¿POR QUÉ ADAPTAMOS? Reflexiones de un hombre sabio.

Uno de mis típicos artículos dubitativos, espesos y dispersos. Sí, uno de esos llenos de palabros raros que nunca llegar a nada en esta generación de analfabetos funcionales que saben leer pero no entender lo que leen.

Yo iba a escribir un bonito escrito comparativo acerca de las virtudes y los defectos de la serie televisiva The Umbrella Academy. Esa era mi intención. Estaba determinado a ello. Iba a hablar de las similitudes y diferencias entre el cómic y su versión en imagen real, y como perjudicaban o favorecían los distintos enfoques eliminados o añadidos del tebeo al desarrollo argumental de la misma. Lo tenía todo en la cabeza. Lo juro. He visto la serie. Me acabo de releer los números de Way y . He hecho mis deberes. En serio. Lo tenía todo previsto.

¿Entonces? ¿Qué ha pasado?

Un minuto de silencio por el artículo que nunca será.

La verdad es que los temas te asaltan con un cuchillo en la boca. Esperan agazapados en cuestiones circundantes y te atacan con inquina cuando crees que has encontrado una vía razonable que seguir. No tienen lógica y, a la vez, obedecen a una inevitabilidad casi aplastante que te obliga, como no podría ser de otra manera, a aparcar tus planes sólidos y lanzarte con temeridad a un etéreo mar de razonamientos vagos, inconexos y sin sentido. Todo aquello que tu creías inevitable y consolidado vuela por los aires dinamitado por la urgencia, por el fondo, por esa cuestión capital que subyace en artículos manidos, comunes y aburridos como aquellos que comparan sistemáticamente las diferencias entre la versión y lo versionado con un sopor analítico y científico. Como aquel que estaba a punto de empezar a escribir.

Dicho esto, era casi obligatorio llegar a la verdadera cuestión que todo ser humano debe plantearse al analizar las divergencias entre lo planteado por Gerard Way y los guionistas de la serie: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué sentido REAL tienen las adaptaciones? ¿A quién benefician? Y no. No hablo de la pasta. Por supuesto que sé que esto se hace única y exclusivamente por dinero. No soy tan idiota. Todo en la vida se hace por el jodido dinero. Pero yo hablo de un sentido más elevado, más artístico, más alejado de lo pecuniario y cercano a esa área cálida y blanda de nuestro corazón donde el alma artística de cada cual se regodea entre aceite corporal, pañuelos pringosos y un surtido de imágenes sexualmente sugerentes. Si tuviéramos que justificar todo con el dinero, no existirían webs de opinión como esta. Todas las preguntas se responderían con una única respuesta. La existencia sería un tedioso maratón de billetes, monedas y apuntes bancarios y yo, en mi inocencia recalcitrante, creo con devoción que estamos en este planeta para algo más que para hacer caja. Lo creo de verdad. Creo en el arte, en la realización personal y en niveles de satisfacción alejados de la cuenta corriente.

“… y también podéis ir al stand de allí atrás y comprar mis cómises.”

Entonces… ¿por qué adaptamos? Y, lo más importante, ¿realmente merece la pena?

Yo diría que en todo esto hay un enorme grado de onanismo, de acto masturbatorio, de placer autoindulgente con el que nos podemos reconfortar, de gayola monumental. La adaptación siempre coloca al consumidor del original en un estadio superior, más elevado, una especie de resonancia existencial que le permite “saber cosas”. Más allá de las aportaciones artísticas intrínsecas al medio al que se adapta, hay un altísimo componente de supremacismo moral, de sacársela y ponerla encima de la mesa, que nos impele a contemplar con delectación esa película, serie o derivado. Yo ya sé quiénes son los protagonistas. Yo ya sé por qué son así. Yo ya sé lo que va a suceder a continuación. Yo soy capaz de captar los pequeños homenajes que los guionistas han ocultado en cada fotograma y, por tanto, soy superior al resto de la chusma que llega virgen e ignorante al producto porque disfruto de un nivel de comprensión más elevado. Más cultivado. Más eficiente. Soy más inteligente. Soy mejor.

La adaptación nos confiere un poder pseudodivino, intoxicante, tan abrumador que incluso nos permite escupir y aborrecer dicha adaptación dada nuestra devoción hacia lo adaptado. El libro siempre es mejor. El cómic siempre es mejor. Quizá porque esta pérdida de virginidad, este llegar a la pantalla siendo putas viejas que conocen todos los trucos, nos arrebata la frescura y la maravilla de los ojos que lo ven todo por primera vez. Ser Dios es lo que tiene. La omnisciencia es un puto coñazo. Sin embargo, la sensación de poder es maravillosa. Lo compensa. Para los frikis del tebeo de superhéroes, las películas convertidas en grande éxitos de taquilla han sido como un resarcimiento, una dulce venganza. Nosotros, que fuimos vilipendiados durante décadas mientras consumíamos por igual obras maestras y mierdas ridículas, por fin vemos recompensado todo nuestro sufrimiento. Teníamos razón. Los superhéroes molaban. Y ahora somos los abuelos cebolleta que contemplamos la obra con condescendencia. Somos los olímpicos que miramos desde nuestra inexpugnable atalaya a una legión de ignorantes histéricos que se hacen interminables y lúbricas pajas con trailers de apenas 10 segundos.

Yo lo vi antes. Yo lo vi mejor.

Más allá del aporte, más allá de todo lo bueno que los distintos medios pueden añadir al original, más allá de lo que el talento de creadores de diversas disciplinas colaborando en materiales que has adorado durante años puede añadir al tejido básico de la leyenda, está la venganza. Y la venganza es una puta irresistible, húmeda, bella y despiadada. Es un puto apolíneo, erecto, educado y cruel. Es algo que nos produce tanto alegría como amargura; tanto dolor como placer. Y todo el mundo sabe que los frikis somos unos jodidos adictos al masoquismo más vergonzante.

¡Nos vemos en la Isla!

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