RASHOMON, de Víctor Santos

 

 

Título original:
Rashomon. Un caso del comisario Heigo Kobayashi HC
Seppuku. Un caso del comisario Heigo Kobayashi
HC

Sello: Norma Editorial
Artista: Víctor Santos
Publicación España: Oct. 2012 – Oct. 2016
Valoración: Clásicos de la tierra del sol naciente

 

 

 

Menos es más. He de admitir que han tenido que pasar los años para que haya podido comprender y valorar esta frase como se merece. Centrándonos en el ámbito meramente comiquero, nos empeñamos en buscar novedades cargadas de cosas muy locas, personajes lo más estrafalarios posibles y premisas totalmente descabelladas, en pos de saciar esa ansia que nos produce la monotonía y repetitividad de historias dentro del noveno arte. Nada cambia, todo en inmutable. Encima creemos que si recargamos todo de manera barroca, conseguiremos algo totalmente innovador, quedando en una amalgama vista en mil y una ocasiones. Pero hay de los que han aprendido que, en ocasiones, menos es mas.

Víctor Santos es de esos autores que saben que una buena historia, aunque sea antigua, si está contada con gracia y carisma, siempre gusta. Tomando alguna leyenda clásica nipona y los dos cuentos de Ryūnosuke Akutagawa llamados Rashōmon y En el bosque (ambos utilizados también por el maestro cineasta Akira Kurasawa para su película homónima), el autor valenciano nos trae dos tomos que sabe conectar de manera sublime, dándole un toque de personalidad a una obra sobresaliente. Hoy toca hablar de…

RASHOMON
de Víctor Santos

El comisario Heigo Kobayashi es un respetado y honorable detective miembro del kebiishi, el grupo de policías del Período Heian, famoso por su forma brillante de resolver los casos y su hacer meticuloso cuando se trata de escenas del crimen complejas. Un día como cualquier otro, llega a él un caso tan extraño como curioso: aparece el cadaver de un hombre en medio de un bosque, con una puñalada en su corazón y tan sólo hay al su alrededor una cuerda ensangrentada y un peine. Las distinstas confesiones que irá adquiriendo de personas como el leñador que encontró el cuerpo, el monje budista que vio pasar a la víctima acompañado por su esposa montada a caballo, el salteador que se cruzó en su camino o la misma esposa serán tan contradictorias que se verá en una encrucijada tan difícil de solventar que la única solución viable será la más inesperada.

Años después del famoso asesinato del bosque, un evento hará tambalear la estabilidad del shogunato. Un grupo de 47 rōnin deciden entrar en la casa del magistrado Kira Kozukenosuke y llevarse con ellos la cabeza de éste. Dada la delicada situación, Heigo decide averiguar qué ha sucedido en realidad y el motivo por el que estos antiguos samurais deciden hacer algo tan deshonroso. Para ello volverá a utilizar a su gran amigo Hattori Hanzo, un shinobi que trabaja para el bakufu (directamente para el shogunato) y que siempre consigue revelarle cierta información a cuentagotas, pero de forma certera. La traición, las mentiras y la manipulación de un personaje que también estuvo implicado en el anterior caso serán los tres grandes escollos que tendrá que sobrepasar nuestro protagonista para lograr hacer justicia y capturar a aquellos que merecen dar su vida como penitencia. Pero la vida nunca es tan sencilla, ¿verdad?…

La historia breve de Rashomon sirve como pistoletazo de salida.

Lo de representar en otro medio una obra famosa y aclamada suele ser un arma de doble filo. Por un lado tienes a todos aquellos que les gusta el material original, dándote de primeras un público que sabes que va a comprar tu material sí o sí. Pero por el otro lado, esta misma gente puede llegar a ser muy peligrosa, ya que el arte de plasmar en formato cómic estos dos cuentos puede no estar a la altura de lo que esos lectores esperaban. Pues bien, Santos vuelve a dejar claro que es un maestro a la hora de crear historias. Si bien intenta ser lo más fiel posible a la obra de Akutagawa y el famoso mito de los 47 rōnin, crea un propio universo alrededor de su protagonista con ciertos secundarios esenciales que sirven de bisagra para conectar estos tres universos, presentándonos el cuento corto de Rashomon al principio como hiciera Kurosawa en su película. Todo está conectado perfectamente y funciona como una sola historia, dando la sensación al lector de que se encuentra ante una auténtica obra maestra. Y así es.

En cuanto al apartado artístico, qué os puedo contar. Creo que nos encontramos ante un superdotado de la narración visual, capaz de usar la distribución de las páginas a su total antojo para que sean las mismas imágenes las que se encarguen de contarnos la historia de manera orgánica. Además de que visualmente es un escándalo y se trata de uno de esos grandes genios que el blanco y negro le sienta tan bien como a nosotros respirar. Con ese estilo tan personal e identificativo y que a la vez nos recuerda a autores como Tartakovsky, Oeming o Mignola. Es uno de los orgullos patrios del panorama comiquero nacional y hay que reconocérselo, por lo cuidado que es en su arte y su buen hacer en los guiones. Un todoterreno que ya lo hemos visto dibujar anteriormente historias de un Japón feudal lleno de zombies (como pasaba en Zombee) y que sigue siendo mi gran favorito para escribir y guionar los cómics de Samurai Jack (si no algo mucho más ambicioso). Todo elogio se quedará corto, pero por si acaso dudáis de mí, podéis leer las reseñas del autor por otros compañeros mío de la web aquí mismo.

La dificultad de luchar contra «radio patio» ya desde tiempos inmemoriables…

Tanto Rashomon como Seppuku son dos obras imprescindibles para los que seguimos el trabajo de Víctor Santos. Una oda al amor a las historias y leyendas del país del sol naciente, que gustará tanto a los lectores experimentados como a los más neófitos. Puedo decir sin miedo a equivocarme que os va a gustar a todos aquellos que os tiréis a la piscina y os hagáis con sendas joyas. No tienen ningún desperdicio.

¡Nos vemos en la Zona!

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Joe Runner

Orgulloso elotano (de Elda) que pasa los días leyendo cómics y charrando sobre ellos con sus amigos y familiares de la Zona. Vivo mejor que quiero.

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