Caso Cerrado #9: MIRACLEMAN, de Alan Moore y VV.AA.


Título original:
Miracleman, Vols. 1-3 HC

Sello: Marvel Comics
Guionista: Alan Moore (aka. El Guionista Original)
Artistas: Gary Leach, Alan Davis, Chuck Austen,
Rick Veitch, John Totleben
Contenido: Miracleman #1-16 (Ago. 1985 – Dic. 1989)

Public. USA: Mar. 2014 – May. 2015
Public. España:
#1: “El sueño de volar” (Panini)
#2: “El síndrome del Rey Rojo” (Panini)
#3: “Olimpo” (#11-16) (Panini)

Valoración: 10/10


Supongo que en la vida de todo autor de reseñas, llega el momento en el que se debe afrontar el estudio y comentario de una de las obras totémicas de ese titán del cómic que es Alan Moore. Es como una especie de viaje a la Meca del crítico profesional (o amateur) en el que, al escribirla, demuestra lo vasto de su conocimiento y deslumbra al personal con una lluvia de datos, referencias sesudas y anécdotas históricas que convierten a su texto en una pequeña joya de la investigación literaria. O en un mojón infumable que nadie es capaz de leer hasta el final, que todo puede ser. Supongo, también, que ese momento ha llegado para mí y dado que en la actualidad Panini está editando los números de la Marvel que, a su vez, recuperan los míticos cómics editados en los 80 por Eclipse, ha llegado el momento de zambullirse con estilo en el increíble mundo del …

MIRACLEMAN
de Alan Moore y VV.AA.

PRIMERA PARTE:
El sueño de volar

En 1953, la Editorial Fawcett se rinde. Lleva años litigando contra DC Comics, compañía mucho más grande que ella y que alega que el Capitán Marvel es una burda copia del ultrafamoso Superman. Cansados de acusaciones, juicios, minutas exorbitantes de abogados y conscientes de que los de DC nunca van a parar y son más grandes que ellos, deciden cerrar todas las colecciones relacionadas con la Familia Marvel en un proceso que acabara en la disolución y absorción de la compañía por la propia DC y la migración de todas las cabeceras y personajes que acabarán formando parte del universo deceíta.

En ese mismo momento, a un señor llamado Len Miller se le plantea un problema de pelotas. El amigo Miller era el encargado de reeditar el material de la Fawcett en la pérfida Albión, y las colecciones de la familia que grita Shazam! eran un superventas al que iba a tener que renunciar. Eso iba a suponer con toda seguridad el cese de su (en aquel entonces) lucrativo negocio y era algo que no podía permitir. Demostrando una vez más la inimitable y clásica flema británica y haciendo gala de los férreos e intachables principios morales anglosajones, el bueno de Len le encarga a un autor local, Mick Anglo, que plagie sin complejos el concepto del Capitán Marvel para crear una nueva serie con la que proporcionar a los ávidos lectores ingleses su ración de superhéroes semanal en blanco y negro. Así nace Marvelman, un superhéroe que copiaba de forma descarada a su homónimo americano en todos y cada uno de sus tics. Alguno podría llamarlo justicia poética y no andaría muy desencaminado.

Marvelman, de Mick Anglo.

Mike Moran es un joven que se transforma al pronunciar una palabra mágica, le acompañan dos jóvenes que hacen lo propio al gritar el nombre del héroe matriz, cargándose de poder supremo y vistiendo chándales de intensos colores primarios; hay también un infausto doctor que actúa como archienemigo y gente muy mala con antifaz a la que hay que moler a palos. Anglo dotó a su personaje de un tono algo más científico y menos místico (la palabra de transformación pasó a ser KIMOTA, un anagrama invertido de ATOMIK y los poderes del héroe le son concedidos al álter ego del héroe por un astrofísico y no por un mago) pero sin dejar ese aroma inocente de serial fantástico radiofónico. La colección se convirtió en un éxito en las Islas, propulsada quizás por la desbordante e inocente imaginación de guionista y dibujante inglés. Sin embargo, y como siempre sucede, en 1960 Anglo deja la colección tras serias disensiones con Miller, y las series de Marvelman y familia sobreviven a duras penas hasta el 63, año en el son canceladas, incapaces de competir con los cómics americanos de importación que desembarcan con sus“deslumbrantes e incomparables”colores.

Casi 20 años después, la revista antológica de cómic en blanco y negro Warrior, lanza una nueva colección de Marvelman guionizada por un chico llamado Alan Moore y dibujada por Garry Leach primero y por un seminal y joven Alan Davis después, en otras de las colaboraciones entre Alans que daría varias obras maestras al medio (el Capitán Britania de Moore y Davis es uno de los mejores cómics superheroicos jamás escritos). Aunque la Editorial Marvel Comics muestra su irritación legal por el uso del nombre de la compañía en un personaje ajeno, la serie sigue editándose hasta el número 21, momento en el que es cancelada por razones legales y financieras. Es entonces cuando Eclipse salta a la palestra y comienza a reeditar el material de Warrior a todo color, cambiando el nombre del personaje por el de Miracleman para evitar mayores problemas judiciales. El material de la Warrior fue editado en los números 1 al 6 de Eclipse, y a partir de ese momento, la colección siguió su errática andadura (con lapsos de meses entre número y número, problemas económicos y desastres naturales incluidos) con un Moore que ya estaba partiendo la pana como guionista revolucionario en los Estados Unidos. Como dato curioso cabe destacar que los primeros números con material inédito de Eclipse están dibujados por un tal Chuck Austen, penoso guionista de infausto recuerdo para las series superventas mutantes. Austen debió de quedar muy traumatizado al ilustrar los milimétricos guiones de Moore y nos regaló alguno de los números más lamentables, denigrantes y penosos de la historia del cómic americano. Hay que decir que como dibujante era igualmente infame y sus números son sin duda los más flojos de toda la serie.

Miracleman tiene de todo.

Moore cierra su singladura en la colección en el número 16 de Eclipse, dejando una etapa para el recuerdo en la que dicta el patrón de lo que serán los superhéroes posteriores a esta obra, una especie de hoja de ruta que todo el mundo, de una manera u otra, ha seguido después de él. O eso creo yo.

Dejemos la paliza histórica y pasemos al sesudo análisis semiótico. Más o menos.

SEGUNDA PARTE:
El Síndrome del Rey Rojo

Un plagio de un plagio. Y con esos mimbres creas una obra genial que sirve como modelo a toda una generación de creadores. Ahora decidme que Alan Moore no tiene los huevos como cubos de Rubik forrados en titanio.

En Miracleman, al principio, se duda de todo. Los primeros pasos del guionista en la serie sirven para cuestionar y redefinir el origen del personaje, intentando despojarle de todo lo absurdo sin quitarle el ajustado pijama azul cielo. Hay una voluntad de tomarse en serio el asunto y aproximarlo a la ciencia ficción, una especie de reconversión hacia lo lógico, con la esperanza de que todo huela a argumentos que poder sacar en una conversación con gente que no lee tebeos y que no te miren con los ojos llenos del terror del que come al lado de un psicópata. Moore trata de racionalizar al héroe convirtiéndolo en algo que podría ser posible a nivel científico o, al menos, podría serlo si una nave alienígena pilotada por unos seres de inteligencia muy superior, capaces de intercambiar su mente con diferentes cuerpos que viven en una especie de infraespacio, se estrellara en nuestro planeta. Lo que Moore plantea es una evolución del concepto de superhéroe, equiparándolo con lo postulado por Nietzsche, en el que el hombre, una vez alcanzado su potencial, no sólo no necesita a Dios y por tanto lo asesina, sino que se convierte en el nuevo Dios omnipotente, en el superhombre y, ante todos lo seres inferiores que lo contemplan con pavor, en el abismo. Nuestro protagonista evoluciona y pasa de ser un macho común y patético de deficiente afeitado, un mediocre en plena crisis de los 40, a convertirse en un dios de pleno derecho que conduce a toda la humanidad a su próximo estadio evolutivo. En el otro extremo tenemos a Kid Miracleman, el trasunto de Black Adam, el antihéroe que enloquece; el antiguo compañero de aventuras que ante la soledad y cegado de poder toma el camino diametralmente opuesto al de la redención y se convierte en la máquina de destrucción definitiva. Dos caras de la misma moneda.

Bang!

En ese proceso de racionalización de la idea de Superman, Moore crea a un hombre supremo al que no le importa matar, quizá porque está tan alejado de la humanidad que se siente como un elefante pisando un hormiguero. Es un efebo brillante y perfecto, un titán de 2,15 metros de altura que se pasea entre los malvados administrando justicia y sentencia al mismo tiempo. A pesar de que el superhombre trata al principio de aferrarse a esa humanidad de la que viene y que se le escapa entre los dedos, al final, ese ser humano mortal y triste, es condenado al exilio eterno y Dios ocupa su lugar de forma perpetua para observar la creación desde el Olimpo. Nadie con poderes supremos puede vivir entre humanos. El concepto de Clark Kent (o Mike Moran, que aquí también es periodista) se demuestra estúpido, imposible e insostenible. Para alcanzar la iluminación, uno debe despojarse de todo el lastre de su vida anterior: familia, trabajo y humanidad.

Mucho se podría hablar de las implicaciones filosóficas de este cómic, pero, sin duda, son dos aportaciones al medio lo que lo convierten en el clásico indispensable que es hoy. Por una parte la estructura misma del cómic y la obsesión casi enfermiza de Moore por planificar cada uno de los detalles de su tebeo. En Miracleman no hay nada al azar, todo está estudiado y pensado para servir de una manera específica a la historia, todo obedece a parámetros definidos que sirven para representar estados de ánimo o ideas metafísicas. Puede parecer una absoluta ida de olla, pero cada viñeta refleja lo que debe porque es así como mejor funciona. La estructura encaja porque con el esquema de la página se sugiere una composición narrativa que se integra en la propia historia. No hay hueco para la improvisación, para la frescura, para la idea feliz. Todo es como tiene que ser porque así ha sido diseñado. Todo obedece a una razón y eso da pie a años, décadas y siglos de análisis. Un juego dentro de un juego. Un divertimento. Una burla secreta que el guionista planifica para volvernos a todos locos.

Armario de cuerpos.

La segunda de las aportaciones fundamentales de este cómic es la sublimación del concepto del metalenguaje y, por tanto, del metacómic. Sin necesidad de romper la cuarta pared, Moore hace un despliegue brutal de talento sumergiéndonos en una historia en la que las aventuras de superhéroes que todos hemos leído sirven para llenar el subconsciente de esos propios hombres supremos de ideas que les vuelven dóciles y controlables. Son dioses que sueñan el mundo y hacen que Descartes se cague de miedo. No se reniega de todo lo que se escribió con anterioridad, sino que se integra a modo de programa de ordenador onírico que se proyecta en la mente de los protagonistas y forma parte de la narración. Incluso hay una referencia genial al origen y plagio del que Miracleman proviene que ya de por sí merece la compra del tebeo. Cómics dentro de cómics dentro de cómics. Una lectura que se despliega nivel tras nivel demoliendo ideas preconcebidas y usa pautas del psicoanálisis para ir desarrollando la trama. Los sueños en los que se vuela y la frustración sexual; el potencial erótico pleno que sólo se alcanza cuando se dejan atrás las inhibiciones y uno se convierte en el superhombre; Superman, pues, como metáfora de la fertilidad y la potencia; la muerte del padre como paso fundamental para alcanzar el nivel superior de desarrollo; el hijo que a su vez se convierte en progenitor y es superado y humillado por su descendencia…

Son tantas las ideas que se pueden encontrar desarrolladas en Miracleman que este artículo podría dar para tesis doctoral. Y la verdad es que ni yo soy doctor ni me veo con fuerzas de escribir una tesis. Reseñar este cómic es como tratar de beber agua en la compuerta abierta de un embalse: mueres ahogado y con sed. Quieres llegar a todas partes y acabas por no ver ni la meta.

Polvo cósmico.

Baste decir que Miracleman acepta revisiones y lecturas y, como ya hemos dicho antes, funciona a múltiples niveles. Es un cómic de superhéroes y de ciencia ficción, de filosofía y de psicología. Es un cómic que busca la abstracción de la poesía (quizá la parte menos lograda y más confusa de la historia) y que reflexiona sobre el futuro y potencial del hombre. Es una historia de padres e hijos. De dioses y hombres. De parejas, de amor, de desamor. De lo fácil que sería para alguien que es solo poder destruir todo lo que conocemos. De lo absurdo que es suponer que alguien todopoderoso acepte de motu propio caminar como un humano. Ah, sí. Y sale un Miracleperro. Y a todo el mundo le vuelven loco los chuchos con capa, por mucha pinta de alienígena que tengan.

He llegado al final de lo que sería la parte de ensayo sobre la labor de Moore como narrador, filósofo y autor sin nombrar lo que sucede en el número 15 de esta colección o de lo que ese ejemplar en concreto supuso para mi vida como aficionado al cómic al leerlo. Sería difícil explicar la fascinación que sentí al contemplar un despliegue de violencia tan gratuito e irreal o la de veces que miré la doble página en la que una mujer sin ojos ni brazos deambula por las calles de una Londres arrasada. La lluvia de extremidades cercenadas, las cabezas cortadas y empaladas, las pieles humanas desolladas tendidas al sol como ropa recién centrifugada… Diré que es algo sólo comparable a lo que siento cuando voy al Museo del Prado y me quedo ensimismado durante horas mirando el cuadro “El Triunfo de la Muerte” de Brueghel, el viejo. Es por esto que no podía dejar de rendir homenaje a la obra de John Totleben y a la terrorífica precisión en el detalle que consiguió en alguna de las monstruosas ilustraciones de este número; un talento que después seguiría presente en su etapa de esa otra obra maestra del terror, el ecologismo y la paja mental que es La Cosa del Pantano. Canela fina.

La página doble del #15.

TERCERA PARTE:
Olimpo

Suele pasar que los mitos y las leyendas están plagados de obstáculos, trabas, dificultadas, zancadillas y problemas. También hay bastantes cabrones pululando y un par o tres de puercos avariciosos. Hay intriga, emoción y drama. Y dinero. Sobre todo hay mucho dinero de por medio. Por supuesto, la obra de Moore no iba a ser menos.

Miracleman pronto se convirtió en un clásico de referencia en el mundillo, factor al que ayudó la caída de la editorial Eclipse y la pugna durante décadas por los derechos de los personajes que evitaron las reediciones que todo el mundo pedía y que convirtieron algunos de los números de la serie (el 15 sobre todo, como no podía ser de otra manera) en auténticas piezas de coleccionista. Era algo así como el Santo Grial de los cómics. No solo por su calidad, sino por la dificultad inherente que existía a la hora de hacerse con la colección completa. Todos sabíamos que existía, pero nunca lográbamos tenerla entre las manos. Por si esto fuera poco, antes de su caída, Eclipse adoptó una revolucionaria política de derechos, cediendo parte de los mismos a los propios autores. Después de eso, estalló como una piñata. Algunos, cegados por políticas fascistoides y alejados del ideario progresista, vieron en esta quiebra una clara relación causa efecto. Eso de ceder lo derechos a los creadores sonaba a comunismo underground, algo que McCarthy habría desaprobado con seguridad. Los personajes eran de las editoriales que los editaban y, si no te gustaba eso, ya podías irte jodiendo. Estaba claro que el colapso de Eclipse tenía todo que ver con la libertad y esa tímida lucha contra lo establecido. Quizá que entre número y número de Miracleman pudieran pasar meses en una frecuencia indeterminada también ayudara a ello, pero solo son conjeturas. Es curioso que muchos años después y viendo la cadencia actual de algunos eventos secretwaristas, lo de la puntualidad en la edición se esté convirtiendo en algo muy sobrevalorado en el mundillo.

Miracleman soñando el mundo.

Durante años los derechos de la obra vagaron por un limbo legal en cuya pelea estuvieron involucrados Neil Gaiman (guionista que continuó el trabajo de Moore y cuya etapa quedo inacaba al cancelarse la serie), el ínclito Todd McFarlane, cuyo desproporcionado gusto por el dinero le llevó a crear un personaje llamado “Man of Miracles” muy similar en origen a cierto Hombre Milagroso y que acabó apareciendo, ya modificado, en Spawn en un intento infructuoso por retener los derechos de la serie de los huevos de oro, y la propia Marvel. Esta última, en una especie de déjà vu de la situación Fawcett/DC, fue la que se llevó el gato al agua y se quedó con el personaje, pudiendo así reeditar (y volver a colorear) el material de Eclipse, primero en grapa y luego en los tomos recopilatorios que actualmente se están editando en España. Moore, famoso por estar en contra de todo lo que sea revisar, reinterpretar o recuperar su obra y más si esta revisión corre a cargo de una de las dos grandes editoriales americanas, se negó a participar en dicha reedición y aparece en los créditos (y no sin cierta sorna) como “El Guionista Original”.

De los tomos y la nueva edición, la proporción entre material original/contenido extra, el precio al que han salido a la venta y la relación directa de este con los aficionados ansiosos que pagarían lo que fuera por tener la obra de Moore en la estantería porque son somos unos lelos que no sabemos decir “ya basta”, podemos hablar en otra reseña.

¿Qué es entonces Miracleman? Una serie que surge por culpa de DC y acaba en manos de Marvel 60 años después. Un personaje que es un plagio de un plagio. Un tratado minucioso sobre la muerte del hombre y su eclosión como dios supremo. Una guía práctica para el parto. El anhelo de alguien con enormes frustraciones sexuales. Un cuento perfecto sobre Superman. La pérdida de la inocencia. Un muestra pura de talento. Miracleman es todo eso y mucho más. No es perfecto, pero lo parece. No es el mejor cómic de la historia, pero podría serlo. Es lo que el lector necesita cuando sabe lo que necesita y, cuando se acerca a él sin conocerlo, se convierte en aquello que sueñas cuando vuelas.

¡Nos vemos en la Zona!

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10 Respuestas

  1. Reseñar un cómic de Alan Moore, y no uno cualquiera, sino uno de sus clásicos imperecederos, es una tarea tan difícil como poco agradecida. Difícil porque analizar un guión de Moore, con todos sus niveles y coherencia interna, no es algo que esté al alcance de cualquiera (sin caer en el ridículo); y poco agradecida porque a estas alturas a ver qué eres capaz de aportar que no se haya dicho ya antes.

    Por todo ello, enhorabuena por esta magnífica reseña, Javier. No sólo le hace justicia al cómic (nunca lo suficientemente ensalzado), sino que además consigues dejar a tu lector con ganas de leerlo (en mi caso, releerlo) cuanto antes mejor. Quien no sienta ese impulso al concluir tu reseña… es que no tiene corazón :)

    Respecto a la edición de Panini, bueno, yo fui uno de los afortunados que pudo hacerse con todos los números editados por Fórum antes de que se convirtieran en carnaza para especuladores, así que no tuve (ni he tenido ahora) que pagar una millonada indecente por ellos. Mi dilema se planteará cuando empiece a publicarse la etapa de Gaiman, pero en fin, ése será un problema para otro día.

    • La ingrata tarea (a veces; otras además de ingrata es simplemente infernal) de reseñar grandes cómics como este, se lleva mucho mejor con comentarios como el tuyo, te lo aseguro.

      Muchas gracias por leernos y, sobre todo, muchas gracias por perder unos minutos de tu tiempo y comentar.

    • Iron dice:

      El problema con la edición Forum es que, pese a ser bastante completa (incluía aquella historia de Warrior 4) le faltan cosas. Y no estoy hablando solo del nuevo coloreado (que está muy bien, por cierto), así a bote pronto le falta la historia corta de Miracleman Family (por Moore y Davis reeditada en USA en el Miracelman 3D) y 2 historias cortas de los Warspmiths (publicadas originalmente en Warrior y despues en USA como complemento y en un A1).

      Por cierto, no se si esto es verdad, pero me suena que la edición de Panini del primer tomo tenía una página donde no aparecían los diálogos.

      • Ah, pues no sabía que la edición de Fórum no estaba completa. Con esta edición de Panini no voy a caer, pero en fin, lo tendré en cuenta para futuras (y más económicas) ocasiones.

        • Iron dice:

          Hombre, lo que falta tampoco es que sea super-imprescindible.
          Una es una historia de Moore y Davis que se usaba para “enmarcar” un número que reeditaba varias historias clásicas de la familia Marvelman (y una historia de Big Ben).
          Las otras son historias que profundizaban en los Warpsmiths, bastante interesantes y que te dan una idea bastante global (y algo siniestra) de esa raza alienígena.

  2. Iron dice:

    Primero de todo, enhorabuena Javier por el artículo, como dice Jerónimo, analizar este tipo de obras siempre es complicado.
    Y ahora, un par de detallitos que me gustaría comentar.

    El tema de Eclipse y la cesión de los derechos a los autores, quizá te he entendido mal, pero el tema del reparto de derechos tanto del personaje, como del trabajo (las páginas) de los dibujantes viene de los días de Warrior. El editor Dez Skinn instauró esa política un poco para compensar lo poco que se podía permitir pagar por página. Ese fué uno más de los múltiples factores que ha complicado la publicación del cómic. Esa política se continuó en Eclipse con Gaiman y Buckingham, pero se estableció desde el principio.

    El tema McFarlane y el “Man of Miracles”, esto es un cachondeo.
    El plan original de McFarlane era introducir a Miracleman en Hellspawn (aquella serie que inició Bendis) donde llegó a aparecer un personaje llamado Mike Moran, amenazas legales cambiaron estos planes y Moran desapareció de la serie.
    En aquel Tapa Dura que celebraba los 10 años de Image y que se publicó el 2005 apareció un personaje, nunca nombrado, que venía a ser Miracleman (con el diseño del muñeco de McFarlane del 2003), tras eso McFarlane toys sacó un muñeco el 2006 llamado Man of Miracles que, en teoría surgió para mantener unos supuestos derechos que McFarlane PODRIA tener sobre el logo de MM (que pese a contar con un diseño que podía parecer el traje de MM pasado por una trituradora noventera, chaqueta incluida, lo único que realmente era de Miracleman era el logo aquel del pecho).
    Tras eso, sobre el número 150 de Spawn aparece Man of Miracles que no se parece en nada a Miracleman ni al muñeco de McFarlane Toys, y se deja caer que es el personaje que aparecia en aquel tapa dura de aniversario de Image, ya que puede cambiar de forma. Ese Man of Miracles viene a ser “Madre” algo así como el padre de Dios y el Demonio (¿?) así que su origen no tiene demasiado que ver con el de Miracleman.

    • Iron dice:

      este comentario también es mio

    • Javier Marquina dice:

      En cuanto a lo de los derechos lo he reflejado tal y como lo leí, así que gracias a tu aportación ya me queda claro como fue el tema de los derechos de Eclipse y Warrior. Lo del hundimiento de Eclipse por el tema de los derechos era sólo una coña, ya que tuvieron que lidiar con fechas de entrega caóticas y un huracán que arrasó sus instalaciones. De todas formas muchas gracias por la aclaración.

      En cuanto a lo de McFarlane, la verdad es que tampoco he querido profundizar, ya que ya estaba dando demasiados datos en la reseña. Lo único que pretendía era “abrir un melón” para que la gente interesada investigase o para que alguien como tú tuviera la deferencia de perder un poco de tiempo y dejarnos la historia entera (y lamentable) del Man of Miracles.

      Gracias por partida doble.

  3. Dillinger dice:

    Ha envejecido mal este tebeo.

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