WHY I HATE… THE PROMISED NEVERLAND, de Kaiu Shirai y Posuka Demizu

Hace unos cuantos meses decidí que quería ser guionista de cómics. Como trabajo. Como carrera. Como aquello para lo que has nacido. No ganarme la vida con ellos, no. Simplemente serlo. Uno es utópico, pero no imbécil. Puedo decir que estoy en proceso de conseguirlo y, aunque moralmente este feliz hecho no me ha proporcionado más que alegrías, reconozco que a la vez me está quitando tiempo para dedicarme a aquello que me hizo darme cuenta de que quería ser guionista de cómics: escribir reseñas. La vida es siempre así de puta.

Supongo que habréis notado que apenas escribo para, esta, mi casa Zonera (o ni siquiera os habréis dado cuenta, que ni Dios es imprescindible y no hay nada más insoportable que un gilipollas con ínfulas), y es un hecho que me llena de pesar y amargura. Siento que les estoy fallando, pero es que el día no da para más. Tiene 24 horas. Lo intentas, pero no llegas. Es imposible. No hay manera.

El guionista, rodeado de proyectos.

Así que miras tu agenda. Haces anotaciones. Pones buena voluntad. Pero nada. Compromisos adquiridos se te echan encima y las ideas, que bullen como en una fundición en tu cerebro se agolpan en los dedos que golpean el teclado, amenazándote que largarse para siempre si no las pones negro sobre blanco. La memoria, las musas y esa falacia llamada inspiración.

Sin embargo, de vez en cuando, sientes la llamada. Y las ganas de hacerlo vuelven, como Tyson, Foreman y la oreja. Y nada mejor para quitarse el mono con una ración de desprecio pendiente. Una deuda de odio que tenía que saldar. Un odio, además, hacia algo que ya se ha convertido en una broma no tan privada y una marca de la casa Marquina: The Promised Neverland.

Cuidado, que viene.

En el fondo hay mucho de impostura en esta posición de aborrecer este manga convencional, manido y lleno hasta los topes de aguachirle. Un producto tan estándar ni siquiera merece ser odiado. Lo anodino nunca merece de sentimientos tan poderosos y que implican tanta energía y desgaste como el desprecio. Basta con ignorarlos y dejarlos pasar. Es increíble como todo lo melifluo acaba desapareciendo de tu vida en cuanto dejas de fijarte en ello. Basta con no leerlo para olvidarlo.

Quizá la culpa es de toda la parafernalia que acompaña muchas veces a este tipo de productos, auténticas catarsis en las que el criterio se va diluyendo ante la furia de la masa que proclama algo como “lo mejor que le ha pasado al manga en décadas”. Son las expectativas las que acaban por demoler tu paciencia, incapaz de comprender cómo algo cuya máxima diversión consiste en contemplar conversaciones redundantes e infinitas y ataques de trepidantes raíces ha conseguido subyugar de tal manera a una cantidad creciente de público. ¿Qué ocurre? ¿Eres tú? ¿Son los demás? ¿Puede estar todo el mundo equivocado o eres el típico kamikaze que conduce en contra dirección mientras sonríe e increpa a los demás conductores por su inconsciencia? No sabría deciros.

Que los detengan que son unos mentirosos.

Hay también, lo reconozco, mucho de rebeldía adolescente perdida en ese posicionamiento contra la masa que lo hace doblemente atractivo. Disparar contra aquello que todo el mundo adora tiene un mucho de ateísmo, de contracultura, de terrorismo ácrata que te convierte en un paladín de causas perdidas enfrentado al sistema. Odiar The Promised Neverland es odiar lo convencional, lo clásico, lo típico, ese manga que hace lo que todos, lo de siempre y no innova en nada. Es rebelarse contra la comida rápida, contra el glutamato monosódico, contra la paella con chorizo. A veces sin razones sólidas, sin más argumento que el aburrimiento que te produce un producto más que se lee sin más. Es la tendencia a denostar lo que triunfa, ese sentimiento tan carpetovetónico y, sobre todo, ese componente de ácida envidia que te hacer hervir la sangre ante la incapacidad intelectual para comprender el porqué la mierda triunfa. Y triunfa de una manera absoluta. Global. Me pasa con cómics, con blogs, con cuentas de Instagram, con youtubers, con todo lo mediocre que logra llegar a miles de personas y, lo que es peor, gustarles.

¿Es entonces tan malo TPN? Probablemente no. Pero ese no es el caso. La cuestión es que a mí sí me lo parece. Y por muy infundada que esté la citada sensación, es algo que se acentúa cuando, en una alucinante falta de criterio serio, se le corona como shonen del año. ¿Cómo? Me pregunto yo. ¿En qué momento? ¿A quién coño se le ocurre? Y esto lo digo después de siete tomos de la nada más asfixiante jamás narrada. Siete tomos comprados en un denodado intento por integrarme, por ser normal, por esforzarme en lograr que me guste lo que a todo el mundo. Sin conseguirlo. El guión es plúmbeo, de retórica innecesaria; una espiral dibujada con una línea recta, monótona y previsible. El dibujo es tan convencional como las letras que ilustra, carente de cualquier tipo de fuerza o virtud que lo haga destacar entre esa marea clónica que afecta a muchos dibujantes en todos los lugares del planeta. Y esto es aún más doloroso viendo las ilustraciones de Posuka Demizu, prueba evidente de que es una mangaka muy capaz y una ilustradora sobresaliente, indigna de tanto trazo descuidado.

¡Hemos atrapado a los iluminaos!

No sé. Es el hambre y las ganas de comer. El sartenazo que viene después del golpe letal del cazo. La conjunción cósmica que estalla sobre tu cabeza, cual tormenta psicológica perfecta. Yo contra el mundo. Un yo feliz y liberado después de abandonar, por fin, la lectura de esta medianía soporífera que le ha robado el alma a la humanidad. Todavía hay días en los que, al encontrarme con encontrarme a Donald Sutherland por la calle, espero que este abra su boca como un pozo negro hacia el inframundo coronado por dos ojos desorbitados y se ponga a chillar con agudos imposibles un “Marquina odia THE PROMISED NEVERLAND” que me delate ante este planeta plagado de ultracuerpos.

Y ahora, si me permitís, una frase que llevaba semanas queriendo volver a gritar…

¡Nos vemos en la Zona!

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2 Respuestas

  1. Mauro dice:

    Cuando leo la descarga a tierra que has realizado no puedo evitar pensar 2 cosas, la primera es que concuerdo plenamente contigo con relación a éste producto (y yo también estoy saturado muchas veces con tanto material mundialmente «amado» y «adorado» que en el menor de los casos no me gusta, de ahí sube y sube la cosa claramente), y la segunda es una frase que se viene a mi mente en presencia de éstos productos justamente y que, a mi parecer, redondea la idea vertida por ti: «yo no te odio porque el odio es un sentimiento, y yo por vos no siento nada…»

    • Muchas gracias por la lectura. Muchas veces hago este texto para provocar reacciones, llevando las cosas al extremo, pero si los lees hasta el final puedes sacar conclusiones sobre temas que a veces ni siquiera tienen que ver con el objeto directo del odio. Como bien dices, cuando algo no te gusta es tan fácil como no leerlo. No merece la pena odiarlo…

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