LA GUERRA DE CATHERINE, de Julia Billet y Claire Fauvel

 

Título original:
La Guerre de Catherine BD
Sello: Rue des Sèvres
Guionistas: Julia Billet y Claire Fauvel
Artista: Claire Fauvel
Colorista: Claire Fauvel
Publicación Francia: Mayo 2017
Publicación España: Octubre 2018 (Astronave)
Valoración: Instantáneas que conforman mi mundo, tu mundo, nuestro mundo

 

Parece un contrasentido, pero pese a lo manido de la utilización del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial como escenarios y ejes conductores de la acción en todo tipo de productos culturales, siguen surgiendo historias encuadradas en la Europa de los años 40 que atraen nuestra atención. Historias que se tejen en ese momento histórico, cuya trama, enfoque y desarrollo de personajes nos hacen olvidar que estamos ante otra historia más ambientada en un episodio recurrente. Sin lugar a dudas, es el caso de un título premiado en la edición de 2018 del Festival de Angoulême con el galardón a Mejor Cómic Juvenil y que hace un par de meses fue editado en nuestro país. Sí, se trata de…

LA GUERRA DE CATHERINE
de Julia Billet y Claire Fauvel

Las viñetas de este tebeo publicado en nuestro país por Norma Editorial dentro del sello de LIJ y crossover Astronave recogen la historia de Rachel Cohen, una niña judía interna en una escuela francesa que, por razones de sobras conocidas por todos, se ve obligada a cambiar su nombre e identidad para eliminar cualquier pista que denote su origen judío (he aquí el porqué de la presencia del nombre propio Catherine en el título), huyendo de un punto a otro de Francia mientras intenta eludir a toda costa la presencia del ejército alemán que ya campa a sus anchas por territorio francés.

Esta historia cuenta con un recorrido más amplio de lo que inicialmente pueda parecer. El tebeo es una adaptación de La Guerre de Catherine, la novela homónima de Julia Billet destinada a un público juvenil publicada en 2012 por L’école des Loisirs. A modo de curiosidad se puede comentar que esta novela, que no ha sido traducida al castellano, fue seleccionada por el Ministerio de Cultura de Francia para ser incluida dentro de la categoría Segunda Guerra Mundial orientada al nivel de Secundaria. Pero no, hemos de irnos mucho más atrás en el tiempo para descubrir que el germen de esta historia se halla en los años 40. La madre de Julia Billet, la autora del libro y también guionista del tebeo, y sus vivencias es quien ha inspirado la historia de Catherine. Estamos, pues, ante una historia basada en hechos reales.

Pero volvamos al deambular de Rachel/Catherine por ese escenario suficientemente reconocible sobre el que se ha construido esta y tantas y tantas otras historias. Con una secuencialización ágil y fresca, pero sin caer en los tópicos del momento histórico, se intuye la acción destructiva del régimen de Hitler y se sienten las graves consecuencias de los fascismos en la Europea de los años 40, sin llegar a mostrar directamente las barbaries que se cometieron.

Porque no hay nada más triste que una despedida forzosa.

La propia voz de la protagonista es quien va escribiendo la narración de los acontecimientos en el presente de quién no sabe qué le acabará deparando el futuro. Un protagonismo que Catherine comparte con su cámara de fotos. Así, la combinación entre palabras secuenciales e imágenes capturadas construyen este testimonio en viñetas. Y es que la historia la conforman un infinito número de instantáneas. Comprehender un hecho supone, pues, intentar completar un álbum y visionar el mayor número posible de esas fotografías.

Inoculada por uno de sus profesores con el virus de la imagen estática, la compañera inseparable de nuestra protagonista es esa cámara fotográfica que aparece en la portada del tebeo, una suerte de retrato de dos amigas que comparten una estrecha relación. Es una Rolleiflex, una mítica cámara réflex de objetivos gemelos que, si sois aficionados al octavo arte, seguramente os resultará familiar por su composición, la popularidad que alcanzaron y su excepcional calidad.

El propósito de Catherine desde que es consciente de su situación es retratar la guerra a través de su cámara. Es decir, recoger su personal visión de los hechos y dejar constancia de esa guerra: de “su” guerra. Es a través de esas imágenes robadas al incesante cambio que va escribiendo el futuro, que tomamos conciencia de la magnitud de los hechos que nos rodean, de cómo afectan a nuestra existencia y de la verdadera naturaleza del ser humano. Sí, la humanidad. Esa cualidad que parece extinta pero que, por fortuna para el género humano, está presente en todo momento y en todo lugar.

La fotografía es una manera de concebir el mundo para nuestra protagonista.

Las consecuencias de los conflictos bélicos son innumerables. La historia del mundo está plagada de ejemplos que nos muestran las más variadas actualizaciones: destrozan familias, sesgan vidas, congelan el avance científico, destruyen el movimiento cultural de un país, frustran los avances educativos. Escolares ven como su formación se ve truncada al interrumpirse sus estudios o no poder alcanzar unas enseñanzas porque ya no se imparten o sus familias no pueden permitírselo.

No es este el momento, ni la Zona el lugar más adecuado, ni yo la persona más versada en el asunto para pormenizar sobre la encomiable labor social, las enseñanzas o la innovadora pedagogía usada en la Maison de Sèvres, la escuela real donde da inicio la trama del tebeo. A través del apéndice del tebeo y ojeando algo de información al respecto, el lector puede hacerse a la idea de que la Maison d’Enfants de Sèvres supuso todo un hito en materia educativa. No solo se erigió en los 40 como refugio para los huérfanos y niños víctimas de la guerra y de las persecuciones políticas (su directora Yvonne Hagnauer acogió y escondió un buen número de niños judíos durante la Segunda Guerra Mundial), sino que fue un centro de aplicación de novedosos medios de expresión tales como las artes en sus variadas disciplinas (música, dibujo, fotografía,…), la observación del entorno, el contacto con la naturaleza o la edición de un periódico, con la finalidad de despertar en los niños la creatividad, la capacidad de canalización de las manifestaciones y la interpretación del mundo. La vida comunitaria y el funcionamiento de la comunidad que tan bien se reflejan en el tebeo, proporcionaban a los niños nociones de responsabilidad y cooperación. La Maison de Sèvres fue, en definitiva, un ejemplo de la Escuela Nueva, un movimiento pedagógico progresista que preconizaban los métodos activos en el aprendizaje.

Hay más documentación al respecto, pero si queréis una primera toma de contacto sobre la labor que Yvonne Hagnauer y el resto de profesores desempeñaron, echadle un vistazo a Yvonne Hagnauer et la Maison d’enfants de Sèvres (1941-1970), el artículo de Chloé Moaurel dentro de la Revue d’histoire de l’enfance o al libro Pédagogie clandestine pour une école ouverte. Histoire de la Maison d’enfants de Sèvres, editado por la Association Les enfants de Goéland et Pingouin, une école contre le destin.

Yvonee Hagnauer y sus compañeros fueron auténticas personas coraje.

En esa línea de innovación y de guerras que sesgan proyectos educativos interesantes, también inserto en el movimiento de la Escuela Nueva, se me viene a la mente la figura de Simeón Omella. Fue un maestro que desempeñó su labor educativa en Plasencia del Monte, un pequeño pueblo de la provincia de Huesca, siguiendo la pedagogía Freinet, en la que el proceso educativo y la base del aprendizaje radica en la experimentación, la observación y la acción. Una de las técnicas con las que se aplica esta pedagogía es la imprenta. Es curioso porque los niños de un pueblo que debía contar en los años 30 algo más de un centenar de habitantes disponían de una imprenta para trabajar en clase y ha quedado constancia de ello en El libro de los escolares de Plasencia del Monte. El Gobierno de Aragón publicó en 2007 una edición facsímil de ese libro que es una estupenda crónica de la escuela rural convertida en taller de experimentación que recoge dibujos, relatos que bien seguro conformaban parte de la tradición oral de Plasencia y otros basados en la naturaleza, en experiencias o en hechos acaecidos a los niños o a sus familias, redactados y encuadernados en 1936 por niños entre 8 y 13 años.

En definitiva, me quedo con uno de los sutiles mensajes que se desprenden de sus páginas: la importancia de cómo los maestros nos enseñan a vivir la vida y a afrontar nuestros destinos, presentándonos ese filtro de crítica e interpretación indispensable para comprender el mundo e invitándonos a no perderlo jamás. En ese sentido, tanto la novela como ahora el tebeo devienen un homenaje a la labor pedagógica de los maestros de la Maison de Sèvres.

Y, por qué no, démosle la vuelta a todo lo anterior.

Porque no hay nada más sano que crecer en un lugar estimulante.

Este testimonio ficcionado se presenta como un material excelente para trabajar en las aulas un tema como la Segunda Guerra Mundial. Los múltiples aspectos concernientes a la vida y la sociedad de la época, las continuas referencias a cómo va desarrollándose la contienda en Europa, la organicidad de los tiempos narrativos y hechos recogidos, el papel de la fotografía, la construcción de los personajes… Todo ello son aspectos que dan mucho juego a la hora de plantear debates e incitar a la reflexión. La editorial Rue de Sèvres es consciente de ese potencial y desde la página de la ficha del tebeo podéis acceder a un más que interesante dossier pedagógico. 

La Guerra de Catherine es un tebeo para todos los públicos que, con su testimonio, viene a incidir en el hecho de que en todas las contiendas, las consecuencias resultantes no son ni mucho menos equiparables para el grueso de la población afectada. Son múltiples a la par que personalísimas las formas en que las luchas inciden en los diferentes individuos. Y únicamente reuniendo todas y cada una de ellas, la humanidad podrá formar el puzle de nuestra Historia.

¡Nos vemos en la Zona!

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