WHY I HATE… IMPOSIBLES VENGADORES, de Rick Remender y VV.AA

Estás en casa. A tu bola. Con tus cosas. Triunfando como la Coca-Cola. Tu cabeza está llena de historias apasionantes, imaginativas y divertidas. Es tu universo personal y está lleno de riquezas, tesoros y amor. Eres la puta caña. De repente, alguien se da cuenta de eso. Alguien de una gran compañía del entretenimiento. Ve madera en ti. Talento. Buen hacer. Todas esas cosas que el capitalismo estrangula como a una vaca soldada a un ordeñador atómico hasta dejar un erial yermo donde antes hubo exuberante jungla. Así que te fichan. Y te ponen a hacer tebeos. Tebeos por un tubo. Tebeos que, al principio, parece que muy bien.

Pero luego resulta que MUY MAL.

Así. Tal cual. MUY MAL. ¿Por qué? La verdad, no lo sé. Esta dualidad entre lo brillante y la mierda es una paradoja que no soy capaz de comprender. Puedo entender el agotamiento, la irregularidad causada por el trabajo incesante, los días en que te levantas con el pie izquierdo y todo va mal y todas las excusas basadas en superstición, superchería y mito que uno pueda imaginar, pero estas diferencias abismales entre productos surgidos de la misma mente son para mí un arcano que trato de descifrar cual egiptólogo frente a la Piedra Rosetta. En serio. No me da. Limitado que es uno.

Choque de bombillas.

Con el tiempo he establecido dos teorías que pueden resultar válidas para explicar este vaivén desconcertante en los guiones de Rick Remender, porque, si aún no os habíais dado cuenta, es de Rick Remender de quien estoy hablando. No son teorías perfectas, ya que tienen excepciones y salvedades, así que lo dejaremos en conjeturas, en hilos de una soga más grande que quizá puedan ayudarnos a explicar una hoja de ruta mucho más extensa que nos permita seguir admirando a este excepcional guionista a pesar de la bosta y la bazofia.

La primera es la misma propiedad de los derechos. Trabajar para Marvel te asegura un buen sueldo y unos royalties jugosos, pero es como amamantar al hijo del vecino. Puestos a criar, es inevitable sentir más apego y cariño por tus hijos. Es una ley natural inapelable. En lo creativo, es lógico que uno dé el do de pecho con productos propios mientras se deja llevar un poquito intentando mantener la profesionalidad en un mundo de capas y superfuerza que ha perdido el norte por completo. Haces lo que puedes, pero no estás al cien por cien. Te tomas un cubata por compromiso porque sabes que en casa te espera una fiesta destroyer en la que te vas a beber hasta el agua de la cisterna del váter mientras te esnifas hasta la borra de la alfombra.

Hola, venimos a la fiesta esa.

La segura teoría entra de cabeza en el mundo del complot, de la conspiranoia, de los illuminati y del Cuarto Milenio. Rick Remender es en realidad un saboteador profesional que intentó destruir a la Marvel desde dentro, minando sus cimientos con historias que no tenían ni pies ni cabeza y que, como un pequeño parásito informático, estaban pensadas para irse cebando, lentamente, creciendo con una virulencia infecciosa hasta destruir por completo el cada vez menos ordenado statu quo de La Casa de las Ideas. Un plan maestro, genial, lleno de ideas subversivas y malditas. Ideas llenas de veneno y escoria como Kluh, ese petardo que surgió, cual huracán de hez capaz de arrasar con todo, de una saga infame y mefítica llamada Fear Itself.

Es la única explicación que encuentro a este primer tomo en formato ómnibus editado por Panini y que recopila la etapa del guionista en Imposibles Vengadores. Las ideas desaprovechadas a propósito, la vendetta personal contra la industria caníbal, la titánica odisea de un hombre que busca destruir el sistema desde dentro. Anarquía en una de sus formas más puras que, ajena al control y a la lógica interna, se desata como un sarpullido en la ingle después de un fin de semana en Magaluf.

¡¡Quiero hablar con un operador!!

A esta sensación venérea ayudan unos primeros números realizados por un John  Cassaday irreconocible, poseído por un sopor supremo que logra trasladar de manera plástica a sus viñetas. Desvaído, inerte, como si hubiera dibujado cada número mientras pasaba por ahí, el arte del texano parece un plagio irreconocible de aquel artista brillante que nos regaló magia en Planetary. Lo de Coipel y Adam Kubert es un accidente en la parte gráfica, así que no haré demasiada sangre. Kubert es otro de esos monstruos que sólo destaca cuando despierta y Coipel es el típico destello que siempre parece estar a punto de todo, pero luego, al final, nada de nada. Daniel Acuña hace lo que puede para arreglar el despropósito, aunque, irónicamente, su arte me parece mucho más adecuado para otras propuestas argumentales, narrativas y, sobre todo, de género. Veo al murciano encajando antes en cualquier otro tipo de historia, y aunque la masa más conocida de su producción es en el campo superheroico, estoy seguro que donde más puede brillar es en trabajos alejados del spandex. Es el típico caso de autor con talento desmesurado que se adapta a lo que le echen, pero que podría destacar muchos más en otros menesteres más acordes con su estilo.

El tomito.

En cuanto a la historia, Remender se queda a medio de camino de todo. Humor, amor, épica… Imposibles Vengadores es un coitus interruptus de todo tipo, en el que ideas en apariencia magníficas se van trasformando en un ladrillo de los que te noquean después de comer antes de introducirte en la siesta. Personajes desaprovechados (lo de la Marvel con Wonder Man es de juzgado de guardia) y tramas que mueren de forma abrupta ante la promesa de grandes sagas futuras. Más que dedicarse a jugar con los juguetes del otro, Remender decide reciclar ideas de etapas mutantes propias para hacer un batiburrillo que debería encajar con el motor argumental de la serie, pero que acaba por ser un indigesto pastiche. Un engendro de aspecto novedoso cuyo sobaco huele a rancio y naftalina. Otro Kang es posible, y estoy seguro de que Remender lo sabe, solo que prefirió guardarse el esquema básico para otras series en las que es amo y señor de cuanto contempla.

El tomo de Panini contiene 11 números de una etapa que se me puede hacer eterna, aliñados con un anual en el que nada funciona, desastroso en todos los aspectos, y resuelto con la sutileza de una motosierra hurgando en una endodoncia a ritmo de Death Metal. Una sangrante muestra de lo jodido que está el medio y de lo poco que se puede hacer ya por él, que transforma lo que en origen fueron eventos mágicos y especiales en una paródica sombra carente de ironía, de chispa y de gracia. La hostia, vamos.

Dicho esto, tengo que admitir que ambas teorías tienen un error de bulto. Por mucho que intente justificar a Remender por la admiración que siento hacia él y hacia proyectos actuales como Clase Letal o Low, también es cierto que la sobreproducción está causando estragos en la calidad de sus guiones, y ya ni los cómics con el sello Image se libran de la mediocridad en alguna de sus propuestas. Podría poner como ejemplo el bache que Ciencia Oscura (edición de Norma) está sufriendo en la actualidad o esa colección plana y sin chispa que es Siete para la Eternidad para hacer saltar mis dos teoremas por los aires.

¡Cuidado! ¡Es una Teoría de Marquina!

Como he dicho al inicio, lo dejaremos como una conjetura; como una corazonada; como algo místico y ufano que podría ser verdad. Dado que Remender hace años que ya no trabaja para Marvel, quizá sea algo que jamás lleguemos a descubrir.

¡Nos vemos en la Zona!

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

También te podría gustar...

1 respuesta

  1. Carlos padilla soriano dice:

    Estoy totalmente de acuerdo!lei esa etapa con mente abierta,con ganas de que me gustara pero todo era música de opereta,una intro a una peli que no arrancaba…llegué a pensar que despues de mas de dos decadas leyendo tebeos se me resistia comprender lo que me estaba contando remender…y mas cuando hay tanta gente alabando esta etapa.pero vamos,que acabé frustrado y hasta el gorro.

Deja un comentario, zhéroe

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.