WHY I HATE… Youtube

Supongo que ya he captado vuestra atención. Diría que ya os estáis llevando las manos a la cabeza ante semejante herejía. Habéis caído en una de las trampas más estúpidas, perniciosas y eficaces con las que Internet ha revitalizado el célebre timo de la estampita: el clickbait. Una frase grandilocuente y escandalosa que te empuja a hacer click para comprobar si es cierto o no lo que establece. Porque… ¿odio en realidad YouTube? La verdad, yo diría que no. Odiar YouTube es como odiar a una alcachofa, a una silla de madera de pino o a una pistola. Es una estupidez. Los objetos son lo que hacemos con ellos, y esta red de videos, al final, no es más que otra prodigiosa herramienta que la miseria humana ha transformado en un profundo cado de bazofia, de personajillos lamentables, de inferioridad mal digerida, de arribismo aprovechado y de público idiota.

No digo que toda ella sea el mal. Generalizar es otro de esos cánceres que nos toca soportar mientras escuchamos a grandes comunicadores del vídeo casero que se atreven a enseñarnos cómo hacer una película, un cómic o un libro. Por fortuna, todavía quedan resquicios de esperanza llenos de contenidos útiles y de gente con talento que sabe lo que hace y que aporta ideas y brillantez a sus canales y vídeos. Eso no lo puedo negar. También es cierto que debido a mi ya muy avanzada edad, sufro de un salto generacional irrenunciable e inexcusable, y YouTube se ha convertido en el hogar de gente cuyos intereses apenas comparto, o que habla con un ritmo que desprecio o que edita sus videos de una manera casi suicida hasta lograr un ritmo sincopado, estroboscópico y que me saca totalmente de quicio. A veces, las tres cosas a la vez. Podría decir, por tanto, que no son ellos, que soy yo, pero todos sabemos que la máxima “sólo hace falta un tonto para joderte un día perfecto” es una de esas leyes que puedes aplicar a tu vida de manera infalible. Por muchas cosas buenas que puedas encontrar en YouTube, sólo hace falta un imbécil con dos millones de seguidores soltando alguna chorrada sin fundamento para recordarte lo mucho que odias a esta nueva generación de creadores de contenidos que sólo tienen continente. Y, por supuesto, el mundo de los YouTubers que hablan de tebeos no es ajeno a esto.

Deslumbrando borregos.

Porque el problema, al final, es el romanticismo. El esperar que todo el mundo se comporte con los mismos patrones morales con los que funcionas tú. El suponer que no vivimos en una sociedad de mierda en la que lo único importante es el dinero. Un dinero que sirve como justificante para cualquier medio que uses para llegar a tan espurio fin. Tantos años de labor desinteresada te convierten en alguien de una inocencia cercana a la más completa estupidez, cuando aquí lo único que vale es la capacidad de monetización de lo que haces, sin mirar ni por un segundo la calidad de lo que repartes. Si puedes cortar tu heroína para multiplicar los beneficios, ¿para qué coño la vas a vender pura? ¿A quién le importa que no tengas ni puta idea de lo que estás hablando, si lo único que quieren es el pringue pastoso y fácil de masticar que distribuyes? ¿Qué más da que todo lo que tengas sea una fachada fundamentada en estanterías forradas con Omnibus si lo que la gente quieres es oír tu voz irritante soltando memeces sobre el último tráiler del blockbuster/serie/cómic/disco de turno?

La red nos ha convertido en mundiales. En virales. En una jodida enfermedad que se expande como el fuego. La ignorancia es una plaga sin vacuna. La democracia cultural mal entendida ha ejercido una labor narcotizante, un efecto rebote en el que en vez de aprovechar la vasta cantidad de conocimientos puesta a nuestra disposición por ese milagro llamado “LA RED DE REDES”, nos invita a reírle las gracias a monos con afiladas cuchillas. Hemos encumbrado a toda una generación de nuevos gurús sustentados por el erial educativo en el que naufragamos, reforma tras reforma. Doctores de medio pelo, profesores analfabetos, catedráticos de sillas que se venden al peso, sabios de una nada tan asoladora que se impone regia sobre una masa cuyo criterio se cimenta en lo inexistente. Son los nuevos dioses mediáticos. El nuevo producto a explotar. La nueva televisión de los cincuenta que nuestros abuelos y bisabuelos veían en el telebar. El nicho que las editoriales se follan sin remordimientos mientras el verdadero talento se ahoga en las comisiones de mierda de las tiradas ridículas. Porque no interesa. Porque nadie lee. Porque todo el mundo escribe, y todo el mundo vale, y todo el mundo puede. Porque la maquinaria no realiza el ingente gasto que supone una campaña de marketing en condiciones para gente que no tiene seguidores de Instagram. Porque lo que se impone es la fachada, el cartón piedra de ese decorado cutre que por detrás es sólo tramoya, ignorancia y olvido.

Lo dice mi pegatina.

Y mientras tanto, el último vídeo de ese experto en Marvel que no sabe quién es Gene Day ni se ha leído el Capitán Britania de Alan Moore y Alan Davis, recomendará el tomo correspondiente a las novedades del mes para justificar su pertinente cheque. El gurú de turno descubrirá la ancestral (y nueva para él) obra maestra con la que iluminar a todos sus seguidores que llorarán de puro éxtasis stendhaliano. La próxima influencer catapultada a la fama por su adhesión a campañas de justicia social tan necesarias en sus fundamentos como perniciosas en sus excesos, verá publicado su último libro de poesía trascendente y profunda lleno de faltas de ortografía y vergüenza ajena. Y todo ello aplaudido por la horda, por la legión de anónimos que armados de teclados sin rostros se creen con derecho a decirte lo que puedes y no puedes leer, hacer, pensar, escribir o sentir mientras te señalan con el dedo y te llaman “facha”, “rojo”, “machirulo”, “progre” o “pollavieja” dependiendo de por dónde les viene el aire. Esa misma turba que, con cada visionado, blinda la continuidad del mediocre youtuber estelar.

Y lo peor de todo es que, en realidad, no hemos inventado nada. No hay nada nuevo bajo el sol. Todo funciona con la precisión de la propaganda inventada hace cien años. Y seguimos repitiendo los errores de antaño cegados por el circo, borrachos de pan, mientras nuestro tren lleno de comodidad y primer mundo se dirige como un obús hacia el precipicio del desastre.

¡Nos vemos en la Zona!

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