FRIED BARRY. La droga es mala

Título Original:
Fried Barry
Año: 2020
Director: Ryan Kruger
Guión: Ryan Kruger
Fotografía: Gareth Place
Reparto: Gary Green, Brett Williams, Joey Cramer, Sean Michael, Steve Wall, Hakeem Kae-Kazim, Tamer Burjaq, Jonathan Pienaar, Colin Moss, Brendan Murray, Deon Lotz, Tuks Tad Lungu, Ryan Kruger, Marty Kintu, Graham Clarke

Valoración: Solamente me pongo de vez en cuando

Sinopsis: Barry es un bastardo drogadicto que es abducido por extraterrestres después de una de sus habituales juergas. El propio Barry se convierte en un pasajero de sí mismo cuando un alienígena asume el control de su cuerpo y lo lleva a dar un paseo por Ciudad del Cabo

Cuando comencé con esto del Videoclub de lo Infame, la idea original era hablar de esa clase de películas que harían vomitar a una cabra, la clase de bazofia que ni el más acérrimo seguidor de la inmundicia visual puede defender. Unas veces por accidente, la mayor parte de las veces porque me encanta destrozar mis propias neuronas, mi pasión por lo grotesco me lleva por esos derroteros y, claro, surge la necesidad de compartir la experiencia porque si te guardas tantas cosas dentro acabas con un cartel de “El fin está cerca” delante de un supermercado vestido con harapos.

La auténtica salud.

Pero hay veces que el viaje lleva por senderos inesperados. Encuentras películas que se merecen, sin duda, el calificativo de infame, pero no desde el punto de vista de la indignación o el puro desprecio. En ocasiones, tropiezas con obras que están tan alejadas de los esperado, tan libres, tal salvajes y desquiciadas, que lo de infame, de repente, gana una extraña connotación positiva. Esa es la sensación que me invadió durante el visionado de Fried Barry.

Este título se ha paseado sorprendiendo a propios y extraños por los festivales punteros del género, entre otros Sitges y Terrormolins, A base de descaro, asco, crudeza y extraño humor, se ha ganado el corazón de una rendida legión de seguidores que han visto en esta marcianada (en todos los sentidos) un desahogo en el gris del 2020.

Vente a las fiestas de mi pueblo.

Ryan Kruger, director sudafricano encargado de esta locura que rompe las fronteras entre géneros, traduce a largometraje las mismas intenciones con las que desplegó toda su fantasiosa mala leche en la primera encarnación del personaje, en forma de corto. La premisa de ambas versiones es, básicamente, la misma historia.

Barry es un bastardo que estaría mejor muerto. Los que están a su alrededor vivirían mucho más tranquilos si este pedazo de escoria desapareciese de la faz de la tierra. Trata a su familia como si fuesen un trozo de mierda pegado a su zapato, y pasa los días entre trapicheos y chutes de heroína.

Como esto sea un análisis de sangre lo vais a flipar, aliens.

Lo que empieza como un retrato bastante chusco con toques de comedia negra callejera que poco tendría que envidiar a los mejores ejemplos de cine kinki patrio, cambia de rasante en unos minutos. Por arte de giros de guión y delirio visual, Barry es abducido por seres de otro planeta, y su cuerpo es suplantado por uno de estos visitantes, pobre ignorante de que ha escogido a la peor basura de Ciudad del Cabo como vehículo para mezclarse con la raza humana. Lo que era simple antropología estelar torna en un descenso desbocado, auténtica espiral de sexo, drogas y cosas raras.

No esperéis coherencia o hilos narrativos claros. Aunque tenemos algún punto vertebrador en este caos, lo importante para Kruger es la peripecia, el encontronazo del Barry artificial con el lado oscuro, enredado en los callejones olvidados y rincones hacia los que nadie quiere mirar, repletos de yonkis, prostitutas, personajes al límite que se tambalean en la frontera de la locura.

Ya te dije yo que iba a ser un viaje cojonudo.

A pesar de lo dramático del entorno, Kruger apuesta por el sentido del humor como pilar fundamental de su primera película, elemento que aumenta el desconcierto del espectador, que recibe toneladas de geniales contradicciones. El extraterrestre Barry rebota por un mundo desquiciado, en el que pasar de héroe a villano es muy sencillo.

Kruger, en su estilo visual, también aporta bastante confusión, premeditada y medida, directa al cerebro del público. El despliegue psicodélico de algunas escenas, exagerado por soluciones de montaje bastante enloquecidas, hace gala de auténtico universo propio, entre la mugre y el desvarío virtuoso. Los puntos de vista, las variaciones de ritmo, la obsesiva cámara que convierte a Barry, un ser bastante desagradable, en centro absoluto de la narración es un ataque frontal contra lo establecido. En ese sentido, pocas cosas vais a ver con tanta personalidad este año en vuestra pantalla. Salvando las muchas distancias entre directores, sentí cosas muy parecidas al visionado de Mandy, de Panos Cosmatos.

¡Subidoooooón!

Sin duda, gran parte de la eficacia de este viaje sin sentido recae en la elección de Gary Green como protagonista. Su físico resulta amenazador, pero la plasticidad de su rostro y la capacidad de jugar con sensaciones que van de el terror a la comedia absurda son todo un descubrimiento. La mayoría del tiempo permanece en silencio, y es nada más que con muecas y miradas como consigue que el clásico pez fuera del agua sea impactante e incluso novedoso.

Kruger ha conseguido mezclar en la misma película E.T. La invasión de los ultracuerpos, Trainspotting y Miedo y Asco en Las Vegas, armado de puro gamberrismo sin perder de vista las posibilidades visuales de este viaje de ácido en imágenes. Como os avisaba, olvidad la existencia de historia o argumento. Fried Barry se forma con retales de vida, extirpada de los barrios menos recomendables de una gran ciudad, en los que huele a meados y al andar crujen las jeringuillas bajo la suela del zapato. Esos en los que la vida no vale mucho, en los que se paga caro estar en el sitio equivocado, en los que es más fácil conseguir una dosis que algo de comer.

Viva el orden y la ley.

Fried Barry está destinada a que se la recuerde con esa etiqueta tan traicionera de “DE CULTO”, lo que significa que habrá gente que la ponga en un altar y otros tantos que la detesten. Por mi parte, me declaro fan de estos encuentros en la tercera fase con drogas. Si aceptas sus reglas, es toda una experiencia.

¡Nos vemos en la Zona!

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Santi Negro

Lector. Cinéfago. Sueño en viñetas

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