WHY I HATE… Tom King en Batman

No. No soy Javier Marquina. Pero ¿quién dijo que odiar fuese exclusivamente para él? Ya, cierto. Se le da mejor que a mí, eso es innegable, pero es que como cita el famoso meme del pollito “se tenía que decir y se dijo” y vaya por delante mi escrupulosa sinceridad cuando esta consecución de párrafos de injurias camufla un odio a mí mismo, a mi incapacidad de comprender, procesar y disfrutar de un personaje con mallas que reparte estopa a diestro y siniestro y aún así no sé qué coño estoy leyendo. ¿Que seré yo? Quizá ¿Qué voy a echarle la culpa a Tom King? También. Sólo es mi luz desvaneciéndose en el horizonte.

Y podéis llamarme simple, plano, analfabeto o incluso edición-en-blanco-y-negro-de-Watchmen pero no me bajo del burro. Lo siento pero no. La actual estrella de DC Comics sabe funcionar y lo demostró con creces en El Sheriff de Babilonia, serie que me parece lo mejor que ha escrito e incluso ha destacado con su versión casi retorcida de la familia en La Visión en Marvel o hasta en la irregular pero oficiosa Míster Milagro. Hablamos de un buen guionista pero que con el murciélago se ha marcado una etapa diferente, hasta diría que destacada pero que deja una sensación de desorden y muy agridulce. Un escalofrío de alivio mientras piensas “vale, se acabó y adiós”. De ideas dentro de ideas y conceptos dentro de más ideas y alguna pelea que otra de por medio, ¿recordáis Origen de Christopher Nolan? Pues mi sensación al acabar la larga etapa de Batman del ex-miembro de la CIA es una sobredosis de ella. Poco gusta pero mucho cansa. Un tsunami de información a demasiados niveles que hace alcanzar el hastío elitista del lector que espera la sesudez como respuesta y sólo ve capas y capas de algo que tiene pinta de molar pero no acaba o ni empieza a comprender.

¡Cuidao, Murci, que te ataca una 0,0 por detrás!

Tras un primer arco muy prometedor y tras lanzar una segunda etapa rara por sus personajes y chocante por sus consecuencias, la maquinaria de King empieza a funcionar a demasiadas revoluciones dándole al lector la sensación de que el más mínimo detalle tiene mucho peso en la trama cuando la pregunta es “¿entendemos la trama más allá de que hay un villano contra nuestro héroe?” ¡A mí que me registren! Ya que querer rizar el rizo en la mentalidad del héroe y sus villanos sólo consigue que eche de menos todo lo que hizo –o casi todo– Scott Snyder. Ese Snyder de guión facilón, pseudo-aburrido a ratos y de estructuras más básicas que el mecanismo de una cuchara, pero efectiva, que se ensambla fácilmente en el mainstream brilli brilli que cala en la mayoría y funciona sin remordimientos. Como lanzar una canción cualquiera de Maluma en una habitación llena de quinceañeros, es muy difícil no acertar.

Pero la idea de Tom King es buena, muy buena. Incluso deja entrever la dificultad que conlleva guiar a Bruce Wayne por ese sendero de dolor y tortura emocional para dejarle en el suelo aunque eso conlleve dejar a lectores por el camino –como yo– en pos del más difícil todavía y del «sueño dentro del sueño dentro del…» mientras que, arco a arco, hay momentos muy dignos con otros demasiado incomprensibles hasta para denominarlos incoherentes. Y sí, lleváis razón al pensar que estamos hartos de que las dos grandes nos lancen morralla a la que muchos corremos como muertos de hambre. Que sigamos desesperados por leer algo novedoso que, en el mejor de los casos, sólo es lo menos malo del catálogo para que sintamos que ese sablazo de tres euros la grapa haya merecido la pena. Sí. Os doy la razón pero por lo que no paso es por coger a un sobrevalorado personaje, ya repetitivo, que hace años que da bandazos entre demasiadas series superfluas de tramas repetitivas y mecánicas y que cuando destaca una es porque, y lo pondré en mayúsculas, NO SE ENTIENDE CASI NADA.

Porque con un Batman no era suficiente.

A King le encanta tocar el tema familiar. Sus consecuencias más profundas y las carencias que nos hacen ser lo que somos. Una complejidad que necesita un grado de profundidad que aquí acaba enterrada en esa obligación de introspección y reinterpretación del propio murciélago. Básicamente ha conseguido que me pierda en el propio Batman, en el sueño dentro del sueño que mencionaba antes y que el argumento principal quede diluido entre un ir y venir de personajes, y un Bruce Wayne demasiado tiempo sin su traje, pensado, analizando y llorando, pero que no me aporta el interés que debería. Básicamente, los tics y manías de King me gustan, hasta el concepto de trauma que aporta a Héroes En Crisis me parece fabuloso, sí, hasta que lo desarrolla y acaba siendo otro doble tirabuzón carpado que se pierde en sí mismo.

Estos ochenta y cinco números no son más que una cebolla enorme, de subniveles infinitos donde el ascensor está estropeado y toca subir o bajar por las escaleras, hasta que te ahogas en tu propio sudor y donde sólo puedo imaginar al gafapaster de turno de pantalón de pinza color marrón y copa de coñac leyendo el tomo y analizándolo como si estuviera leyendo a Nietzsche o a Freud mientras por dentro se araña las vestiduras por no entender un cómic pijamero de una editorial en horas bajas.

La batfamilia que no falte que hay que repartir el sufrimiento.

Esto no acaba aquí. Pienso darle otra oportunidad, lo prometo. Lo que tengo claro es que pese a reconocer las virtudes de un guionista que destaca por encima de la mayoría actualmente, necesita el macarrismo y el filtro desenfadado de Donny Cates para que me funcione a mí. Al menos en lo que se refiere a la parcela del quiróptero y, aunque suene egoísta hasta niveles absurdos y no sea propio de mí, me niego a pedir perdón… de momento.

¡Nos vemos en la Zona!

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