NEJIMAKI KAGYU, de Nakayama Atsushi

 

 

Título original:
Nejimaki Kagyū
 (ねじまきカギュー)
Editorial: Shueisha
Género: Seinen
Mangaka: Nakayama Atsushi

Publicación Japón: Jun. 2011 – Jul. 2014
Public. España: –
Valoración: El esperpento japonés/10

 


Qué lastre es este de los prejuicios. Cuando era un chaval, compaginaba mi lectura, ya fueran cómics varios o libros, con el manga, que no deja de ser cómic japonés. Sin embargo llego el punto en el que me saturé y dejé de leer cualquier tipo de historieta que perteneciese al país nipón, ya que llegué a la conclusión de que todo era igual. Por aquel entonces también dejé el cómic superheroico de lado, alegando exactamente lo mismo. La gran diferencia radica en que al universo pijamero volví al poco tiempo, pero mi rechazo al manga se prolongó hasta hace un par de años. Más o menos. Dos de los grandes culpables son Teresita y Ferran, y gracias a este último descubrí…

NEJIMAKI KAGYU
de Nakayama Atsushi

Y he acabado totalmente encantado. Y eso que en un principio podríamos pensar que se trata de un shonen de toda la vida, con ese tufillo a harem que tan poquito me gusta y ese entorno estudiantil en el que las hormonas se hayan en plena efervescencia lasciva y estúpida, que consigue desvirtuar a la mayoría de mangas que se publican en el lejano oriente. Pero siempre hay excepciones y esta es una de ellas. Al principio se nos muestra el extraño nexo de unión entre Negizawa Kamo, un joven profesor de instituto, y su alumna Kagyu Jyubee, una joven un tanto ambigua que es especialista en un estilo de arte marcial algo característico. Hasta este punto tenemos lo típico: el profesor es un sex symbol que tiene a todas las féminas generando más dopamina que la fábrica de esteroides de Hulk Hogan y nuestra protagonista se interpondrá entre él y todas las lagartas que intenten alejarlo de su lado. Topicazos y clichés por doquier para justificar el único hecho que tiene sentido y lógica en toda la historia: peleas.

Porque si de algo va realmente todo el tinglado que se monta Nakayama Atsushi en este cómic es de ver cómo se dan de palos de la manera más vistosa y extravagante que os podáis imaginar. Quizás nos encontremos ante uno de los mangas de acción que mejor narra visualmente las situaciones de técnicas ocultas de las distintas y variopintas disciplinas artísticas marciales que tan famosos han hecho los grandes cómics japoneses y las películas chinas de la década de los ’80. Es una gozada para los fans de ese tipo de historias ver la cantidad de guiños clasicotes que Atsushi mete en cada uno de sus tomos y la manera en la que consigue contarnos una trama real encima de esa pseudo-historia que se presupone la principal.

Y cuando quieras, vuelves.

Otro de los puntos fuertes de la obra es el don del autor de generar duda en el lector, el cuál no sabe muy bien qué está leyendo en ciertos momentos de la historia. Y no es que la historia sea enrevesada, sino que dibuja a sus personajes de forma tan ambigua que en ocasiones no sabes qué estás viendo. El mayor ejemplo lo tenemos con Kagyu, nuestra joven protagonista, que desde un principio pensamos que es un chico por la vestimenta que usa y la forma de su cuerpo. Eso sí, cuando le apetece al dibujante, de repente le crecen los pechos a su personaje principial y tiene hasta caderas, sobretodo cuando se queda en paños menores. Podría parecer que peca del mismo mal que muchos seinen que son etiquetados de ecchi (o como diríamos en mi pueblo, guarrones), pero en realidad es un recurso humorístico para darle el toque estúpido que le faltaba a la serie.

Pero no sólo de acción y una trama ridícula se nutre este cómic. Si hubo una cosa que hizo que el sucio otaco Ferran me convenciera a leérmelo, fue el estilo artístico que se gasta el bueno de Atsushi. Es un auténtico fiera dibujando las situaciones de acción, con un detalle finísimo y una narración visual que muchos mangakas querrían para sí mismos. No obstante, lo más atrayente es cómo es capaz de deformar la cara de sus personajes hasta el absurdo, representando los sentimientos que florecen dentro de ellos a través de sus expresiones. Si la cara es el espejo del alma, en Nejimaki Kagyu es el salvoconducto a la risa fácil. No tengo ni idea de cómo serían los espejos del callejón del gato, pero estoy seguro que serían algo muy parecido a lo que el autor ha plasmado en muchas de sus viñetas.

Se lo está gozando vilmente.

Puede que no nos encontremos ante el manga absoluto, el cual posea el guión que pasará a los anales de la historia, pero es una maravilla visual y altamente divertido. Tampoco le pido mucho más a un cómic, más allá de que me entretenga y me cuente algo diferente, aunque sea usando excusas baratas para contar una aventura de acción mayúscula. Por desgracia no está siendo publicado en nuestro país, ni tampoco es que se le espere a corto plazo. Parece que me estoy aficionando a traer reseñas de obras que son casi inaccesibles o que hay que ir a morir a la edición original para poder disfrutarlas. El gran problema es que el original aquí sería en japonés, un idioma todavía desconocido para una población como la española, que difícilmente es capaz de hablar más de dos lenguas de su mismo país. Así que nos toca esperar, cruzar los dedos y ponerle velitas a San Toriyama de todos los Mangas para que, por cosas del destino, termine siendo editada en España.

En resumen, Nejimaki Kagyu es una historia manida y clásica que esconde una cantidad ingente de acción y grandes peleas, que hará los gustos de los amantes de este tipo de cómics. Y pese al uso del sexo y la exageración burlesca como recurso humorístico, Nakayama Atsushi no cruza nunca el umbral de lo obsceno, haciendo crecer su historia en torno a las artes marciales. Una de esas obras que por culpa de los prejuicios jamás leerías.

¡Nos vemos en la Zona!

Joe Runner

Jefe tiránico loco y científico de Zona Zhero. ¿O era al revés?

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