NEAR DARK. Los viajeros de la noche

Título original:
Near Dark
Año: 1987
Directora: Kathryn Bigelow
Guión: Kathryn Bigelow, Eric Red
Fotografía: Adam Greenberg

RepartoAdrian Pasdar, Jenny Wright, Lance Henriksen, Bill Paxton, Jenette Goldstein, Joshua Miller, Marcie Leeds, Tim Thomerson, James LeGros

Valoración: Reza para que salga el sol

Sinopsis: Un joven cowboy, seducido por una chica nueva en la ciudad, descubre que ha sido mordido por un vampiro. Lentamente se convierte en una criatura de la noche, una raza compuesta por hombres y mujeres que vagan sin rumbo, alimentándose con la sangre de sus víctimas.

Kathryn Bigelow ya ha escrito su nombre con letras de oro en la historia del cine. Fue la primera mujer en ganar el Oscar al mejor director (y de momento, la única), gracias a esa oda a la tensión constante que fue En tierra hostil (2009), y con ello dio un giro a su cine, centrado desde entonces en temas sociales y políticos. Algo de eso teníamos en las películas de la etapa pre Oscar, aunque diluido en las hechuras del género fantástico y la acción, con obras muy interesantes que demostraban la identidad como autora de la cineasta.

Hola, buenas noches.

Para el recuerdo deja Días Extraños, magnífico ejercicio de ciencia ficción de aires ciberpunk, o aquella deliciosa macarrada de pura acción adrenalítica, Le llaman Bodhi, protagonizada por un jovencísimo Keanu Reeves. Pero hoy me gustaría que pusieseis atención en la que es, quizá, la película más personal de Bigelow en aquella lejana primera etapa, atípica alquimia de géneros que, sobre la base de una curiosa reescritura de los cánones del western, juega con elementos de la road movie por la América profunda y el terror. Me refiero a Near Dark, que, por esas cosas de las traducciones al español, por estos lares recibió el nombre de Los viajeros de la noche.

Bigelow narra una historia sobre forajidos, el fuera de la ley romantizado por tantas ficciones fronterizas en tierras salvajes, en épocas de tipos duros en una sociedad dura. Western moderno, donde los cowboys cambian los caballos por destartaladas camionetas, en constante huida dentro del decadente escenario de callejones oscuros y lugares olvidados, en los márgenes de la sociedad. El elemento sorpresa viene dado porque estos proscritos son, nada más y nada menos, que una tribu de vampiros.

Los vampiros pandilleros.

Caleb es un joven sin muchas preocupaciones, feliz en su fantasía redneck de sombrero de vaquero. Pero todo cambia cuando conoce a cierta jovencita, de apariencia inocente, perdida por las calles iluminadas por el neón de la ciudad. El chaval se las ve felices, e intenta por activa y por pasiva seducir a la chica, que, por supuesto, esconde algún secretillo. Por cansino, Caleb acaba recibiendo un mordisco, que cambiará su vida para siempre. Comienza un descenso a los infiernos en los que tendrá que aprender los códigos de la violenta banda que ahora es su familia, mientras intenta conservar los últimos rescoldos de su humanidad.

En realidad, la terrorífica odisea de Caleb es una de esas historias sobre el fin de la infancia, la llegada de la madurez de forma definitiva y salvaje. Bigelow envuelve esta trama típica en ecos de western polvoriento, aires de Peckinpah y Carpenter, por muy surrealista que resulte la mezcla. El viaje se convierte en lucha constante por la supervivencia, en la que Caleb es el eslabón más débil. No encuentra su lugar en la banda y la nueva condición vampírica le aterroriza. El rito de iniciación de matar para morir es la frontera que separa a los seres humanos de los monstruos que Caleb lucha por no traspasar. Bigelow subvierte los clichés, y encontramos no pocos lugares comunes de los clásicos del oeste. Tiroteos, escapadas trepidantes ante la mirada del Sheriff de turno e, incluso, peleas en tabernas son parte del paisaje literario del western que Los viajeros de la noche adopta para dar una ingeniosa vuelta de tuerca. Eso sí, no hay abrasador sol del desierto. La noche es protagonista: es el momento de la caza en estos parajes de gótico rural de olor a asfalto y gasolina. El cielo se cubre de rojo carmesí en el crepúsculo, invitando a estos hijos de la medianoche a su festín, símbolo de muerte como lo es el canto del gallo, que pone fin a la libertad nocturna.

Plano Americano Sangriento.

El aspecto visual de Los viajeros de la noche es sobrio, arenoso, ideal para el pulso que Bigelow imprime al tono melancólico de la película, centrada en unos parias inmortales que se mueven como sombras en los márgenes de una sociedad en derrumbe. A pesar del tiempo, la película aguanta bastante bien en conjunto, e incluso todavía conserva capacidad de impacto en alguna de sus secuencias. La carnicería en el bar por ejemplo, está repleta de humor negro, nihilista orgía de sangre en la que los monstruos lo son más que nunca, depredadores jugando con su presa.

En el elenco encontramos alguna cara conocida, como el malogrado Bill Paxton, reconocible como secundario de lujo en el cine de mediados de los ’80 y los ’90. También cabe destacar la presencia siniestra de Lance Henricksen, tipo que da bastante mal rollo en general.

Los peinados, eso sí que da miedo.

A pesar de sus muchas virtudes, Los viajeros de la noche está muy lejos de ser una película perfecta. En el tramo final, se aprieta incomprensiblemente el acelerador y parece que hay prisa por cerrar la trama, lo que se traduce en soluciones efectistas y fuegos artificiales. Tiene su ingenio transformar ese tramo final en una especie de versión nocturna de Solo ante el peligro, pero la ejecución de la idea no es del todo efectiva.

Los diálogos son otro punto flaco, y en ocasiones son sonrojantes. El doblaje en castellano acentúa todavía más este aspecto, llegando a la vergüenza ajena, así que recomiendo que os hagáis con la versión original. No tengo nada personal contra el doblaje, pero este es uno de esos casos que clama al cielo.

Maricarmen, que ya he llegado de la compra.

Bigelow hizo una película diferente, libre, ingeniosa, brillante en algún momento, pero irregular en conjunto. Aún así, el poderoso subterfugio con los géneros se adelanta a los mismos códigos que, por ejemplo, Rob Zombie usaría en la celebrada Los renegados del diablo. Es de justicia recuperar esta película, con sus cosas interesantes y sus muchos defectos, puesto que es representativa de esa época tan determinante, en la que se reescribían las líneas maestras para hacer cine. Y, por supuesto, reivindicar a una cineasta que siempre ha sabido dar sentido de autoría a sus películas, del tipo que fuesen, hasta dejar atrás esa peligrosa etiqueta de ”de culto” y ser una de las grandes de la industria.

¡Nos vemos en la Zona!

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Santi Negro

Lector. Cinéfago. Sueño en viñetas

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