor con cara de perturbado, mirada perdida, dientes afilados y machetes en las cejas. Y no, habéis tropezado con un señor adorable y más achuchable que el ñordo de Arale. Sorpresas te da la vida. Pero tras esa pinta de vecino perfecto se esconde una de las mentes que idearon uno de los escándalos más siniestros del cine de los 80: la saga Guinea Pig. Para todos aquellos que no conozcan esta serie de películas, son producciones de corte gore (ja) cuyo único fin es mostrar desmembramientos y torturas de la forma más explícita y detallada posible. Fijaos si el nivel de realismo estaba logrado que el actor Charlie Sheen denunció una de las cintas (Flower of Flesh and Blood) al FBI creyendo que se trataba una película snuff real. ¿A que no imagináis quién se encontraba detrás de todo aquello? Nuestro querido “señor adorable”. Si a este escándalo le sumáis el vinculado al Tsutomi Miyazaki, un asesino en serie que trató de imitar algunos fotogramas de Guinea Pig en sus crímenes, tenéis la tormenta perfecta.

Aunque pueda sorprender, ese abuelete amable que se dedicaba al gore nació en China y no en Japón. Corría el año 1946. Los japoneses habían ocupado la zona de Manchuria (si tenéis curiosidad, Murakami disfruta mucho contando estas cosas) en 1932 pero tras la segunda guerra mundial, China recuperó el territorio haciendo que todas las familias niponas salieran literalmente corriendo de allí. Entre otras, la de Hino. Como comprenderéis, llegar a un país que se estaba recuperando de dos bombas atómicas y un orgullo hecho puré, supuso un caldo de cultivo ideal para las extrañas ideas de nuestro protagonista. De hecho, antes comparaba al de Manchuria con Mizuki y, aunque la distancia entre ellos es obvia, en ambos estilos prima esa mezcla entre lo infantil y lo macabro. Ese seinen vetusto que todavía respiraba ingenuidad en su planteamiento y que podemos encontrar hasta en el Tatsumi más descarnado.

En el caso que nos ocupa, el de Hino, destaca sobre el resto por su pasión por la fealdad; esa ofuscación personal que se va de madre en La Serpiente Roja y que confiere al apartado visual un cariz más perturbador si cabe. De hecho, si repasamos su bibliografía, podemos aseverar que esta obra es una de las más “extremas” en lo que a contenido se refiere. Demasiado, diría yo. Tanto que suena a forzado.

La pregunta es, ¿qué inspira a un autor a realizar tamaña locura? En el propio tomo de La Serpiente Roja nos lo explica con una primera frase que deja claro su intencionalidad:

“Para crear esta obra utilicé recuerdos desagradables como materia prima. […]. Tras tiempo trabajando en ella, me ocurrió lo siguiente: de repente experimenté un terrible dolor de estómago y empecé a observar sangre en mis heces. Al ver que no remitía, decidí ir al hospital […] Antes de que pudiera decir nada, la enfermera me cogió de las piernas y el doctor me metió los dedos. Sentí un dolor terrible. […] Al acabar, oí un ruido parecido al que hace una botella al ser descorchada. Nunca olvidaré ese “pop” […]. Finalmente, resultó que era una inflamación debida a un exceso de bebida. Más adelante, acabé las páginas que me faltaban y completé la obra. Cuando me pidieron que escribiera acerca de mis recuerdos relacionados con la serpiente roja, esto fue lo primero que me vino a la mente.

A estas alturas lo mejor es que ande con pocos rodeos: La Serpiente Roja no es para estómagos sensibles. Es una oda a lo desagradable. Al desasosiego. Una mezcla de escatología, surrealismo y abstracción que no deja indiferente. Un Hino que pone todas sus perversiones en la batidora bajo el influjo de un periodo creativo bañado en alcohol y dolores viscerales. Un ejercicio de sensaciones, que deja a un lado la narración y que en ocasiones peca de gratuidad y efectismo en su tratamiento. Un juego constante entre elementos repulsivos, tabúes, pústulas, folklore, zoofilia y gore con un único fin: revolverte por dentro. Una espiral claustrofóbica que incomoda e inquieta a partes iguales. Leyendo este manga sentí lo mismo que con Uzumaki de Junji Iito. No me aterra lo que leo, porque la exageración es tan extrema que roza lo grotesco. Lo que me perturba es la normalidad con la que los personajes asimilan elementos tan pavorosos. Esa capacidad del ser humano para normalizar el terror y adoptarlo en su día a día. Ese laberinto irreal que a veces descompone nuestra existencia. ¿La recomendaría? No lo sé. Eso sí, os puedo asegurar que es toda una experiencia.

Era noviembre. Lo recuerdo bien.

¡Nos vemos en la Zona!

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