SIETE PARA LA ETERNIDAD, Vol. 2: “Balada de traición”, de Rick Remender, Jerome Opeña y James Harren

 


Título original: 

Seven to Eternity: Ballad of betrayal TPB

Sello: Image Comics
Guionista: Rick Remender
Artistas: Jerome Opeña y James Harren
Colorista: Matt Hollingsworth
Contenido: Seven to Eternity #5-9 (Abr. – Sep. 2017)
Publicación USA: Octubre 2017
Publicación España: Septiembre 2018 (Norma)
Valoración: Lodo, clavos y pajas mentales /10

 


Es una mezcla de adicción, buena voluntad y curiosidad. Y los dos episodios que dibuja James Harren, después de fliparlo muy fuerte con su Rumble, tienen también bastante que ver. Nadie habría dicho que después de mi crítica decepcionada del primer tomo iba a volver a por el segundo. Lo lógico es que cuando algo no te gusta, no vuelvas a por más. Lo de la otra mejilla parece una flipada muy de pagafantas. Pero, aunque nos pese, somos seres humanos. Llevamos la estupidez en los genes. La estupidez y la adicción a sustancias, personas y objetos que nos proporcionas emociones extremas por muy dañinos que resulten para nuestro organismo. Nos gustan las drogas, las relaciones tóxicas y los cómics de mierda. No lo decimos, pero nos gustan. Y el que lo niega es solo porque se avergüenza demasiado de sus vicios como para reconocerlos abiertamente, en público. Somos contradictorios, mezquinos y cobardes.
No es mi caso.

Bueno, en líneas generales sí, pero no me avergüenza reconocer mis errores y aceptar mis vicios. Es un amor por lo imperfecto que me hace adorar la bazofia por mucho que reniegue de ella. Una pulsión irrefrenable que me hace siempre volver a por más. Un masoquismo tebeístico al que me entrego con indolencia. Y es por eso que hoy voy a volver a hablaros de…

SIETE PARA LA ETERNIDAD, VOL. 2
de Rick Remender, Jerome Opeña y James Harren

Mejor. Sí. Mejor. No como para tirar cohetes o llenarlo todo de guirnaldas, pero mejor. En este segundo tomo, las aventuras de Adam Osiris adquieren un gusto más heroico, más aventurero, y un par de giros de guión consiguen que, al menos, no te duermas cuando la filosofía de baratillo entra por la puerta. El periplo de este grupo heterogéneo de aventureros que llevan al Dios de los Susurros a un lugar muy recóndito para hacer con él una cosa muy heroica (lo siento, soy muy escrupuloso con eso de los spoilers) se transforma en una road movie más o menos ágil llena de pantanos tenebrosos, ciudades devoradas por la contaminación y traiciones inesperadas.

Sigo pensando que Rick Remender se hace un poco la picha un lío buscando ser demasiado original, y a veces peca de confuso con tanto nombre inventado, tanta raza inesperada y tanta magia rimbombante. Se nota que el tío tiene una imaginación prodigiosa, pero su cerebro parece ir a más revoluciones por minuto de las indicadas. Camina muchos pasos por delante de nosotros, con demasiada ventaja. Tan veloz es que a veces le perdemos el rastro y no tenemos ni idea de a dónde coño ha ido. Para anclarnos aún más en este camino de rosas y espinas, diálogos demasiado farragosos llenan muchas de las páginas entre escena de acción y escena de acción. Son bocadillos interminables, globos llenos de una retórica con contenido pero que se vuelve difusa, quizá porque al guionista americano le sientan mucho mejor los diálogos soeces y llenos de tacos que las florituras propias de la fantasía heroica florida. A veces, un “joder” y un “me cago en la puta madre de todo lo que se meneale dan algo de vidilla a una secuencia muerta.

Hola, buenas. ¿Es aquí el cómic de La Cosa del Pantano?

En cuanto al dibujo, Jerome Opeña parece ir asentándose en la colección y entendiendo que la esencia del tebeo es algo más que una preciosa foto estática. Poco a poco le está cogiendo el ritmo narrativo al asunto, olvidándose por fin de la tiranía de lo estético y entregándose al arte de hacer algo más que postales bonitas. Hay que contar cosas. Esa es la clave. En este segundo volumen demuestra que además de saber dibujar, es capaz de narrar, dejando ante nuestros ojos una promesa del gran artista de tebeos en que puede convertirse. En ese sentido, los dos números de James Harren son una lección narrativa impecable, llenos de acción, dinamismo y un ritmo trepidante que se como con patatas las páginas más estáticas de Opeña. Harren se está convirtiendo en uno de mis dioses intocables, y el agravio comparativo que sufren las obras de los demás por mera yuxtaposición así me lo confirma.

Sin embargo, tan mágicamente como en el mundo en el que transcurre este Seven to Eternity, el recopilatorio funciona bien en lo gráfico de una manera global, consiguiendo una sensación de coherencia y de unidad que parecería imposible viendo lo diferente que resulta el arte de ambos autores. Gran parte de la culpa de esta coherencia gráfica del volumen podríamos achacársela a Matt Hollingswotrh, cuyos colores le dan esa cohesión tan necesaria a la obra, integrando el baile de dibujantes con naturalidad sin que el conjunto se resienta. Tanto el mundo como la ambientación de esta serie de Image lucen brillantes, enormes y mágicos. Tal y como deberían o, al menos, tal y como nos imaginamos que deberían ser.

A falta de historia siempre nos quedarán los colorinchos, que lo petan fuerte.

Más allá de lo argumental, estoy convencido que gran parte de esa sensación de mejora que me invade tras acabar este segundo tomo tiene que ver con el aspecto gráfico de la serie. Y eso es porque los dibujitos molan mucho más que los de la primera entrega o, si entramos en lo subjetivo, a mí me hacen sentir mucho más cómodo e integrado en ese universo fantástico que Remender va tejiendo a base de confusión y grandilocuencia. No es que sus personajes me importen mucho más o les vea una lógica interior más trabajada. Sigue siendo la misma historia en la que las muertes no me afectan, ni los buenos me caen simpáticos, ni los malos me dan miedo alguno. Sin embargo, todo luce más bonito. Más casual. Más elástico y dinámico. Empujado por esta superficialidad deliciosa, el fondo del asunto comienza a ser autoconsciente de su propia intrascendencia. Quizá el problema de todo esto es que la sensación transmitida es de demasiada seriedad, cuando todo indica que el olor correcto sería el de mero entretenimiento. Algo banal pero muy divertido. Algo no demasiado profundo. Ni demasiado trágico. Un pim pam pum dibujado gloriosamente le sentaría de maravilla a Osiris, a los Mosak, al Rey del Lodo y al mundo de Zhal, y parece que esta segunda parte comienza a ir, muy poco a poco, eso sí, en esa dirección.

Siete Para la Eternidad sigue sin parecerme un gran cómic, pero, al menos, repunta y asciende desde la sima plúmbea en la que nos situó con los primeros números. No es el cielo, pero tampoco la fosa séptica a la que parecíamos condenados. Remender suele hacerlo. Sus series largas son un vaivén que te lleva arriba y abajo. Una montaña rusa de emociones en la que nunca sabes si te va a tocar la de cal o la de arena. Es un maestro del engaño que te engancha a sus obras, ya que nunca sabes si te estarás perdiendo su faceta más brillante justo en el tomo en el que decides dejarlas colgadas. ¿Qué nos tocará en el tercer volumen que Norma sacará en el futuro? ¿La gloria? ¿La mierda? Solo Remender (y los que siguen la serie en su edición original americana) lo saben.

¡Nos vemos en la Zona!

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