HOMBRE HORMIGA, Vol. 1: “Segundas oportunidades”, de Nick Spencer y Ramón Rosanas

 

 

Título original:
Ant-Man: Second-Chance Man TPB

Sello: Marvel Comics
Guionista: Nick Spencer
Artista: Ramón Rosanas
Colorista: Jordan Boyd
Contenido: Ant-Man #1-5 (Ene.–May. 2015)
Publicación USA: Jun. 2015
Public. España: Sep. 2015 (Panini)
Valoración: 8/10

 

Hola. Eres el Hombre Hormiga y eres un desastre. Vives casi en la indigencia. Estás divorciado y tu exmujer te desprecia. Tienes una hija a la que ves mucho menos de lo que deberías. Vas a una entrevista de trabajo vestido de superhéroe porque no tienes nada más que ponerte. Tus poderes son ridículos y la comunidad superheroica te considera un fracasado y un don nadie. La gente no tiene muy claro quién es el panoli que lleva hoy los trastos del legado de Hank Pym. Ha habido tantas versiones de ti que a nadie le importa. Para colmo, tu archienemigo es un tipo rosa de dos metros que lleva un bañador paquetero negro como uniforme cuyos poderes se originan en su marcapasos. En efecto, tu vida es una completa mierda.

Bienvenidos al maravilloso mundo del…

HOMBRE HORMIGA, Vol. 1
de Nick Spencer y Ramón Rosanas

Siempre siento cierto placer culpable cada vez que un guionista afronta la caracterización de un personaje asumiendo su ridiculez intrínseca. Si ya en el propio concepto de superhéroe hay un componente absurdo que hay que asimilar para disfrutar con las aventuras de gente que va por la calle en pijama, cuando los poderes y el nombre del protagonista ahondan en la estupidez misma del trasfondo, es de agradecer que se tome a guasa esa misma idea y se utilice con sorna como base para refundar y construir la nueva etapa de una colección.

Hay que asumirlo, si bien un ser extraterrestre capaz de mover planetas, un gigante de cuatro o cinco metros color esmeralda capaz de hacer malabarismos con vagones de tren o un dios nórdico inmortal armado con un martillo que solo él puede levantar son arquetipos amenazadores aunque lleven botas katiuskas rojas o pantalones morados irrompibles, un tipo cuya letal hazaña consiste en encoger de tamaño hasta ser tan grande como una hormiga, tiene que esforzarse mucho para resultar intimidatorio. Aquí podríamos buscar excusas aterradoras basadas en cambios de densidad, fuerzas proporcionales a insectos hercúleos, viajes al interior de los cuerpos para destrozar órganos desde el interior o el coñazo imposible que supone intentar (siempre sin éxito) exterminar una plaga de formícidos de tu casa, pero nada va a poder evitar que tanto los poderes como el nombre del Hombre Hormiga, nos sigan pareciendo ridículos.

Hola. Estoy tan solo que le pongo nombre a mis hormigas

Y es ahí precisamente donde radica la grandeza de esta serie limitada. Nick Spencer pone al protagonista frente a un espejo y se ríe de él. Y no lo hace de forma amable aunque todo en la historia este cubierto de una fina capa de ironía. Se ríe de sus poderes, se ríe de su historia, se ríe de su vida, se ríe de todo lo que lo conforma como superhéroe. Una vez hecho esto, una vez presentado el protagonista en su descarnado patetismo, es imposible no sentir cariño y simpatía por este fracasado con superpoderes que vive en la pobreza y cuyo objetivo en la vida es intentar no decepcionar a su hija una vez más.

Miami Vice vs. Drive. vs. Scott Lang

Un tipo humano y algo mezquino que hace lo que puede para sobrevivir y que se siente tan solo que le pone nombre a las hormigas que controla con su casco cibernético. Hay muy poco de héroe y mucho de padre superviviente y perdedor en el Scott Lang retratado por Spencer, y esta idea se refuerza al ofrecernos una aventura con un plantel de secundarios son tan lamentables como el protagonista. Marginados, segundones, villanos de poderes y trajes ridículos; un elenco de payasos para un circo de tres pistas que el guionista americano maneja a la perfección, adornándolo todo con retazos de continuidad, personajes rescatados de las brumas del archivo de La Casa de las Ideas y humor inteligente. Para reforzar aún más esa idea de outsider, las aventuras y desventuras del Hombre Hormiga se trasladan a Miami, una ciudad alejada del ajetreo superheroico normal y que permite, en cierta forma, que no se vea tan inmerso en el caos de crossovers y sagas que sacude cada pocos meses el universo marvelita. Esperemos que el editor respete esta declaración de intenciones de una colección divertida y bien escrita que saca petróleo de las ideas lisérgicas de gente que pensó que la Rana Saltarina, Mimí Aulladora, La Mancha o la Coneja Blanca eran buenos nombres para un villano. De estos sustantivos y de cosas surgidas de la insigne DC, tales como el aspirante a Legionario Arm-Fall-Off-Boy (El Chico al que se le Cae el Brazo), podríamos sacar un interesante reportaje titulado “Los cómics de superhéroes y las drogas duras”.

¡Golpe de brazo!

En cuanto al dibujo, debo decir que me he llevado una grata sorpresa con la labor del español Ramón Rosanas al que (y dada mi aguda desconexión del 95% del resto de las colecciones de Marvel) todavía no tenía el gusto de conocer. Rosanas nos regala en este tomo un trazo que mezcla la escuela de dos Chris, Samnee y Sprouse (entre otros), y su estilo se ajusta como un guante a lo que se necesita contar. Expresividad, narración, ritmo, dinamismo, diseño… los seis números de El Hombre Hormiga son un ejemplo de esa nueva escuela clásica que hace cómics ocultando el riesgo de su propuesta en un dibujo en apariencia tradicional, siguiendo la estela de creadores históricos como John Romita Sr. Acompañado con acierto por el colorista Jordan Boyd, el conjunto se convierte en una de esas recomendaciones a las que te acercas hastiado por la avalancha de hype generado por la película de turno y que para tu sorpresa te deja un excelente sabor de boca. Un tomo en el que te alegras de haberte dejado los cuartos: gran historia, excelente dibujo y entretenimiento sin complejos.

Una vez más, una colección que podríamos encuadrar en lo que me gusta llamar “la pequeña Marvel” me deja con el culo torcido para bien. Esa sección de la editorial en la que héroes pequeños o marginales protagonizan grandes momentos lejos del gran río vengador/mutante, hogar del Ojo de Halcón de Fraction y Aja, el Estela Plateada de Slott y Allred o esos seis primeros números del Caballero Luna realizados por Warren Ellis y Declan Shalvey que me parecen de lo mejor que ha sacado Marvel en lo que llevamos de siglo. Gracias a ellos y a unos cuantos ejemplos más, no he perdido del todo la esperanza y me mantengo ligado a la editorial que en los años ’80 me enloqueció hasta el punto de conseguir que comprara cosas guionizadas por Scott Lobdell y dibujadas por Ron Wilson.

Y sobreviví para contarlo.

Y para que me cuenten.

Espero que el trío Spencer-Rosanas-Boyd mantengan el pulso en la inminente The Astonishing Ant-Man, porque yo, desde luego, tengo ganas de saber lo que pasa a continuación. La formación que hemos podido ver en la portada del primer número de la nueva colección, al menos, promete. Crucemos los dedos y…

¡Nos vemos en la Zona!

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2 Responses

  1. Siempre he tenido el pensamiento que la aproximación de Spencer a El Hombre Hormiga bebe mucho del Antz de Dreamworks, con aquel Woody Allen como hormiga maniacodepresiva desbordada por su insignificancia como parte de la multitud. En esas secuencias en las que vemos a Scott con su traje entre la gente corriente ni siquiera se le llega a sentir como un superhéroe, sino como si más bien su estrafalaria indumentaria fuera una prolongación de su propia persona

    p.s.: Algo que puede trasladarse también al resto de personajes, siempre vistiendo sus coloridos disfraces aunque sean actividades tan usuales como ir al bar o lavarse los dientes, lo cual me hace pensar que más que como muestra de su falta de medios sirve para añadir un punto de surrealismo a la tragicomedia de situación de Scott Lang. Y como nunca está mal decirlo, enhorabuena por el muy acertado análisis, Javier

    • Como siempre, gracias por leerme y por el comentario. Es un placer poder aportar, discrepar y, como en esta ocasión, coincidir. Estoy totalmente de acuerdo en ese punto surrealista que aporta ver a gente como Grizzly vestido siempre de faena y que refuerza el cariz patético y poco súperheroico del protagonista, que parece condenado a ser Hombre Hormiga hasta en la rutina porque no tiene nada más en su vida.

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