ORDINARY, de Rob Williams y D’Israeli.

 


Título original
:
Ordinary HC

Sello: Titan Comics
Guionista: Rob Williams
Artista: D’Israeli
Contenido: Ordinary #1-3 (May. 2014 – Jul. 2014)
Publicación USA: Octubre 2014

Public. España: Mayo 2017 (Grafito)
Valoración: El Increíble Hombre Don Nadie /10

 

 

Vivimos en medio de una epidemia del ego. Cualquier patán sin contenido con una cámara en el móvil siente un irrefrenable deseo de enseñar su careto para que una horda de paletos tan patanes como él le lancen piropos manidos mientras lo despellejan por la espalda. Nuestra sociedad podrida de tecnología ha encontrado el caldo de cultivo perfecto para que su afán por destacar medre, y no hay pusilánime henchido de gloria digital que no se dedique a fusilarnos con horrendas tomas de su torso reflejado en el espejo del baño mientras se coloca en posiciones que denigrarían a un coprófago necrófilo.

Queremos ser especiales. Queremos destacar. Queremos que una legión de analfabetos funcionales nos aclamen como a su líder tronado (o tronista). Pero ignoramos que también se puede despuntar por defecto. Ser el más tonto e inútil de la manada implica de igual forma ser el mejor en algo.

Y para hacer una perfecta metáfora inversa de todo esto, hoy vamos a hablar del…

ORDINARY
de Rob Williams y D’Israeli

Michael Fisher es un mediocre. Se está quedando calvo. Sufre de problemas hormonales que convierten su sobaco en un nido de mofetas. Está divorciado, su hijo no le habla y ni siquiera en sus sueños húmedos consigue triunfos sexuales. Vive en una pocilga, es un inútil, y cuando una misteriosa plaga dota de superpoderes a toda la población humana él, precisamente él, es la única persona de todo el planeta al que no le toca la lotería del cambio. En un nuevo mundo lleno de gigantescos jugadores de béisbol que destrozan rascacielos con su bate, niños repelentes con complejo de Rey Midas y amigos transformados en enormes osos pardos, él es el único que continua inmerso en su desesperante medianía.

Con estos mimbres, el camino para la locura y el desfase está pavimentado con refulgentes baldosas amarillas. Sin ser una premisa tan original como en principio podría parecer, la idea del superviviente que recorre una ciudad sacada de los orígenes de Top Ten es una interesante vuelta de tuerca al apocalipsis zombie en la que la propia estupidez humana es la espoleta definitiva que nos lleva a la destrucción. Rob Williams, del que solo había leído algunos números de aquella lejana Cla$$war dibujados por Trevor Hairsine, construye un escenario demencial en el que una cantidad ingente de idiotas se convierten en dioses (o sucedáneos), y un hombre que lo único que quiere es comprobar que su hijo está a salvo se convierte en la única esperanza de la humanidad.

Regresión a la infancia, modo bruto.

Es curioso que diga yo esto, pero lo único que puedo reprocharle a este cómic es su brevedad. Un argumento que podría dar para muchas más páginas de seres alucinados y alucinantes acaba de manera precipitada y abrupta con un final anticlimático que nos hace preguntarnos por qué no hay tres volúmenes más de la jodida colección. Acostumbrados a una era en la que las series más melifluas y anodinas se alargan hasta la extenuación de autores y lectores, es una lástima que una propuesta divertida, interesante y preñada de posibilidades se quede en un tomo unitario que se devora con veloz fruición. La sensación final es que todo podría dar mucho más de sí. Un coitus interruptus que casi te obliga a volver a releer el cómic de inmediato para mitigar el hormigueo de insatisfacción doloroso del que quiere más material y sabe que difícilmente va a recibirlo.

Gran parte de culpa de este prurito cultural la tiene el dibujo de todo un personaje del noveno arte como D’Israeli. De los lejanos tiempos del Lazarus Churchyard guionizado por un incipiente Warren Ellis y que supuso mi primer contacto con ambos, el británico ha tocado personajes como Grendel o Juez Dredd, aportando en cada cómic que ha trabajado su visión peculiar de la ilustración. No demasiado prolífico, hay que mencionar sus múltiples colaboraciones con el guionista Ian Edington, entre las que destacan Leviathan y Scarlet Traces, una adaptación  ampliada de La Guerra de los Mundos de H.G. Wells.

Bares, qué lugares…

Como decía, la baza más potente de este cómic recae en el arte D’Israeli, que realiza un despliegue de color y plasticidad en una galería de seres extraños en la mejor tradición de aquel cine americano de la Guerra Fría, lleno de amenazas nucleares, científicos locos y humanos (o insectos) ciclópeos. Del militar con psoriasis balística al político del que, literalmente, puedes leer lo que piensa, el dibujante combina páginas de minucioso detalle con otras más entregadas a la narrativa, a la expresividad y a la acción, completando un cómic efectivo con varios momentos brillantes. Lleno de perspectivas inteligentes, con una perfecta colocación de cámara y un uso integrado y coherente de ese elemento vital para el medio que es la onomatopeya, Ordinary es un tebeo que destaca en lo gráfico y decepciona en lo argumental, no por la idea en sí, sino por su atropellado desenlace. Tampoco me acaba de convencer ese punto dramático que en ocasiones destila la historia, ya que tanto la estética que proporciona D’Israeli como el propio concepto sobre el que gira el argumento, pedían un humor aún más cafre del que de por sí va tiñendo esta obra. Falta cierta mala leche y sobra mensaje paternal moralizante, que de tebeos trágicos que nos enseñan las bondades del ser humano siempre dispuesto al sacrificio altruista por el prójimo ya vamos bien servidos.

Divertido pero fugaz, la trama de Rob Williams nos coloca en todo lo alto para acabar con explosiones pirotécnicas que deberían haber sido nucleares. Con un talento al lápiz, la tinta y el color de este calibre, cualquier mínimo golpe de timón habría culminado en un portentoso espectáculo en el que el hombre, una vez más, plasma con autoridad su talento genético e incontrolable para mandarlo todo a la mierda y echarle la culpa a otro.

El séquito divino irá a por vosotros.

Es por esta razón por la que debo decirlo bien alto.

QUIERO MÁS ORDINARY.

Ese es el resumen. Porque es una lástima que no haya más tomos disponibles para su edición en España. Quiero más Ordinary porque me encanta D’Israeli y ver más números publicados supondría que la locura no ha acabado, sino que justo acaba de empezar. Porque no hay nada peor que ser el único ser de la Tierra que no tiene superpoderes, y esa oportunidad de crear al antihéroe (literal y metafóricamente) más desastroso de la historia, debería seguir siendo aprovechada en arcos argumentales cargados de mala baba, acidez y exacerbada misantropía. Porque la miseria vende. Y las desgracias ajenas nos hacen reír. Porque en el fondo el altruismo es pura fachada, un acto forzoso activado por el qué dirán todos esos mendrugos que viven en esta, nuestra sociedad. Un ente abstracto y gusarapiento que ha conseguido que un millón de vidas de mierda se conviertan en infecto material gráfico de una trituradora mediática, brutal e inexorable. 

¡Nos vemos en la Zona!

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