FLAVORS OF YOUTH. Costumbrismo chino

Título original:
Shikioriori (詩季織々)
Año: 2018
Director: Haoling Li
Guión: Yasukata Inagaki
Fotografía: Yuuta Hori
Reparto: Animación

Valoración: Auténticos dibujitos xinos /10

Sinopsis: Recuerdos evocados por un cuenco de fideos, el declive de una hermosa modelo y un agridulce primer amor. Tres muestras de historias urbanas en la China actual.

Los seres humanos tenemos mil y un defectos, y algunos escondidos bajo lo que pensamos que es la normalidad. No podemos evitar ser seres relativos, que conocen y aprenden su entorno relacionando los diferentes objetos e incógnitas, encontrando siempre algo común que nos sirve de raíz para todo. Y no solo en aspectos filosóficos, sino también en cosas tan tangibles como la economía, el peso o el volumen. Otro de los defectos que más problemas nos causa es el tiempo, y no por su relatividad, sino por no conocer ni poder saber el futuro. Tanto en aspectos relevantes y decisivos como en los cotidianos, esa incapacidad nos hace errar, equivocarnos al mirar las cosas. Pero si no pasara, ¿sobre qué iban a versar relatos costumbristas como Flavors of Youth?

Dicen que caminar hacia delante es bueno, pero no lo creo.

La película cuenta tres historias independientes de una manera muy peculiar. Todas ellas tienen algo en común, los recuerdos y las repercusiones de estos desde la infancia o la juventud de las protagonistas hasta su madurez. Toda época queda determinada por las anteriores, pero en ciertos casos personales parece que un mísero detalle no va a cambiar nada, cosa que después no deja de ser otra falsa percepción humana, y así quedará reflejado en las historias. Desgranando un poco la temática principal de cada una de las historias, la primera está centrada en un joven trabajador de Pekín. Recuerda mucho a las múltiples desventuras de El Gourmet Solitario, la obra de Taniguchi. A través de un plato de fideos típico de la zona rural de donde proviene, podremos saber sus cambios en la vida, sus proyectos fallidos o sus sueños. Algo parecido pasa en la última historia, donde un joven de Shangai descubrirá en una mudanza una cinta de casete que le traerá muchos recuerdos, y muchas incertidumbres también. Porque no hay que olvidar que los recuerdos son fragmentos de información parcial e idealizada a lo largo de los años, y siempre hay detalles que creíamos recordar y tan sólo habíamos modulado para nuestro beneficio. La segunda historia dista bastante de las otras, ya que utiliza los recuerdos como motor de la misma, pero se centra en algo mucho menos común, la empatía. Esa habilidad social que todo el mundo dice que tenemos innata, que todo el mundo dice practicar pero que pocas personas aplican a su día a día. Ay, qué difícil es aplicarse las cosas que se asimilan en la teoría, pero no en la práctica, ¿eh?

Al tratarse de un conjunto de relatos sobre la vida, estos carecen de cualquier detalle audiovisual especial, más allá de una banda sonora fina que encaja a la perfección con esos momentos de nostalgia o alguna otra emoción. Lo que sí que es reseñable es la calidad del dibujo y la animación, sobre todo de la iluminación. La importancia de este elemento en todas las escenas radica en su calidad, y en utilizarla para representar y caracterizar un escenario completo, ya sea de un entorno rural o del más sofisticado entorno urbano.

No podía faltar la lluvia.

Pese a ser un anime y estar producido en japonés en la versión original, su director es chino, y pese a que el mix de nacionalidades opuestamente enfrentadas históricamente pueda parecer raro, el resultado no puede ser más esclarecedor. A través de las historias y las desventuras de las protagonistas, la película realiza una radiografía casi completa de la sociedad china en las últimas décadas, pasando por todos los aspectos imaginables. La modernización capitalista de las ciudades con su gentrificación asociada, el éxodo rural de las generaciones más jóvenes o la férrea estructura familiar china serán temas inevitables en el largometraje y que reflejan a la perfección la situación del gigante asiático al final del pasado milenio.

Honestamente, las dos primeras historias no dejan de ser unos breves relatos un tanto manidos, que no aportan nada excelente. Pero la última historia, la más larga, además, es realmente una maravilla por la que merece la pena ver esta película. Porque detrás de cada giro, detrás de cada incerteza y detrás de cada despedida, hay un proceso que empezó mucho antes que el cambio cualitativo, y de hecho fue ese mismo proceso el que lo provocó.

¡Nos vemos en la Zona!

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