#LobeZZnoWeek: HONOR, de Chris Claremont y Frank Miller

Aprovechando que la película de LOGAN se estrena esta semana, en la casa de Zona Zhero hemos decidido hacer una semana especial temática sobre el héroe canadiense más gruñón y su legado.

Voy a hablar de una época en la que Lobezno estaba vivo. Y era joven. Y, por fortuna, nadie había perpetrado un infecto evento con el fin de desvelar su origen y quitarle esa magistral aura de misterio, fuente inagotable de buenas historias. Aquel fue un tiempo en el que comenzó a labrarse una gigantesca popularidad y, a la larga, lo convirtió en un personaje omnipresente en las series de Marvel. Una era en la que la continuidad tenía sentido y podías comprender todo un universo leyendo menos de 10 colecciones al mes. Fueron días de inocencia, felicidad y papel poroso digno de letrina. Fueron años de cuatricomía y fascinación por una generación de autores irrepetibles. Fue el mágico momento en que leí por primera vez…

LOBEZNO: HONOR
de Chris Claremont y Frank Miller

 

Título Original:
Wolverine, vol. 1 TPB
Sello: Marvel Comics

Guionista: Chris Claremont
Dibujante: Frank Miller
Entintador: Josef Rubinstien

Colorista: Glynis Wein
Contenido: Wolverine #1-4 (Sep. – Dic. 1982)
Publicación USA: Enero 2009
Public. España: Marzo 2017 (Panini)
Valoración: Más grande, más chungo, más Miller, mejor/10

 

Y, sí, hoy voy a hablaros de ello.

No siempre tiene uno la sensación de haber encontrado un tesoro. Es un evento extraño y afortunado que suele llegar de forma inesperada; una sorpresa que te descoloca y te llena de la alegría inconsciente del bebé que desconoce las crueldades del mundo. Recuerdo de forma vívida aquel puesto de mercadillo que venía cada agosto a las fiestas de Huesca. Lo recuerdo porque era el único que me interesaba entre un mar de cintas de casete, ropa de saldo, sábanas con olor a cuero mal curtido y baldas llenas de productos de plástico que harían llorar a un hacendoso mandarín. En el tenderete objeto de mis deseos, una mágica y precaria tabla de madera sujeta por una cantidad indeterminada de caballetes sostenía varias cajas de revistas eróticas, libros de segunda mano y, ¡oh!, ¡milagro!, una variedad bastante decente de retapados que reunían cinco ejemplares de grapa que la distribuidora agrupaba para intentar saldarlos. A veces, casi ocultos por su tamaño, uno podía toparse con números sueltos de aquellos deleznables Pocket de Ases de Bruguera, auténticos atentados contra el material original y el buen gusto en general que, sin embargo, plantaron en mí la firme semilla del coleccionismo compulsivo.

“Acércate Javier…”

La visita anual a aquel cutre y maravilloso lugar casi sagrado lleno de un montón de aventuras a precio decente era obligatoria. Además, cada año el material aportado difería ligeramente del anterior, cosa que planteaba alicientes cercanos a la gincana cultural y suspense insoportable ante la incertidumbre de lo que ofrecerían en cada ocasión. Sería demasiado largo enumerar las colecciones que empecé gracias a estos tomos cutres pegados con cola que fusilaban portadas de un número interior al azar. No van por ahí los tiros. El motivo verdadero de todo este rollo pseudohistórico es poneros en contexto para que podáis entender la inigualable emoción que experimenté al encontrar entre todas aquellas maravillas tebeíles un ejemplar del Extra Superhéroes número 1 titulado escuetamente ‘Wolverine’, subtitulado como ‘Lobezno’ y publicado por la extinta editorial Forum.

Lo de las limited series era algo que aún no se estilaba. Eran historias especiales que, aunque relacionadas con la colección matriz, se desarrollaban fuera de ella en un número variable de comic-books que solía oscilar entre los 4 y los 6 ejemplares. En su inicio eran auténticos acontecimientos en los que héroes de relevancia, pero sin título propio, podían disfrutar de su momento de gloria y, a la vez, ser un eficaz método de mercadotécnia en la que se sondeaba el mercado para evaluar la hipotética acogida de una nueva cabecera con el citado personaje como protagonista. Una vez en nuestro país, el formato elegido por la editorial española parecía celebrar esta excepcionalidad dotándola de solemnidad mediante el tamaño. A pesar de utilizar el formato rústico, se respiraba el aroma de un acontecimiento único en cada uno de los ejemplares de esta mítica colección. Era algo más cercano al álbum europeo, dispensado en un continente que despojaba al tebeo de grapa de su aspecto reciclable y lo acercaba a la esfera de la respetable y sesuda novela gráfica.

Puestos en antecedentes y con esa voluntad de épico suceso corriendo por las venas, no había mejor manera de inaugurar la nueva apuesta editorial que usando a dos titanes del cómic de los ochenta: Chris Claremont y Frank Miller. Ellos fueron dos de las personas que marcaron el devenir del cómic americano durante mucho tiempo y, en el caso de Miller, acabó por convertirse en una figura icónica, trascendente y capital para el mundo de la cultura moderna en general y el Noveno Arte en particular.

El típico día de Lobezno…

Es difícil discernir dónde empieza la labor del guionista (Claremont) y donde acaba la del dibujante (Miller), pero con el paso de los años y viendo la evolución y la carrera profesional de los actores citados, cada vez me inclino más por pensar en que Miller impuso su arrollador talento creativo, argumental y narrativo de forma casi tiránica, y Claremont se dedicó a poco más que a adornar los diálogos con los que hablaba cada personaje. A pesar de estar plenamente integrado en el canon histórico de La Patrulla-X, todo en la temática y en la ambientación habla de las obsesiones e influencias recurrentes de Miller, que comenzaron por su pasión por Lobo Solitario y su cachorro y acabaron desembocando en la fascinante Ronin. Es innegable que Claremont está. Se le intuye. No podía ser de otra forma teniendo en cuenta el casi milagroso proceso resurrector que había obrado con los mutantes. Sin embargo, esta presencia acaba siendo oscurecida por la colosal aportación del genio de Maryland y su labor en el guión se difumina hasta hacerse inapreciable, como una entidad fantasmal que susurra frases desde los títulos de crédito.

En Lobezno: Honor, Logan es representado como un samurái sin amo, como un gaijin que intenta por todos los medios seguir un patrón de conducta fundamentado en la estricta moralidad japonesa y que, a la vez, le sirve para domeñar sus brutales instintos ferales. Torturado por una relación sentimental imposible, perseguido por sus propios demonios, por un jefe mafioso omnipotente que por azares de la vida resulta ser su futuro suegro y por una legión de ninjas deseosos de ser ensartados en garras de adamantium para convertirse en humo, el periplo del enano patilludo por la calles de Tokio es un ejercicio narrativo de primer nivel lleno de todos esos felices hallazgos que Frank Miller desarrolló en su ya clásica, canónica e imprescindible etapa a las riendas de cierto superhéroe ciego.

¿No tienes trabajo? Únete a un grupo de ninjas, siempre hay vacantes.

Puedo estar equivocado, pero de manera inconsciente siempre coloco Lobezno: Honor en mi listado mental de obras de Miller, y dejo a Claremont como un afiche que podría eliminar sin esforzarme. Dadas las circunstancias, creo que es inevitable. Basta con releer la pelea final entre Logan y Lord Shingen para reforzar mi opinión. Muy alejada de la verborrea habitual de los X-Men de los ochenta, la historia juega con los espacios y los silencios como actores fundamentales del drama, concentrando en la imagen el ritmo despiadado que requiere esta tragedia moderna. La composición, los encuadres, el estilo narrativo, incluso la motivación que alimenta a los distintos actores… todo cabalga a lomos de la mitología clásica milleriana, que imprime su estilo inconfundible a un universo en el que “papá” Claremont fue dios y maestro de ceremonias indiscutible durante décadas.

Nos hallamos ante una obra trascendental, definitoria. No solo para el protagonista, que consolida su personalidad de manera determinante y establece los parámetros del camino que recorrerá a lo largo de los años venideros; no solo para los autores, que logran plantar otra piedra de toque en la historia superheroica y dan un aldabonazo para sus más que consolidadas carreras. Inevitablemente, es hito fundamental para el que escribe, chaval atribulado a las puertas de la adolescencia que comprueba con asombro que los tebeos son mucho más que hostias hercúleas propinadas por guayabos en pijamas vistosos. Leer este vetusto y adorado tomo generó en mi conciencia un impacto muy similar al que sufrí poco después tras leer el número #191 de Daredevil, esa historia llamada Ruleta con la que Miller cierra su primer círculo con Matt Murdock, y que me golpeó como un bate de aluminio lanzado contra una cristalería. Son las típicas epifanías que curten tu carácter de lector, te abren los ojos, hacen que el velo se desprenda y generan un amor incondicional hacia un autor que se convertirá, de forma inevitable, en uno de tus gurús de cabecera.

Otra de las grandes joyas de Frank Miller.

Lobezno: Honor es un cómic redondo, entretenido, histórico y visceral. Uno de esos trabajos que se nutren de la capacidad innata para crear con la que nacen algunos afortunados y trascienden la voluntad original del proyecto convirtiéndose en iconos instantáneos. Pocas veces Logan se había fumado tan bien un puro. Jamás había ensartado a japoneses embozados con tanta elegancia y sentido del arte. Nunca un calvo con katana había resultado tan entrañable y letal. Y todo gracias a un chaval que acababa de cumplir los 25 y se dirigía como un misil hacia el Olimpo de los grandes genios del tebeo.

Sí. Amo a Frank Miller. Se nota, ¿no?

Si queréis leer el resto de artículos de esta semana especial, pinchad en #LobeZZnoWeek o escribid el hastag en nuestro buscador.

¡Nos vemos en la Zona!

You may also like...

Deja un comentario, zhéroe