¡KOTA, VEN!, de Takashi Murakami

 


Título original:

Kota oide (コタおいで)
Sello: Futabasha
Mangaka: Takashi Murakami
Publicación Japón:
vol. 1 (diciembre, 2017), vol. 2 (noviembre, 2018)

Publicación España: Septiembre 2019 (Ponent Mon)
Valoración: Si me compras el perro, prometo bajar a pasarlo yo todos los días

 


No se es capaz de comprender el fortísimo vínculo que se establece entre los seres humanos y los animales que conviven con ellos hasta que no se vive en primera persona.
Muy en especial sucede con los perros. No tomas conciencia de la lealtad en la que milita tu perro más que en esos rutinarios paseos que das con él, cuando le acaricias tras recostarse a tus pies, en la alegría que reflejan sus ojillos en el instante en que te ve traspasar la puerta de tu casa o en el dramático sollozo con el que claramente te indica que se muere por probar bocado de eso tan rico que tienes en tus manos.

En mi casa somos varios humanos y un cánido. Y os puedo asegurar que esa perrita es una más de la familia. Gracias a ella hemos crecido en humanidad. Podría entrar en modo orgullosa-de-mi-perra y explicaros las mil monerías con las que nos tiene embelesados, lo mucho que nos adora y una sarta sempiterna de anécdotas. Pero no. No voy a ser yo quien lo haga. Dejemos que sean los profesionales del noveno arte, expertos narradores y certeros con el lápiz, los que nos muestren esa maravillosa conexión. Y ya puestos, que sea el perro de un historietista el protagonista. Así pues…

¡KOTA, VEN!
de Takashi Murakami

Si me preguntan por perros en las páginas de un tebeo lo tengo claro: Happy. La respuesta sería la misma en caso de que la cuestión se ampliase al conjunto del reino animal. Es hondísima la impresión que me causó la historia que Takashi Murakami relataba en las viñetas de El perro enamorado de las estrellas (Ponent Mon, 2013), en la que retrataba la conmovedora e incondicional relación que sentía un perro hacia su dueño cuando este vivía sus horas más bajas. Reconozcámoslo, ese manga nos hizo derramar alguna lagrimilla a más de uno. También he de decir que si tengo que listar mis mangas favoritos, sin duda El perro enamorado de las estrellas estaría como mínimo en el top 5.

Me sorprendió bastante descubrir que Takashi Murakami (aviso para navegantes: no confundir con el artista del mismo nombre) era alérgico tanto a perros como a gatos y que solamente convivió con un perro desde su época de instituto hasta que se fue de casa de sus padres cuando se hizo mangaka. Alguien que produce una obra que destila tantísimo amor por los canes, tarde o temprano y evitando de una forma u otra la alergia, debía de acabar compartiendo techo con un perro. Y así fue un tiempo tras la publicación de aquel manga. La petición de su hijo pequeño, el sopesar si el crío sería capaz de afrontar la responsabilidad de cuidar a un animal y un pertinente tratamiento a su hipersensibilidad por estos seres, Kota entró a formar parte de la vida de los Murakami.

De Kota Madre.

¡Kota, ven! es el resultado de ocho años de convivencia entre la familia del autor y un ejemplar macho de shiba inu de pelo negro algo asustadizo, muy cariñoso, un poco zoquete (de boca de sus dueños) y al que le chifla el pan. El tomo se publicó originariamente en dos volúmenes en Japón: el primero en 2017, que consta de 17 capítulos, y el segundo en 2018, con 20. Cada uno de ellos cuenta con un capítulo extra a modo de añadido. Ponent Mon ha repetido la fórmula en cuanto a recopilar que ya puso en práctica con El perro enamorado de las estrellas. En este tomo único, pues, se recogen los 39 retazos a modo de teselas que componen un rico mosaico de los usos y costumbres universales actualizados en las experiencias y vivencias de una familia en concreto: la del mangaka japonés. Lo que viene a ser un “basado en hechos reales”, vaya. Cuestión que el propio autor explicita, por otra parte, en diversos momentos de la narración.

Por cierto, que cada uno de los capítulos lo abre una estupenda viñeta de Kota, representativa de la circunstancia que se va a tratar.

En un estilo directo, espontáneo y muy desenfadado, en ocasiones hasta interpelando al lector y saliéndose de la linea narrativa desarrollada, Murakami desmenuza anécdotas, el día a día e hila reflexiones en torno a diversas cuestiones que atañen a la relación de los cinco miembros de su familia: Murakami, su esposa, su hija adolescente, su hijo pequeño y Kota. El tono de simpatía y la comicidad son una constante en las viñetas. Y es que no se puede evitar soltar alguna que otra risilla al imaginarse ciertas situaciones descritas, que podrían calificarse de chiste. La convivencia da para mucho y en el manga se refleja un amplio abanico de cuestiones como el incómodo y espantoso momento del baño, algo tan burdo como la caca del perro en toda su dimensión, las peripecias para quitarle el pelo de la muda por medio de la acción de una aspiradora con un cepillo con púas finas y curvadas en el cabezal (no sabía ni que esta raza mudaban de pelaje dos veces al año ni que existiesen artilugios semejantes), descubrir la nieve, las visitas al veterinario o lo voluntarioso de la confección de un collar isabelino cuyo resultado final podría tildarse de desastroso.

Toma epílogo.

La estructura compositiva, las líneas cinéticas y un buen número de onomatopeyas (se han respetado las originales, puesto que forman parte del relato, incorporando la traducción sin que esta resulte invasiva) dotan de gran viveza y dinamismo a la narración. Los personajes que transitan por las viñetas transmiten en todo momento estados y emociones. Los rostros poco definidos y rozando la caricatura son, si cabe, más expresivos que muchos con rasgos bien delimitados. Y la representación del perro, cuanto menos, entrañable. El lector empatiza y se integra en una historia en la que los fondos, descriptivos y bien levantados, aportan el contexto a la localización y ubicación del relato.

El lenguaje utilizado, la autenticidad de los diálogos y la sincera caracterización de la familia contribuyen a que el lector se sienta como si estuviera en casa de los Murakami, contemplando en vivo y en directo una escena del ámbito familiar. Y, además, bien a gusto.

Todos con nuestro perro cuando llegamos a casa.

A Kota, el verdadero protagonista, no se le ha privado de voz. Las opiniones y pensamientos del animal presiden las viñetas entre paralelas. Así pues, se utilizan distintos recursos literarios en función de las voces que se oyen en las diferentes escenas. Además del de Kota, encontramos los bocadillos por medio de los que se expresan el resto de personajes y las cartelas, voz en off de Murakami que aporta información extra. Además de una oda hacia el amor incondicional que nos profesan nuestros compañeros del reino animal, este manga es un relato en viñetas de cotidianidad.

Nos asomamos a las diferentes estancias de la casa de Murakami, paseamos por los campos y terrenos contemplando los paisajes del entorno en el que se encuentra ubicada su casa (en la zona de Hiroshima), sufrimos las inclemencias del tiempo (época de lluvias y de tifones) y nos colamos en la rutina y hábitos de una familia japonesa. Los más alcahuetes verán saciada su curiosidad conociendo a través del guión y de sus trazos detalles de la vida personal del autor y su gente así como rincones de la intimidad de su hogar.

Lo del último paseo…

Lo cierto es que poco tiene que ver aquel tono que empleaba en El perro enamorado de las estrellas  con el que en este otro prima. Incluso el regusto que te dejan ambos es radicalmente opuesto. En este trabajo hay referencias muy directas a ese otro manga. Se habla abiertamente de su publicación e, incluso, Murakami nos confiesa que propuso “Happy” como nombre para el cachorro, proposición que fue desechada rápidamente por el resto de la familia (si conocéis ese manga, comprenderéis el porqué) que dio el visto bueno a la opción planteada por su hija: Kotaro, alias Kota, al igual que el perro del matrimonio de dibujantes japoneses Masahiko Kikuni y Yuka Kuniki. E, incluso, alguna referencia más indirecta. O al menos eso me ha parecido en el campo de girasoles al que nos podemos asoma mediante una viñeta o el inicio de uno de los paseos nocturnos de Murakami y Kota, que se me antoja una de las viñetas más bellas con la representación de un precioso cielo estrellado sobre los ojos de unos extasiados personajes y la tranquilidad de un paisaje en calma.

Por otra parte, es curioso observar que de ambas obras emana la misma esencia. ¡Kota, ven! está escrito desde el amor a esos seres para los que lo somos todo, y para el público en general. Un relato delicado, cálido, que surge desde el cariño y la simpatía, y que no se dirige exclusivamente a los amantes de los perros y todos aquellos que compartís vuestra vida con ellos. Cómo nos vamos a negar a acercarnos a Kota y proferirle una carantoña, quien desde la portada nos ofrece el mejor de los recibimientos.

¡Nos vemos en la Zona!

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