BRADLEY DE ÉL, de Connor Willumsen

 

 

Título original:
Bradley of him TPB
Sello:
Koyama Press

Artista: Connor Willumsen
Publicación USA: Noviembre 2019
Publicación España: Febrero 2021 (Alpha Decay)
Valoración: Nunca dejes de correr

 

¿Por qué corres? ¿Por qué no te detienes? ¿Por qué sigues? ¿Acaso lo sabes? ¿Qué estás haciendo con tu vida? ¿Quién coño eres? Todas estás preguntas salen de ti mismo. De la voz que tienes en el pecho y no para de gritar. Te las haces a menudo. Todos los días. No contestas. Nunca lo haces. Sigues corriendo. Sin detenerte. Sin parar. Ahogado y con el pecho lleno de vómito y bilis que has ido arrojando, escupiendo, tratando de hacer saliva cuando tienes la boca muy seca. Llevas unas mallas ridículas. Unas gafas horteras. Un gorro de tela cuántica tejido en Bangladesh que expulsa tu sudor como si lo odiara. Das pena. No eres consciente de ello, pero das pena. Eres ridículo. Y patético. Y en el fondo sí que lo sabes. Pero no te importa. Porque cuando corres simplemente corres. Te olvidas de lo que eres y de lo que no eres.

BRADLEY DE ÉL
de Connor Willumsen

Corres. Simplemente corres. No miras atrás. No miras a los lados. No miras. Corres. Simplemente corres. Y aunque el aire te abrasa los bronquios con cada bocanada y los calambres de tus piernas te hacen desear estar muerto, continúas porque correr es todo lo que tienes y en el vacío de la amnesia que te proporciona la carrera no tienes que preocuparte por tu fracaso o por resolver todos los problemas que te ha generado ser lo que eres. Corres. Con cualquier excusa. Para defenderte. Para justificarte. Para evitar comer o beber o follar. Para evitar ser humano. Y no te detienes. Nunca. Jamás. Subes. Bajas. Cruzas desiertos y montañas y valles y ríos. Te cruzas con animales, con cadáveres, con gente que te mira asombrada, que te persigue, que te ayuda cuando caes destrozado por un esfuerzo que nadie ha podido soportar jamás. Nunca. Llegas. Nunca llegas. Miras. Te vas. No descansas. No puedes. No paras. No te detienes.

 Corres. Nunca dejas de correr. Y cuando el destino te lleva a la meta y sabes que no puedes ir más allá, reaccionas como un niño e intentas implicarte en un mundo que ya hace décadas que te ha dejado atrás. Finges para encajar. Te declaras funcional. Te comportas según lo que tú recuerdas que significaba ser humano, pero es demasiado tarde. Abrasado por el sol. Tatuado de forma ridícula como un ciclista en julio. Miras lo que refleja el espejo y pierdes la razón. Al fin. Pronuncias solemne un discurso de agradecimiento que suena a epitafio. Y te desvaneces.

Y todo esto escuchando «The Eye of the Tiger».

En nuestro afán por intentar explicar lo que leemos, olvidamos que lo importante es lo que la lectura nos hace sentir. Racionalizar la poesía o la creación o el cómic es un proceso de niños aterrados que intentan comprender un mundo que se los quiere comer. Explicar es simplificar y, por tanto, reducir. El arte hay que sentirlo. Debe ser un golpe seco en las tripas. Un nudo en la garganta. Un suspiro. Unas incontenibles ganas de gritar. Y cuando eso te sucede, sabes que el autor ha conseguido algo. Algo que quizá ni siquiera estaba buscando, pero algo. Y si lo hace, si llega a ti sin pretenderlo, entonces sabremos que estamos ante una obra gigantesca que ha tocado el lugar preciso sin proponérselo. Porque las obras maestras lo son sin buscarlo. A su pesar. Y lo títulos que recordamos de por vida son los que nos hacen llorar sin esperarlo.

Es la primera vez que resumo una historia en una reseña. Espero que sepan perdonarme. La ocasión lo merece. Se lo he contado todo, pero para saber, para llegar ahí de verdad, deberán empezar a correr. Y no parar. Sin detenerse. Bradley de él les espera para revelarse, como las escrituras de un nuevo dogma alucinado y alucinante. Léanlo. Y trasciendan.

Corre, corre, caballito…

Publicado en el DIARIO DEL ALTO ARAGÓN el 21 de Febrero de 2021

¡Nos vemos en la Zona!

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