EL RELOJ DEL JUICIO FINAL, de Geoff Johns y Gary Frank

 


Título original:

Doomsday Clock TPB
Sello:
DC Comics
Guionista:
Geoff Johns
Artista: Gary Frank
Colorista: Brad Anderson
Contenido: Doomsday Clock #1-12 (Ene. 2018 – Feb. 2020)
Publicación USA: Octubre 2020
Publicación España: Enero 2021 (ECC)
Valoración: ¡Parad la cuenta atrás!

 


Queridos zhéroes, ha llegado el momento. TOCA HABLAR DE WATCHMEN. Esperad antes de lanzarme una tonelada de ladrillos a la cabeza, amigos. De acuerdo, a estas alturas ya se han escrito litros de tinta al respecto de la excelsa obra de Alan Moore y Dave Gibbons (incluido en esta casa), y estoy seguro de que mi sesuda opinión sobre las correrías de los Minutemen y compañía os interesa entre poco o nada. Pero es que no soy yo, pandilla, es el mundo el que no para de dar vueltas a los rompedores conceptos que sus dos creadores lanzaron al mundo viñeta y derivados. Precuelas, adaptaciones cinematográficas, series de televisión… parece que la última palabra sobre Watchmen no está, ni mucho menos, dicha, para enésimo enfado de nuestro mago barbudo favorito.

Algo faltaba en esta ecuación metaficcional, y era algo que sirviese como secuela. Sí, ya, la serie (LA MARAVILLOSA SERIE, si me permitís el entusiasmo) tiene mucho de ese espíritu, pero, en mi opinión, es más un valiente y subversivo apócrifo bastardo, realizado con tanto respeto como ingenio destructivo. Así que hoy toca hablar de…

EL RELOJ DEL JUICIO FINAL
de Geoff Johns y Gary Frank

Por supuesto, en DC, el sello que es la madre del cordero de la idea primigenia, no podían dejar pasar la oportunidad de volver al universo Watchmen, con la sana intención de llenar sus arcas de verdes dólares y, en parte, dar continuidad a aquel universo. Para ello, uno de esos equipos que por habitual no es menos espectacular, se ponían manos a la obra. Geoff Johns y Gary Frank, dos clásicos indiscutibles de la órbita DC, reimaginaban el ya lejano en el tiempo terremoto editorial que supuso Watchmen. En esta reescritura, homenaje, interpretación o como queráis llamarlo, además, jugaban con la sabrosa idea de enfrentar a estos extraños héroes con los pesos pesados de la editorial, unificando mitologías.

La premisa no podía ser más emocionante y amenazante al mismo tiempo y con la misma intensidad. He de reconocer, en este punto, que, en principio, el proyecto me parecía la enésima jugada de DC para sacar rédito comercial de una de sus leyendas, buena muestra de la falta de rumbo del sello desde hace tiempo. Aún así, con los nombres que manejaban el invento, algo más que la simple curiosidad encendía cierta llama de irredento lector. Deseaba ese encontronazo con El Reloj del Juicio Final, nombre final de la obra de Johns y Frank.

La Sociedad (casi) nunca falla.

Durante meses, la nada sutil maniobra de la editorial se hacía presente en la continuidad de sus colecciones, y eventos como La Chapa dejaban entrever el choque definitivo entre dos universos muy distintos, pero con no pocos puntos en común. Por supuesto, se nos prometía algo que hemos oído infinidad de veces en el mundo del pijameo: que nada volvería a ser lo mismo.

El Reloj del Juicio Final es, a pesar de todo, una obra notable. Valiente, desde cierta perspectiva, que funciona como homenaje y, al mismo tiempo, refutación de las tesis defendidas por Moore acerca de la naturaleza del superhéroe.

Johns conoce el universo DC al dedillo. Es algo más que un autor de cómics. Es un fan. En sus obras se nota el espíritu clásico, el superhéroe de brillante armadura y principios inamovibles, luminosa imagen del bien que triunfa sobre la adversidad y el gris plomizo del día a día. Por supuesto, esto choca como un tren de mercancías a toda velocidad contra el presupuesto de Moore, que presentaba héroes de pies de barro, mentes fracturadas y personalidades límite enmarcadas en un mundo oscuro, demasiado parecido al nuestro, donde las nociones de bien y mal eran bastante maleables y los absolutos se desvanecían en aras del crudo realismo.

La obra utiliza los mismos elementos que Watchmen para dar la vuelta a esas nociones. Ni qué decir tiene que está a años luz de la obra original, y aún así es muy interesante ver como Johns esgrime sus armas de manera más que contundente. Presenta mundos al borde del colapso, sumidos en el caos, las protestas sociales y un clima de pérdida total de perspectiva. De repente, el universo deceíta se parece demasiado al decadente escenario de Watchmen. La llegada de Ozzymandias a esta realidad complica las cosas, puesto que revela la presencia del Doctor Manhattan, moviendo los hilos de la realidad. Este descubrimiento altera todo lo que los propios héroes sabían sobre sí mismos y lo que les rodea, al afrontar que un ser que es poco menos que un dios ha tomado decisiones discutibles sobre el funcionamiento de su universo.

Johns retoma las reflexiones acerca de la naturaleza del héroe, de las nociones del tiempo y la perspectiva imposible del que supera la visión lineal de la historia, y deja claro que siempre hay luz al final de la noche más oscura.

Todos juntos y bien revueltos.

Para eso se ayuda del metatexto como hizo Moore en su momento, aunque con efectos menos rompedores y exóticos que los conseguidos por el excepcional escritor inglés. El problema es que al utilizar un reparto coral de tal envergadura, ciertos personajes que parecen esenciales para la trama se diluyen a mitad de camino, y el peso entre la acción y la reflexión en ocasiones es algo desequilibrado, produciendo cambios de ritmo un tanto agotadores a mitad de serie. No es algo terrible que estropeé la lectura, pero es imposible pasarlo por alto. Eso sí, los geniales paralelismos entre personajes y situaciones con la historia original hacen que el recuerdo del pasado sea un emocionante eco que recuerda lo enorme que fue el despliegue conceptual y narrativo expuesto por Johns y Gibbons.

El trabajo de Gary Frank es impecable. Quizá me puede la devoción de fan, pero es que creo que es uno de los mejores dibujantes en activo del medio. Se sitúa, al igual que Johns, en el encendido homenaje al obsesivo trabajo de Gibbons sin perder ni un ápice de personalidad, logrando un trabajo cómplice con el lector, en constante comunicación con los planteamientos originales, pero adaptando esa visión a las exigencias del siglo XXI. El trabajo con las expresiones faciales y el aspecto emocional es sobrecogedor. En especial, con Mimo y Marioneta consigue resultados en ese aspecto que son de antología. Lo mejor del viaje, sin duda.

Vuestros dos personajes nuevos favoritos. Creedme.

El Reloj del Juicio Final es una muy buena historia de superhéroes, con sabor clásico, que recupera y deconstruye esa clase de obras que son un antes y un después, de los de verdad. Por desgracia, esta serie de 12 números no lo es. Por diferentes cuestiones, la evolución de la serie ha sido uno de los episodios más extraños y desastrosos de la historia reciente de la editorial. Al final, se han tardado casi tres años en completar la aventura, y hay versiones para todos los gustos acerca de las circunstancias que condujeron a este resultado. El caso es que toda esa intención de perpetrar ese evento definitivo y definitorio para el futuro de la editorial quedó en agua de borrajas, y los efectos de la historia, a pesar del bombo y platillo, apenas se han notado en la continuidad. Es más, incluso parece que se ha decidido ignorar el conjunto y tiene aspecto de “Otros Mundos” por encima del evento que se nos prometió. Quizá ese sea el peor escollo que afronta la idea que hay detrás de la obra, su intrascendencia.

En mi opinión, con historias editoriales de por medio, la propuestas de Johns y Frank me ha gustado a grandes rasgos, me ha hecho disfrutar de una historia de superhéroes bien escrita y que se sale de la media, al mismo tiempo que respeta y homenajea una obra básica del noveno arte. Si tenemos en cuenta cómo está el patio, es todo un triunfo.

¡Nos vemos en la Zona!

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Santi Negro

Lector. Cinéfago. Sueño en viñetas

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