WHY I HATE… EMPRESS, de Mark Millar y Stuart Immonen

 

Vale. Lo reconozco. Esto es como cebarse con el tonto de la clase. Como darle de patadas a un muerto. Como pescar en un barril usando dinamita. Es tan fácil, tan obvio y tan evidente, que carece por completo de mérito. En el fondo, casi siento cierto remordimiento. Cierto picor culpable por el ensañamiento al que me voy a entregar. Pero me lo debo. Es algo que tengo que hacer. Una especie de exorcismo para mis múltiples pecados y, además, un calentamiento gradual que me pondrá en forma antes de meterme en charcos más profundos, conflictivos y arduos.

Porque sí, amigos, decir que los cómics que hace Mark Millar en la actualidad son una mierda tamaño King Size es una perogrullada casi innegable. Por mucho que los camufle detrás del talento indiscutible de dibujantes descomunales, sus tebeos son un ABC de la caspa más lamentable que van transitando (o desplomándose más bien) por todos los tópicos más manidos, burdos y trasnochados que uno pueda imaginarse. Lo del Millar es carne de Hollywood palomitero, ese mismo gigante lúdico infame y caníbal que parte de la base de que los espectadores (o lectores) son unos completos idiotas y se van a tragar lo que sea con tal de que los colorines sean bonitos y las luces lo suficientemente brillantes.

No hay nada que no se apañe con unas explosiones.

Por desgracia, razón no les falta. Los consumidores, en general, somos animales que enterramos el criterio bajo el aterciopelado tacto de una edición en cartoné. Sabemos que van a timarnos, a contarnos una historia para imbéciles con un final de esos que te obligan a vomitar el almuerzo y, sin embargo, nos dejamos llevar por el fulgor de lo gráfico a sabiendas de que nos van a estafar. Otra vez. Como siempre. Nos gastamos el dinero en la ponzoña, justificando nuestra actitud con la costumbre, el completismo o el amor al poderío gráfico del ilustrador superdotado de turno. Es como buscar el orgasmo practicando uretralismo con un rodillo de cocina.

Diga: “aaaaah”

Experto en crear personajes odiosos, malos imbéciles y situaciones dignas del que le escribe los guiones a Javier Cárdenas, Millar es un vendehúmos pinturero y socarrón, comercial imbatible de un producto de calidad ínfima pero de publicidad hipnótica. Es como un anuncio de teletienda que te promete cuchillos hechos con Adamantium, y luego te envía a casa una cubertería de plástico que no corta ni el puré del comedor de una guardería. Cada vez más limitado y menos impactante, el escocés parece haber gastado toda la artillería en obras pretéritas, y ahora se vende al vil metal confeccionando guiones al uso, muchos más proclives a la adaptación sencilla del ‘blockbuster y carentes de esa garra y esa mala baba que le hicieron triunfar en The Authority o en los primeros Ultimates.

¿Por qué sigo, entonces, comprando sus cómics? ¿Es Immonen (o Albuquerque, o Capullo, o Fegredo, o Quitely, o…) la única excusa que me lleva a gastarme mi pasta en esta bazofia hedionda? La respuesta es compleja y poco gratificante para mi integridad moral y mental. Como un telespectador que jura y perjura contra Sálvame pero que lo ve cada tarde con un fanatismo sectario, soy culpable de que el señor Millar nos siga martirizando con subproductos hechos para imbéciles y dibujados por genios. Somos los causantes de nuestro propio fracaso y, sobre todo, de la calidad de las cosas que consumimos. En última instancia, en esta sociedad de capitalismo rabioso, el que paga es que el tiene el poder real, pero en lugar de ejercerlo nos dejamos lavar el cerebro por sutiles maniobras empresariales que nos convierten en tiernos corderillos, carne de un condicionamiento pavloviano que nos hace salivar al olor de la tinta y el papel satinado. Diría que me guío por la esperanza de recuperar a un escritor que me hizo pasar muy buenos ratos, pero aunque poner la otra mejilla es una actitud loable y cristiana, dejar que te calcen cuarenta hostias sin reaccionar es de completo gilipollas.

A falta de buen guión, unos dibujos de la hostia.

¿Culpable? Sí. Lo soy. Reconozco que podemos quejarnos y patalear, pero de poco servirá nuestra rabieta si seguimos comprando subproductos que no merecen nuestra inversión. La mejor manera de hacer espabilar a gente con talento que se ha dejado seducir por las sirenas del dinero catódico es pegándoles un batacazo editorial (y comercial) importante. Un soplamocos en forma de ventas nulas que les meta el miedo en el cuerpo y les haga recapacitar sobre su dirección y destino. Mientras sigamos recomendando, ensalzando o comprando obras que no deberían salir ni del rollo de papel higiénico donde probablemente fueron escritas, seguiremos condenados a una sobredosis editorial de mediocridad; un nido furioso y ruidoso de árboles que, además, no nos dejarán ver el bosque de las obras de calidad que pasan desapercibidas. Un bosque que no compramos porque nos lo hemos gastado todo en la dura, deprimente y proverbial mierda.

¡Nos vemos en la Zona!

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