EL GUSTO DEL CLORO, de Bastien Vivès

 


Título original:
Le Goût du Chlore HC
Sello: Casterman
Guionista: Bastien Vivès
Artista: Bastien Vivès
Colorista: Bastien Vivès
Publicación Francia: Mayo 2008

Publicación España: Septiembre 2009 (Diábolo)
Valoración: Lo bueno, si breve, dos veces bueno /10 

 

 

Los ogros también tenemos corazón. Nos cuesta admitirlo, pero es así. Es algo irrefutable. Vamos de duros emulando a Carlos Boyero y odiándolo todo, pero es una verdad a medias. En el fondo, tras capas y capas de asco y resquemor, hay un músculo rojo lleno de amor y ternura que late con pasión en nuestro pecho. La cuestión es encontrar el camino. La tecla. El mecanismo. El proceso mediante el cual el autor habilidoso va quitando capa tras capa de resquemor y mugre hasta alcanzar el reducto de pureza donde yace el alma luminosa del amargado profesional. Pocos pueden hacerlo. Hay que ser un auténtico genio para lograrlo. No es una labor fácil, y casi nadie está dispuesto a hacerla. Por suerte, siempre hay algún alma caritativa que se sube con alegría las mangas de su camisa para hundir los brazos en la mierda infecta y pustulosa que flanquea nuestro torso y rompe el caparazón de troll baboso con el que nos camuflamos para darnos justo lo necesario. Es el caso de la obra y el autor del que os voy a hablar hoy. Es el caso de…

EL GUSTO DEL CLORO
de Bastien Vivès

Una piscina cubierta. Natación para mejorar un problema de espalda. Esa chica desconocida y preciosa que te cruzas cada día y con la que estableces una relación ficticia que consiste en esperar verla aparecer en la piscina para alegrarte el día. Nada más. Es todo lo que necesita Vivès para construir un cómic etéreo, místico, delicioso, con continuas secuencias de natación que sirven como intervalos entre sensaciones. Como la respiración del atleta que sumerge la cabeza en el agua y bracea para llegar al otro lado de la piscina. Apenas nada. Un suspiro. Un parpadeo. Un golpe de los pies en el agua. Asomar la cabeza y otear esperando encontrarla. Una delicada catedral de sentimientos girando como una turbina entre lo cotidiano, la realidad y la magia.

Decía Picasso que le llevó toda su vida aprender a dibujar como un niño. Desprenderse del ornamento. De lo accesorio. Del detalle barroco que ensucia y molesta y solo sirve para complacer el ego del propio artista. Interpretar a la perfección aquello del “menos es más” y lograr, con un trazo en apariencia descuidado, transmitir un alud de emociones. Dibujar sin dibujar. Moldear con los vacíos. Llevar la elipsis a su máxima expresión. Dejar que la mente del electo rellene todo los huecos, edificando así una obra personal, íntima, de la que eres capaz de sentirte partícipe. Comprender que dibujar bien no es saber dibujar. Que lo canónico no existe. Que lo que solo tiene estética está condenado a un frío vacio que no transmite nada.

La conversación cuando vas en bañador y estás en una piscina.

Vivès es un maestro del descuido, del trazo laxo, del dibujo hecho con aparente urgencia, como si le persiguieran los plazos de entrega. Titán de lo ínfimo, es increíble lo que su tinta es capaz de generar con mimbres de aspecto escuálido, con las herramientas a su disposición reducidas a la mínima expresión, maximizadas por su talento inmenso. Visto en perspectiva, El Gusto del Cloro es futilidad y casualidad, nuestra vida aburrida y cobarde expresada bajo el techo de una piscina climatizada envuelta en los efluvios del agua templada tratada con lejía. Pintado todo con el azul claro de lo cristalino, los nadadores cruzan sus vidas sin conocerse, rozándose en una miríada de posibilidades que al final se van trenzando en un desenlace en el que todo es posible. Se hablan sin hablar. Se quieren a distancia. Se esfuman en esa desolación del abandono platónico que es más doloroso si cabe por su propia realidad nunca llevada a cabo.

Al acabar este tebeo uno se siente confuso. Te han llevado de la mano página tras página con dulzura, casi sin darte cuenta. Te han colocado como espectador privilegiado ante un trocito de la vida de otro, y la realidad es tan verdadera que al cerrar las páginas sientes emoción, dolor, congoja. Podrías ser tú. Podría ser tu historia. Podría ser ese trozo de vida colocado en un escenario diferente. El instituto. El trabajo. El gimnasio. El bar de la esquina. Vivès es un genio de lo mínimo, de lo conciso, de lo fundamental. Maneja como muy pocos lo importante, a su antojo, descargando viñeta tras viñeta cargas de profundidad inadvertidas que construyen un palacio de lo habitual, una fortaleza que podemos reconocer como propia, como la ciudadela en la que encerramos los más preciado de nuestras propias vidas. Ese momento efímero. Ese pudo ser y no fue que nos persigue como una pesadilla en la comedia trágica que llamamos vida.

La entrada a la rutina cubierta.

Leed a Vivés. Es todo cuanto os puedo decir. Es de esos autores que cogen al troll y lo doman. De los que entienden que el sentimiento está alejado de lo sentimental. De los que crean belleza y ternura sin necesidad de pastel e insulina. De los que te tocan la patata sin estridencias, sonriendo, ajenos a esa moda cursi en la que la sobrecarga sensorial parece obligatoria a la hora de generar emociones. Nunca algo tan aparentemente tosco fue capaz de generar tanta belleza. Nunca un ogro odioso abonado a artículos llenos de bilis se sintió más que humano tras leer esta sensacional historieta. Leed a Vivès. En serio. Es el mejor favor que os podré hacer nunca. Ya me contaréis como os ha ido porque, ya sabéis…

¡Nos vemos en la Zona!

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