PROVIDENCE, de Alan Moore y Jacen Burrows

 

 

Título original:
Providence, Act 1-3 TPB
Sello: Avatar Press
Guionista: Alan Moore
Artista: Jacen Burrows
Colorista: Juan Rodríguez
Contenido: Providence #1-12 (May. 2015 – Mar. 2017)
Publicación USA: Marzo – Agosto 2017
Publicación España: Abr. 2016 – Oct. 2017 (Panini)
Valoración: Mr. “No sé hacer cómics pequeños” /10

   

 

Providence es un latido. Una intuición. Algo que no puedes ver, pero sabes que está ahí. Sordo pero no mudo. Un grito silencioso en una habitación sin puertas. Providence es como un escape de butano que te fulmina sin tiempo a reaccionar, invisible y letal. Es peligroso y abrumador. Es lapidario y espeso. Es cenagoso, helador y, a la vez, arde con el poder sobrecogedor de las construcciones gigantescas, esos monolitos ancestrales que te obligan a mirar hacia arriba con estupefacción y cierto rechazo rencoroso nacido de la insignificancia. Providence no es fácil, ni pretende serlo. Menos mal. Ya que nos tenemos que despedir del maestro, esta me parece la mejor manera de hacerlo.

PROVIDENCE
de Alan Moore y Jacen Barrows

Viaje con nosotros. Aprenderá idiomas primigenios…

No pretendo profundizar en la monumental tarea que Alan Moore, siempre dispuesto a lo enciclopédico, ha realizado en esta inmensa obra. Hacer un análisis preciso requeriría de conocimientos de los que no dispongo y, sobre todo, de una cantidad de tiempo casi absurda para desenvolver, identificar y rastrear todas las referencias con las que el guionista va salpicando la trama. Leer a Moore es una búsqueda continua; un proceso agotador y satisfactorio en el que te vas sumergiendo y al que puedes volver cada cierto tiempo, ya que cuanta más cultura consumes, más niveles de lectura eres capaz de apreciar. No hay límite. Barrera tras barrera, este genio va estableciendo capas con la que cubrir el núcleo de su historia, camuflándola bajo un avalancha cegadora de datos, juegos de palabras y alegorías.

En Providence (y aquí incluyo The Courtyard y Neonomicon, las dos primeras sagas que sirven de prólogo y que Panini editó en España en un único tomo)  Moore habla, entre otras muchas cosas, de la potencia de las ideas, y de cómo estas se convierten en una enfermedad infecciosa capaz de moldear la realidad. Como un virus, los conceptos realmente poderosos van poblando nuestro subconsciente, arraigando en la conciencia colectiva hasta convertirse en partes fundamentales de un folklore que jamás deja de ampliarse y mutar. Como auténticos primigenios, van despertando de un abismo de tiempo y espacio y se van solidificando hasta volverse tan reconocibles y familiares que, a veces, no somos capaces de darnos cuenta de su letal contenido, del peligro innombrable al que nos condenan cuando calan y arraigan en nosotros. Nos poseen. Nos contaminan. Nos dirigen. Somos marionetas insignificantes en manos de una filosofía que pasa de lo arcano, místico y marginal a lo chabacano y cutre de nuestra sociedad de consumo actual.

¡Esto sí que es una fiesta!

Providence es apabullante por su densidad (abrumadora incluso cuando te enfrentas a la enorme parte epistolar, que supone casi la mitad del todo), por sus implicaciones y por la sobrenatural pericia que Moore demuestra a la hora de mimetizar estilos y crear ambientes, vistiendo de realidad sucia y sangrienta un horror cósmico que en las obras de Lovecraft apenas era educadamente sugerido. El sexo que siempre resultó aterrador, extraño y repulsivo para el autor americano, aquí se convierte en un explícito instrumento de control y tortura que materializa ese universo onírico de tentáculos pegajosos y úteros cósmicos sin perder por un segundo el recargado estilo decimonónico. Las bestias apenas sugeridas o estrambóticamente prismáticas, aquí se vuelven entes sexualmente activos, demonios que cambian de cuerpo para cometer actos de violación e incesto en aras de la preservación de una especie o, de forma imposible, en dioses astrales cuyas gigantescas vaginas son metáforas de agujeros negros que anuncian el fin de todas las cosas. Homosexualidad, racismo, religión… todos los temas y fobias sobre los que Lovecraft argumentaba de forma más o menos velada su obra tienen aquí una contrapartida sórdida y aterradora que zumba en nuestro tímpano con una combinación perfecta, mezclando lo sugerido y lo truculento.

Como ya es habitual en casi toda su obra, Moore construye un inmenso reloj lleno de mecanismos, cadenas y engranajes que se mueve con precisión hacia un desenlace magistral al que nos vamos precipitando como en una cuenta atrás inevitable y que ya se nos había anunciado desde el principio. Todo estaba ahí. Nos estaba esperando. El descenso a la locura del protagonista a medida que la realidad oculta de una nueva mitología americana real y apocalíptica se abre ante sus ojos es nuestro propio viaje hacia un clímax que roza lo poético y lo grotesco. Todo acaba encajando de manera inevitable en este viaje simétrico donde el principio es el final, y en el que el tiempo se despliega como una dimensión física, tangible y manejable por la que es posible viajar con los conocimientos adecuados. 

Todo está en los libros.

El dibujo de Jacen Burrows, un autor al que no soy demasiado aficionado debido a la excesiva frialdad de su dibujo, se convierte aquí en la herramienta ideal para construir una obra fundamentada en la arquitectura, la precisión y los lugares, y en el que las líneas rectas de esa tiránica distribución de página de cuatro viñetas verticales con las que Moore nos aprisiona como si estuviéramos ante una pantalla de cine, se convierten en idóneas conductoras de un gélido terror interno. Encorsetado por el guión hasta niveles enfermizos, el aséptico arte de Burrows es ideal para una odisea de charlas, monólogos y discusiones sobre lo subterráneo, sobre lo que habita en el interior de nuestras ciudades, sobre ese cimiento primordial enterrado por capas de civilización que es mucho más antiguo que nosotros. La investigación de Robert Black, el periodista que protagoniza esta obra, se nos presenta como fotogramas de un documental, y la unión de cada imagen conforma un gigantesco ejercicio de deducción, un reto para nuestra inteligencia en el que la violencia más obscena adquiere una lejanía quirúrgica y, por tanto, doblemente aterradora en su inevitabilidad.

Providence es un latido, un anuncio, un pregón. La voz monocorde de un heraldo que nos avisa de lo que está por venir. Es una imagen horrenda que se cuela entre un par de parpadeos en el límite de nuestro campo de visión. Es una tesis. Un tratado. La nueva interpretación de una cosmología que ya es popular a niveles casi víricos. Es una vuelta de tuerca respetuosa y esclarecedora que ilumina y aporta nuevas facetas a esa fascinante colección de relatos con las que un hombre de sangre fría se atrevió a soñar con otras maneras de terror. Unas nuevas formas tan atractivas, fascinantes y seductoras, que se han convertido en un autentico hito de la literatura y, como en una plaga mental, han servido para edificar a su alrededor modelos imprescindibles para la cultura moderna y, por lo tanto, para el cómic.

¡Nos vemos en la Zona!

También te podría gustar...

6 Respuestas

  1. Juan miguel dice:

    Uuff excelentisima reseña, lei courtyard y neonomicon y me quede con ganas de descargarme providence, ya q en mexico y donde vivo no es facil conseguir tpbs… dolo puedo decir q no habia visualizado las otras obras de tal manera en q la resaltas.

    Me gustaria q moore fuera mas positivo, se ve q providence es buenisimo, pero creo q leere tambien su promethea, gracias.

  2. tifoideo dice:

    Alabar el trabajo de Jacen Burrows…mira,no. No puede haber dibujo más inexpresivo y mediocre.

Deja un comentario, zhéroe

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.