HELLBLAZER, etapa de Warren Ellis

 


Título original:

Hellblazer: Haunte & Setting Out TPB
Sello:
Vertigo Comics
Guionista: Warren Ellis
Artistas:
John Higgins, Frank Teran, Javier Pulido, Tim Bradstreet, et al.

Coloristas: James Sinclair y Grant Goleash
Contenido: Hellblazer #134-143 (Feb. – Dic. 1999)
Publicación USA:
Ene. 2003 – Sep. 2004
Publicación España:
Febrero 2016 (ECC)
Valoración:
Sórdida, oscura, sucia, vacía

 


En mi caótica y desestructurada lectura de la serie original de Hellblazer
, seis tomos después y aún sin haber leído los primeros números que iniciaron la andadura del mago de Liverpool en solitario, aquellos confeccionados por Jamie Delano a finales de los 80, me he plantado de lleno en la etapa que acompañó a nuestro protagonista durante el cambio de milenio en este…

HELLBLAZER
etapa de Warren Ellis

Es ampliamente conocido que este es el autor con la estancia más corta en la cabecera original, de apenas diez números. Casi tan conocido como el motivo por el que se apeó de la serie, pero de eso hablaremos más adelante. Empecemos por el principio, pues la serie arranca con un pequeño arco de venganza y desamores de juventud, y como siempre con un nuevo cargo en la ya de por sí sobrecargada conciencia de John Constantine. Un Constantine que ama y odia Londres a partes iguales, pero creedme, el sentimiento es mutuo. Como digo, durante estos primeros seis números tendremos al cabrón de Liverpool desentrañando quién está detrás del asesinato de una de sus antiguas novias, que tras su breve e intenso romance con el mago acabó recurriendo a la prostitución en uno de los peores barrios de Londres. Todo muy sórdido.

Y es que si algo caracteriza estos pocos números de Warren Ellis al frente de Hellblazer es precisamente eso, la sordidez. Pero no la sordidez contextualizada y entendida como la crudeza de un mundo podrido en el que el individuo no importa nada, atrapado por la miseria y la crueldad irremediable, siendo esto lo que lleva al bueno de John a actuar como el capullo egocéntrico y ególatra que es. No, aunque eso es fácilmente transpirable en otras muchas etapas, en este caso tenemos el gore por el gore, en una retahíla de casquería, referencias sexuales, abuso de drogas y escenas forzadamente desagradables sin ningún tipo de sentido, sin ninguna reflexión sobre ello. En algún momento alguien debería haberle comentado a Ellis que esa incomodidad forzada, esa necesidad de decir algo desagradable o que pueda ser ofensivo o tabú para cierto tipo de personas, no es lo que convierte a una obra en más “adulta” o más “oscura”, especialmente si, como en este caso, el contenido que hay tras ello está vacío.

¿Eso o es un cuchillo o es que te alegras de verme?

No es hasta que se olvida un poco de esto (aunque tampoco demasiado), exigido fundamentalmente por el espacio en el que desarrollar sus historias, y comienza a escribir pequeños números unitarios de John Constantine pululando de un lado a otro a modo de exorcista a domicilio, cuando la serie comienza a remontar. Lástima que dure tan poco. Porque sí, abramos la caja de Pandora y hablemos de porqué esta etapa duró escasos once números. Supongo que la mayoría de vosotros ya sabéis que fue el propio Ellis quien decidió no continuar su andadura en Hellblazer después de que Vertigo se negase a publicar un número centrado en una serie de tiroteos en colegios (por la situación que se estaba viviendo en EEUU en el momento de su publicación). Y la verdad es que, si el número que la editorial decidió no sacar (aunque años más tarde acabaría publicándolo), hubiese tratado el tema de los disparos en masa en colegios con algo más de sensibilidad o con una denuncia más clara, habría entendido mejor la pataleta que llevó al escritor británico a dejar la colección. Pero da la sensación de que, al igual que en el resto de la etapa del guionista inglés, las decisiones que toma las toma por el puro morbo y desagrado que puede provocar en los lectores, sin tratar siquiera de denunciar lo trágico y jodido de todo ello.

Durante el primer (y realmente único) arco argumental el dibujo corre a cargo de John Higgins, que a tono con el apartado narrativo, destaca por su mediocridad. No es un mal dibujo, a medio camino del estilo mainstream norteamericano, pero con una gran influencia del dibujo europeo. Y sin embargo no termina de generar el impacto suficiente en las escenas más desagradables y explícitas, ni de darnos a un John memorable en los pasajes que nos muestran al protagonista vagando sin rumbo por Londres.

Si es que es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.

Sin duda alguna, el mejor dibujo está en esos pequeños números autoconclusivos, donde el guionista de Essex cuenta con colaboradores de la talla de Marcelo Frusin, iniciando así la que sería una relación duradera entre Frusin y John Constantine; Tim Bradstreet, más conocido por sus portadas pero con un resultado inmejorable en el dibujo de interiores, el titánico Phill Jiménez o el único y extravagante Javier Pulido. Pero si alguno de estos artistas ha destacado por encima del resto, para mí ese ha sido Frank Teran. Con un estilo de dibujo sucio y abocetado que se crece en la oscuridad y en el caos de las páginas plagadas de demonios, cadáveres y runas satánicas. Un estilo que encaja tan bien con las historias de terror y ocultismo, que hace que casi me sienta insultado de no verle dibujar más números de Hellblazer.

Lamentablemente, y escudado en su propia decisión de abandonar la serie por preservar una falsa sensación de libertad editorial, Warren Ellis deja de escribir Hellblazer antes de que lo que pretendía hacer comenzase realmente a funcionar. Dejándonos con una etapa insulsa e intrascendente que apenas nos regalará un par de momentos interesantes a los más devotos del personaje.

¡Nos vemos en la Zona!

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