EL BUEN PADRE, de Nadia Hafid

 

 

Título original:
El Buen Padre TPB
Sello: Sapristi Editorial
Artista: Nadia Hafid
Publicación España: Marzo 2020
Valoración: Azul es el recuerdo de mi infancia

 

 

¡Puedo decir lo que quiera! ¡Puedo hacer lo que quiera! Estupenda síntesis del fanzine y de la sensación de libertad a todos los niveles que lleva asociada. Así, con ese grito a los cuatro vientos, Andrea Galaxina titulaba su ensayo sobre fanzines realizados por chicas que publicó en 2017 dentro de su sello Bombas Para Desayunar. Independientemente de la década en la que nos fijemos, los fanzines han establecido lazos entre creadores/as, seguidores/as y comunidades con una idea. Los/as diletantes responsables de contenidos en forma de ideas y arte creaban, rebatían, difundían y argumentaban sin un yugo comercial bajo el amparo de la libertad, transgresión, reivindicación y excepcional vehiculación que suponía el fanzine. De él se han valido movimientos sociales (incluido el feminista) y contraculturales para dar voz a las premisas que preconizaban, rompiendo el discurso del mainstream.

Y es que este medio ha sido un estupendo caldo de cultivo, laboratorio de experimentación o catalizador de argumentos para un buen número de autoras (no hay más que constatar el elevado número de interesantísimas propuestas que se presentan en festivales de auto y microedición como el Graf, el Tenderete o el recientemente desaparecido Kboom!) que, en algún momento de su carrera creativa, entre fanzines, historietas para obras colaborativas o recopilatorias, ilustraciones para medios de comunicación o cartelería varia, acaban dando el salto a la edición tradicional con obras de cierta envergadura. Tal es el caso de …

EL BUEN PADRE
de Nadia Hafid

La creación se ve en buena medida influenciada por una serie de factores que trascienden la mera formación y la personalidad. El ambiente que rodea, los lugares por donde se transita, los trabajos que se van desarrollando; todo contribuye en su justa medida a amoldar la creación a un particular corpus de trabajo y a acentuar los rasgos definitorios de la personalidad creativa.

El buen padre, de Nadia Hafid se ha gestado desde la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona y desde la Escuela Llotja, en cada una de las ilustraciones concebidas para artículos, secciones y portadas de medios de comunicación impresos como El País, The New Yorker, la revista Gràffica o The New York Times, y también en todas esas historias y colaboraciones para fanzines, autoediciones y microediciones, como Adiós Nostalgia y H, ambas en Lupa y sombrero, Proezas Fanzine, Más allá de mí o Llamas. El suyo ya forma parte de la larga lista de nombres que están escribiendo la herstory del fanzine patrio actual.

Pero también se ha gestado en su Terrassa. La interacción con el entorno y los seres de la infancia dejan indudablemente una huella que acaba trasminando en la arquitectura del costumbrismo de las viñetas concebidas.

Qué tendrá Terrassa, qué tendrá. Hace un par de semanas, en la rueda de prensa donde se daban a conocer los II Premios ACDCómic, una periodista destacaba el hecho de que ambos galardonados Pep Brocal (Premio Mejor Obra Nacional con Inframundo) y Aroha Travé (Mejor Autor/a emergente con Carne de Cañón) fueran oriundos de este municipio de Barcelona. Aunque hay que decir que en el posterior encuentro con los autores abierto al público la propia Aroha Travé indicaba que lo de Terrasa era meramente circunstancial sin despejar realmente de dónde es.

El buen padre discurre entre un presente y un pasado que se articulan en base a los recuerdos y al profundo poso que estos dejan en nosotros, aún de forma inconsciente. Se trata de un relato con tintes autobiográficos en el que asistimos a la desubicación y al desmoronamiento de la situación familiar y personal de un padre de familia marroquí con mujer e hijas, sin trabajo y con problemas con el alcohol, en la España de mediados de los años 90. Bien acomodados desde nuestra butaca de lectores, la visión de un narrador omnisciente nos condiciona las aparentemente asépticas escenas que presenciamos, centrando su mirada en detalles, situaciones y espacios que generan irremediablemente sensaciones en los atentos espectadores. No es para menos, porque apreciamos como las niñas, desde esa ignorancia que es la infancia, intuyen que algo sucede en el hogar, lo cual tendrá sin lugar a dudas repercusión en el futuro, con una percepción que les queda grabada.

La cadencia y la armonía son constantes y de la conjugación de las características de trazo y color se articula la narrativa.

El cómic presenta unas composiciones de página reticuladas al milímetro que en muy contadas ocasiones varían de la viñeta a página completa, el clásico tres por tres o las tres calles horizontales.

El mismo trazo que dibuja, que no varía de grosor o color (negro), es el que enmarca el espacio de cada viñeta. La línea geométrica con tendencia rectilínea o curvilínea, según el momento, se desliza con una aparente sencillez conformando la narración. Esta claro que esa línea continua y simple esconde un depuradísimo y complejo trabajo de diseño, síntesis y condensación donde se ha eliminado cualquier trazo o elemento accesorio. Nadia Hafid parece ser capaz de acometer cada página sin levantar el lápiz de la hoja, lo que otorga gran continuidad al relato, enlazando momentos y estableciendo estrechos vínculos. Sé que la comparación es muy burda, pero admirando esa continuidad (y contigüidad) de la línea me imaginaba recreando sus dibujos con aquellos Telesketch, donde comandábamos los desplazamientos de un punto sobre una suerte de pizarra mágica intentando crear a partir de unas ruletas que indicaban dirección y sentido.

La autora practica un delicado minimalismo cuyo resultado es la alta carga significativa de los elementos presentes. Incluso las muy esquemáticas representaciones figurativas no siempre poseen rasgos faciales. En muchos casos, ni siquiera necesario, pues esos rostros se conforman para el lector de acuerdo al significado que le imprime la propia composición de página, de viñeta y subjetividad emanada. Los recursos textuales son, igualmente, muy puntuales, limitándose a apuntalar el eje cronológico y a algunos bocadillos.

Otro de los elementos más interesantes es, sin duda, el color tanto en su aplicación como en el aspecto psicológico. No solo delimita la temporalidad del relato, sino que también dosifica y transmite sensaciones. Nadia Hafid suele trabajar con colores planos y una paleta cromática muy limitada. La gama de azules y naranjas (principalmente) en combinación con blancos y negros que la autora utiliza en este cómic, acostumbra a ser recurrente en sus trabajos.

Aún con toda la cautela y las aparentes diferencias, me arriesgo a decir que Nadia Hafid puede encuadrarse en la línea de autoras como Ana Galvañ o María Medem. Sendas producciones se identifican unívocamente: cada una de ellas ha creado un estilo propio e identificativo. No obstante, ese componente de vanguardia, experimentación en trazos y tratamiento del color que se desprende de sus trabajos, las une. Denominadores comunes que cada una de ellas cultiva en aras de la narrativa y expresividad.

El buen padre fascina por su color, su sencillez y profundidad. Nadia Hafid es bien conocida por su trabajo fanzinero y de ilustración, pero con este su debut entra pisando fuerte en el circuito tradicional editorial.

¡Nos vemos en la Zona!

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