EL ASESINO DENTRO DE MÍ, de Devin Faraci y Vic Malhorta



Título original: 
Jim Thompson’s The Killer Inside Me TPB
Sello: IDW Publishing
Guionista: Devin Faraci
Artista: Vic Malhorta
Colorista: Jason Millet
Contenido: Jim Thompson’s The Killer Inside Me #1-5 (Ago. – Dic. 2016)
Publicación USA: Abril 2017
Publicación España: Julio 2018 (Planeta)
Valoración: Por primera vez y sin que sirva de precedente… leed el libro, coño /10

 

Podemos hacer algo diferente, si os parece. Cometer un sacrilegio. Una herejía. Podemos escribir una reseña sobre un cómic en la que no vamos a hablar de ese cómic. Y explicar las razones mientras lo hacemos. Establecer un discurso en el que lo disparatado tenga sentido. Sé que no es lo normal, pero la vida te pone en situaciones excepcionales que requieren medidas desesperadas. Y, en este caso, cuando hablamos de una adaptación de una obra maestra del género negro, creo que es justo lo que deberíamos hacer. Pasar del cómic. Hablar de lo que nos descubre. Venerar a un autor venerable. Porque no todos los días uno descubre un clásico como…

EL ASESINO DENTRO DE MÍ
de Jim Thompson

… y sale indemne de la contienda.

Ahora me podréis decir: “Oye, tío, esto es un cómic y Jim Thompson es novelista. ¿Por qué no citas en negrita a los autores del tebeo como hacéis siempre en Zona Zhero?”

La verdad es que a pesar de ser un tebeo guionizado por Devin Faraci y dibujado por Vic Malhotra, ambos autores se convierten en algo totalmente insustancial. Poco importante. Tan diminuto como el tamaño de sus nombres en los créditos de las primeras páginas. Y eso es porque el tebeo funciona a modo de altavoz, de caja de resonancia, de tráiler de un algo mucho mayor. Lo lees con una intriga creciente, pero no hacia el cómic en sí, sino hacia el libro que adapta. Los personajes, la trama, todo lo que sucede en cada una de las viñetas invitan a ir a una biblioteca o a una librería y comprar la obra de Thompson y fagocitarla.

Tampoco es que estemos ante una mala historieta, es solo que el dibujo de Malhotra es excesivamente funcional y plano y el guión de Faraci no consigue traspasar esa capa de fascinación que subyace bajo la historia de un ayudante del sheriff psicopático, un asesino en serie de manual, en toda regla. Incapaz de generar las dosis de carisma que uno puede intuir en la novela original, el texto parece una versión reducida del original, algo comprensible con el cambio de lenguaje, pero que se hace demasiado evidente al convertirse casi en una adaptación para jóvenes, lo que los hijos de la pérfida Albión llaman una ‘abridged version’: algo más digerible, menos complejo y mucho más superficial. A todo esto no contribuye un dibujo común, correcto pero vacío de cualquier tipo de fuerza, sentimiento o potencia. Algo ramplón en ocasiones, muy alejado de las altas dosis de sexo sucio, mal rollo y violencia descarnada que necesita la historia. Por otra parte, el color cumple con tanto rigor con lo que se espera de él, que consigue que nada destaque especialmente. Es una balsa aceitosa y calmada cuando lo que esperas en un jodido huracán.

“Send nudes” versión 1950s.

Después de leer todo esto lo normal es pensar que no me ha gustado nada de nada este El asesino que hay en mí, y la verdad es que eso no se ajusta a la realidad de los hechos. Una de las cosas que más claras me han quedado a lo largo de estos años de reseñas, lecturas a contrarreloj y aprendizaje por cojones, es que el campo de lo desconocido que se abre cada día ante no deja de crecer por mucho que trates aprender. Cuanto más sabes, menos conoces. No importa el esfuerzo que dediques, siempre habrá muchos más conceptos en tu lista de no leídos que en tu libreta de devorados. No se puede estar al día. No se puede saber todo. Es una sensación desesperante, y es inevitable sentirse como la proverbial liebre que, por mucho que corra, nunca es capaz de alcanzar a la tortuga. Es una lucha en la que el límite tiende a infinito, y no existe tiempo humano disponible para disfrutar de todo lo bueno que nos está esperando en conciertos, estanterías, salas de cine, consolas y museos.

Por eso mismo, la labor de descubrimiento que ejercen cómics como este lo convierten en algo de valor muy superior al que uno podría inferir directamente de sus letras o de su arte. Servir como canal para esa maravillosa sensación de descubrimiento, de tesoro encontrado que a uno le nace en el estómago cuando se da cuenta de que ha descubierto a un genio, vale su peso en oro. Más allá de lo bueno o lo malo, del propio bien o mal, cuando algo soluciona una de tus múltiples lagunas lectoras y alivia un poco tu ignorancia, pasa a calificar en una categoría en la que el cariño se impone al criterio.

“Diga treinta y tres…”

El asesino que hay en mí no es un tebeo. Es más bien una puerta hacia un autor trascendental, básico, un titán que esculpió la serie negra moderna en revistas baratas, guiones de clásicos del cine y series de televisión. Jim Thompson fue uno de estos seres mitológicos que, tecleando imparable en su máquina de escribir, labraron historias que hoy son mitos modernos de un género apasionante. Como catálogo funciona a la perfección, poniéndote en antecedentes y generándote una nueva necesidad lectora. Como cómic valorado de forma independiente al material en que se inspira… bueno.. eso ya es otra historia…

¡Nos vemos en la Zona!

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