LA TIERRA DE LOS HIJOS, de Gipi


 

Título original:
La terra dei figli ITA
Sello: Coconino Press
Guionista: Gipi
Artista: Gipi
Colorista: B/N
Publicación Italia: Octubre 2016
Publicación España: Abril 2018 (Salamandra Graphic)
Valoración: Distopía sobre temores más que fundados

 


En este planeta que llamamos Tierra, la frágil línea entre futuro y distopía la marca el ser humano. Sí, un elemento tan volátil como impredecible y maleable es el encargado de establecer si lo que está por venir cruza la débil frontera entre lo real y lo ficticio, convirtiendo esa realidad remotamente potencial y difícilmente imaginable, en una realidad plausible y palpable aunque nada deseable. Una como la que nos encontramos en…

LA TIERRA DE LOS HIJOS
de Gipi

Gian-Alfonso Pacinotti, más conocido como Gipi en estos lares del noveno arte, nos trae en La Tierra de los Hijos (editada por Salamandra) una actualización concreta de ese Multiverso en el que el apocalipsis para la raza humana supone un futuro cercano y más que probable, fruto de su propia decadencia como especie.

Más que un relato de ciencia-ficción, a mí esta soberbia representación de un hipotético y descorazonador futuro en viñetas se me antoja un devastador retrato de lo que puede estar por venir. ¿Esperanza en el ser humano? Más bien poca la que profeso, la verdad. Ese tono árido y de asolamiento que destilan las páginas que el premiado historietista de Pisa ha logrado con sus inquietos trazos en blanco y negro, no hace más que conferirle a la historia una pátina de desolación e impotencia ciertamente acorde con el pesimismo reinante en múltiples aspectos sociales, culturales y emocionales con los que lidiamos a diario. Vamos, que es inevitable pensar que estamos en el camino adecuado para hacer realidad cualquiera de esos temidos futuros en los que el ser humano acaba autoaniquilándose.

Padre, lo del apocalipsis (le dice el hijo al padre).

Y sin ir más lejos, uno de ellos este escenario protagonizado por un padre y sus dos hijos que conviven en una embarcación varada, alejados de los pocos seres humanos que parecen poblar ya el planeta. Seres que zozobran en una misantropía impuesta del que sabe que a la supervivencia se juega las 24 horas del día. Un mundo que, por las referencias que se nos van lanzando, está sumido en la corrupción más absoluta, los alimentos escasean, la contaminación está presente, la tierra no produce y la salubridad brilla por su ausencia. Aunque quizá lo más destacado sea la carencia de empatía, solidaridad y rutina. La normalidad del día a día perdida no se sabe bien cuándo: el levantarse para ir a trabajar, los horarios marcados, el pagar las facturas de la luz, el sol calentando la piel durante el paseo en una de las primeras tardes de primavera, pasar canales con el mando a distancia hasta encontrar un programa que acompañe a la cena… Sí, quizá la pérdida de los hábitos que inconscientemente hemos ido adquiriendo conforme vamos cumpliendo años sea el mayor y más justo castigo a cumplir para innumerables generaciones de descuidados habitantes, que han (o mejor dicho, HEMOS) acabado por malmeter la convivencia y la habitabilidad hasta tal punto, que parece no haber marcha atrás.

La paradoja que se crea entre el título del tebeo y el poso que queda tras la lectura es más que intencionada. Está claro que cuando coloquialmente hablamos de la tierra de los hijos, nos referimos no sólo al espacio físico y a sus (complejas en ocasiones) circunstancias que legaremos a nuestros descendientes, sino también al futuro, ese espacio intangible que será. Por regla general, hablar de futuro es hablar de construir, de proyectos por cumplir, de ilusión, de voluntad de continuar y de tantas otras cosas que llevan implícitas un matiz indudablemente positivo. No obstante, la percepción en este cómic es totalmente contrapuesta. Una narración impecable, personajes excepcionalmente construidos, sentimientos y situaciones universales bien llevadas al terreno y en la cubierta, una portada que sintetiza a la perfección todo aquello que se nos quiere transmitir. Sí, desazón e inquietud. Ese futuro tan desalentador que se refleja en las viñetas de este tebeo se hace, si cabe, más patente cuando percibes ese halo de mal augurio que lo impregna todo. Porque, precisamente, lejos de verlo como un futuro improbable, la desazón te invade y te queda ese regustillo amargo de certeza de tener ante tus ojos un futuro que, aunque descabellado de primeras, quizá no ande muy alejado de lo que se avecine.

¿Dónde vas? ¡Que tengo la barca en doble fila!

Me parece fascinante la manera en que Gipi se adueña de nuestro estado de ánimo de principio a fin, embarcándonos en un vaivén de emociones que discurren entre la desolación, la impotencia e, incluso, la esperanza. Porque sí, porque en medio de toda esa incerteza reinante, producto del deterioro de la razón y de la corrupción de la camadería y del altruismo, se atisba todavía un rayo de humanidad en detalles tan significativos como la confianza y entendimiento para con nuestros semejantes, el amor que los progenitores vierten hacia sus vástagos o el inmenso poder de la cultura. Tres puntales sobre los que debería descansar toda civilización.

El arraigo y la pertenencia tanto a una comunidad como a un ente familiar son habituales en el elenco de factores esenciales para que la humanidad no pierda el norte. Esencialidad que queda patente en La tierra de los Hijos, por ejemplo, con ese hijo queriendo descubrir qué es para él la figura del padre e intentando comprender su verdadero lugar en el mundo.

Papá, ¿ya hemos llegado? ¿Y ahora? ¿Y ahora? ¿Y aho…

Lo que quizá no es tan común es que se reclame la cultura como un bien necesario. Es curioso constatar cómo introduce en la narración argumentos tales como el empobrecimiento del lenguaje, el embrutecimiento de la comunicación o el incremento de la analfabetización para potenciar esa imagen devastadora de la especie humana. Y es que si hay un aspecto que puede contribuir a que la civilización toque fondo es, sin lugar a dudas, las carencias en el ámbito de la cultura y la educación. El conocimiento es poder. La ignorancia y el aborregamiento sólo conducen a la manipulación y al miedo. A estas alturas del texto, toca ya nombrar a un personaje que ejerce de hilo conductor: ese cuaderno manuscrito, leitmotiv más que efectivo en la obra. 

En definitiva, tras habernos adentrado en sus páginas, se puede afirmar que estamos ante una obra tremebunda que versa sobre las motivaciones humanas, los lazos personales, las relaciones familiares y la preservación del conocimiento.  Acérquense y saquen sus propias conclusiones antes de que sea demasiado tarde para preguntarnos qué hicimos mal.

¡Nos vemos en la Zona!

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1 respuesta

  1. Joe Runner dice:

    Jo, Cristina. Pedazo debut en la Zona. Me has recordado que tengo pendiente leerme algo de Gipi, que lo llevo postergando demasiados años ya. He de ponerle solución como sea. Ojalá todos los problemas fuesen así de fáciles de solucionar jajajaja. ¡Bienvenida de manera oficial a la familia!

Deja un comentario, zhéroe

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