DR. URIEL, de Sento

 

 

 

Título original: Dr. Uriel. Integral
Sello: Astiberri
Artista completoSento Llobell “Sento”
Contenido: Un médico novato (2013), Atrapado en Belchite (2015), Vencedor y Vencido (2016)

Publicación España: Febrero 2017
Valoración: Siempre tuyo/10

 

 

Querida Cecilia,

Te escribo estas palabras sin saber si nunca las vas a poder leer pero en lo más profundo de mi corazón quiero creer que el destino te las hará llegar porque todo lo que he vivido este tiempo no puede permanecer en el olvido.

Ahora que la guerra ha acabado y, por fin, he podido volver a casa para reunirme con mi familia, ha llegado el momento de echar la vista atrás. Parece que fue en otra vida pero apenas han pasado dos años desde que nos despedimos antes de partir yo a Rincón de Soto. Como recordarás fue mi primer destino como médico y no puedo evitar sonreír mientras me vienen a la memoria esos días de paz, armonía y bienestar en un destino apacible y el recuerdo de dormirme a la fresca con tu retrato entre mis manos. 

Como suele decirse esa fue la calma que precedió a la tormenta pues pocos días después estalló el conflicto y fui testigo de primera mano de los primeros brotes de violencia que sacudieron la apacible vida del pueblo. Fue durante esos días cuando me notificaron mi llamada a filas para el 3 de agosto y lo que parecía a priori una buena noticia, pues me permita volver a Zaragoza con mi familia, solo fue un breve alivio ya que enseguida me llevaron preso a Prisiones Militares. No quiero mentirte, pese a conocer a gente maravillosa cuyo recuerdo me acompañará hasta mi último día, fueron unos meses aciagos donde la incertidumbre de no saber lo que estaba pasando nos fue minando la moral poco a poco, máxime cuando fuimos conscientes de que cada día a las 6 de la tarde una celda se abría y un preso se iba para no volver. 

Una lágrima me baja por la mejilla al recordar la despedida del Sargento Sangrós, o Ricardo como quería que le llamáramos, quien nos deleitaba cada noche tocando la guitarra y cantando un fandango, a menudo de su invención, mientras fumaba su pipa. Su último recuerdo fue para su madre a quien no pude dejar de visitar cuando salí de ahí después de 50 días de cautiverio.

Mi siguiente destino fue en Jaulín donde me presenté como voluntario para evitar otro arresto que quizás hubiera sido definitivo para mi persona y no podía soportar la idea de que mi familia sufriera otro revés después de que mi hermano Antonio muriera fusilado. Sí, Cecilia, Antonio ha muerto, como tantos otros, sin motivo alguno.

A las órdenes del Capitán Pellicer, un buen hombre que siempre se preocupó de que todos los que estábamos bajo su mando pudiéramos estar lo más seguros posible, dadas las circunstancias. Quizás fue en este tiempo cuando viví la única experiencia de la que guardo un buen recuerdo y que me devolvió la esperanza en la raza humana. Corría la Nochebuena de 1936 y los hombres que hacían guardia en las trincheras empezaron a cantar villancicos. El milagro de la Navidad se abrió paso entre las miserias de la guerra y los hombres del otro bando siguieron con la tonadilla donde los otros lo habían dejado para acabar cantando todos juntos. Una cosa llevó a la otra y todos acabamos compartiendo comida, bebida y tabaco, en una tregua improvisada que demostró que, con buena voluntad por parte de todos, no existiría la guerra.

De Jaulín pasé a Belchite donde sufrimos el asalto de los republicanos durante más días de los que puedo recordar, un asalto que nos llevó al límite de la resistencia humana a los que conseguimos sobrevivir.

Perdóname, Cecilia, si soy demasiado crudo con estos detalles pero fueron días donde no había lugar para la esperanza. Los muertos se apilaban en las calles, los enfermos y los mutilados apenas podían descansar en el suelo de la Iglesia Parroquial de San Martin, donde vivimos recluidos una semana sin poder salir por miedo a que una bomba nos cayera encima. Malvivíamos infectados de moscas por todos lados, viendo como no podíamos hacer nada para salvar a esos hombres que no entendían por qué debían morir en esas circunstancias. Reconozco que por momentos lo vi todo perdido y mi corazón se ennegreció abrumado por la presencia de la muerte y la desesperación en aquella iglesia que acabó por derrumbarse sobre nosotros después de un último bombardeo.

Permíteme una punzada de orgullo para explicarte como incluso en los peores momentos de mi vida, antepuse mi profesión a todo lo demás para hacer lo posible por seguir salvando vidas pese a no contar con apenas instrumental ni medios de ningún tipo. En aquellos angustiosos momentos en los que con un vulgar serrucho empecé a amputarle el brazo a aquel hombre no podía dejar de pensar en que era mi deber, más allá del infierno que estábamos viviendo, darle la oportunidad a ese hombre de vivir un día más.

Finalmente las tropas republicanas tomaron el pueblo y de nuevo me vi preso, esta vez por formar parte del bando nacionalista, una prueba más del sinsentido que supuso esta guerra para nuestro país y nuestro pueblo. En el monasterio del Puig pude vivir algo más cómodamente pues tuve la suerte de coincidir con el Comandante Vega, un buen hombre que veló porque todos tuviéramos unas condiciones dignas y no le tembló el pulso para tomar algunas decisiones que lo llevaron a enfrentarse con sus propios hombres. Nuestra estancia en Puig no fue un encierro completo pues pudimos disfrutar de numerosas salidas, algunas con todo el grupo de presos a la playa y otras a nivel individual en las que tuve el privilegio de compartir jornadas culturales con apasionados de la literatura y la poesía, llegando a visitar la casa de Jacinto Benavente. Fue en una de estas visitas a la ciudad donde pude conocer de primera mano las noticias que nos llegaban sobre el avance de las tropas nacionalistas que anunciaban el fin de la guerra.

Después de haber sobrevivido a esta guerra cruel y pecaminosa y de haber tenido la enorme suerte de poder volver a reunirme con mi familia y conocer a mi sobrina Marinita, sé que no debería pedirle nada más a la vida, máxime cuando he  visto con mis propios ojos como morían tantos inocentes sin saber por qué,  pero siento que no habré sobrevivido del todo si no te vuelvo a ver, querida Cecilia.

Siempre tuyo,

Pablo Uriel.

¡Nos vemos en la Zona!

CarlosPlaybook

Como lector de cómics he pasado por todas las etapas de la vida de un lector/coleccionista. A saber, inicio en la infancia por regalo de lote de cómics de un amigo de mi padre, abandono en la adolescencia por invertir el dinero en otras cosas menos saludables pero igual de divertidas, y recuperación en la madurez por nostalgia. Y sí, me encanta HIMYM.

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