BOLÍVAR, de Sean Rubin

 

Título originalBolivar OGN
Sello: Archaia Entertainment
Autor completo: Sean Rubin
Publicación USA: Noviembre 2017
Publicación España: Marzo 2019 (ECC)
Valoración: Cada vez que alguien deja de creer en los dinosaurios, se extingue uno

 

Uno de los claros inconvenientes de ser un niño es que nadie te toma en serio. Da igual lo que digas: los mayores siempre creen que no tienes ni idea, que lo que dices o no tiene fundamento alguno o es fruto de tu imaginación. Aunque luego está el popular dicho de que solamente los locos, los borrachos y los niños dicen verdades. Qué contrasentido, ¿no? Instaurar declaraciones y luego pasar olímpicamente de lo que dicen los más pequeños. Si es que no hay quien comprenda a los adultos. Ni quien los haga convencerse de que si fueran con los ojos bien abiertos, serían capaces de percatarse de hechos tales como los que Sybil contempla a diario en

BOLÍVAR
de Sean Rubin

Los adultos pecamos de celeridad. De estrés. De correr todo el día contrarreloj. De sumergirnos en jornadas maratonianas planificadas al segundo. De no despegar la nariz del móvil. En situaciones de este calado, se antoja vital para nuestra salud mental (y para la de aquellos que nos rodean) levantar el pie del acelerador y pisar el freno. Detener ese ritmo frenético del día a día, dejar a un lado todas esas ocupaciones autoimpuestas, procurar no estar tan pendientes de las redes sociales, levantar la vista de la pantalla y observar lo que ocurre en nuestro entorno. No solo nos perdemos mil y un detalles que suceden a escasos metros de donde nos encontramos. También nos perdemos a la gente con la que nos cruzamos a diario y que comparte nuestras rutinas.

Pero bueno, bien es cierto que siempre hay casos que escapan a esas generalidades. Y Sybil es una niña que lo hace. Lejos de ir ensimismada (no perdamos de vista el hecho de que Nueva York, donde vive, es una ciudad de estímulos), anda bien despierta a todo lo que le rodea. Tanto, que se ha percatado de que hay algo que no encaja con su vecino. Al contrario de lo que piensan todos los habitantes de Nueva York (hasta los libros parecen confirmarlo), ella está convencida de que los dinosaurios no se han extinguido. Ha revisado mil veces su volumen de Cómo se extinguieron los dinosaurios, obra del famoso paleontólogo que trabaja en el Museo de Historia Natural. Lo conoce a la perfección y algo no le cuadra: está más que segura de reconocer en su vecino todas esas características que definen a un dinosaurio. Le ha seguido en la distancia y ha observado sus movimientos: toda la información obtenida parece darle la razón. Para reunir más pruebas, ha intentado incluso tomar fotografías, hasta el momento sin éxito. Con todo eso y por más que intenta hacérselo ver a su madre o a su profe, no hay forma de que le hagan el más mínimo caso. Y ya no es solo eso. Lo que más rabia le da es que los adultos de su entorno van tan despistados que no son capaces de ver lo que tienen delante de sus narices y que parece imposible obviar: un dinosaurio vive en el barrio.

Si anda como un T-Rex, huele como un T-Rex y habla como Punset…

El otro protagonista de esta historia pertenece a una de las especies animales que probablemente mayor aceptación tiene entre los niños. Si se hiciera una encuesta sobre los animales más populares entre la población infantil, no es difícil pronosticar que los dinosaurios estarían con total seguridad en el ranking (los que tengáis críos en vuestro entorno sabréis a qué me refiero). Estos grandes seres llevan años y años despertando fascinación entre los más pequeños de la casa y parece que aguantan el tirón en las nueva generaciones.

Bolívar, el otro protagonista de esta historia, es quien vive puerta con puerta con Sybil. Y es un dinosaurio. Este Bolívar poco tiene que ver con el general venezolano que liberó del yugo español a Colombia y Venezuela o con el naturalista y entomólogo. Pero tampoco es que se llegue a apreciar una vaga conexión con sus congéneres, salvo por su apariencia externa. Se podría decir que Bolívar es el colmo de un dinosaurio: sin ese instinto depredador que estamos cansados de contemplar en la gran pantalla y poco dado a la destrucción por razones obvias de tamaño, es discreto, educado y culto. Lee diariamente The New Yorker y es un asiduo visitante a los museos de su ciudad. Su única pretensión es llevar una vida normal, procurando pasar desapercibido, disfrutando de cada uno de los instantes que le brinda la ciudad y sus gentes en sus quehaceres diarios.

“¿No? Pues entonces, creo que me he equivocado de peli.”

Las concurridas calles de Nueva York se prestan de escenario donde se desarrolla toda la trama. Sean Rubin retrata las ajetreadas y bulliciosas aceras, lo emblemático de la arquitectura vertical, de sus edificios, de sus calles y ambientes, sus espacios públicos (los museos de Arte o de Historia Natural) y comercios (el quiosco, la tienda de tebeos o la librería no faltan), así como sus enclaves naturales (Central Park) o los matices de las galerías del metro. Ha reconstruido sobre papel una de las ciudades con más personalidad.

Bolívar es un delicioso transmedia: las páginas del cómic se alternan con los textos y las soberbias ilustraciones típicas de un álbum ilustrado. Todo un acierto, teniendo en cuenta no solo el ritmo que se imprime a la narración mediante esta alternancia, sino también por cómo agiliza y facilita la lectura en un tomo inusitadamente extenso para el público al que va destinado. Es una historia en esas en la que todo, absolutamente todo, es posible. Más aún: nada se escapa al poder del raciocinio ficticio impuesto por el creador y que se establece en sus páginas por su estructuración, personajes y la implícita asunción de premisas. Todo los elementos se engarzan entre sí, armonizando de forma orgánica y haciendo que el lector se sienta cómodo al meterte en ella. Descubrimos en su lectura matices de amabilidad e inocencia que priman en esos recuerdos que atesoramos de nuestra niñez. Las situaciones de comicidad a lo largo de la historia, el sutil uso del humor y la calidez de personajes, situaciones y trazos que el autor imprime a la trama, no hacen sino contribuir a que esa sonrisa con la que se aborda la primera página, permanezca más allá de la lectura del tebeo.

Leer la correspondencia con esos bracitos y ese cabezón es toda una proeza.

Y qué decir de la parte gráfica. Todos los aspectos suman en un gran resultado visual: los detalles en todas y cada una de las ilustraciones, la espectacularidad de las splashpage o la utilización de la paleta de colores y la iluminación. En sus trazos, que retrotraen indiscutiblemente a los cuentos infantiles, se observan ciertas reminiscencias a algunos ilustradores clásicos de esta literatura. Son reconocibles, por ejemplo, Maurice Sendak o la huella de E. H. Shepard, el ilustrador de Winnie de Pooh (uno de sus referentes, según Rubin). La técnica del grabado está también presente en su estilo (no en vano el genial Durero es otro de los totems de Rubin, dejando su huella) así como su gusto por el boceto.

Detrás de todo esto se encuentra un neoyorquino de pro cofundador de una empresa de diseño y manufactura de revestimientos de seguridad para superficies con agua (¡ahí es nada!) que compagina sus trabajos en el mundo de la ilustración y en esta otra empresa. Sean Rubin estudió arte y arqueología; esas representaciones en las páginas de Bolívar de ambos museos de la ciudad, el de Arte y el de Historia Natural, y la presencia de elementos de ambas disciplinas no podían ser casuales, pues. Además de otras ilustraciones y diseños gráficos, ha ilustrado volúmenes de la conocidísima saga de literatura fantástica para niños en el Reino Unido Redwall, de Brian Jacques. Aunque su primer tebeo como autor completo es este Bolívar, con el cual ha recibido un buen número de nominaciones a premios, ha sido incluido en listas y referenciado en medios, su primera incursión en el mundo del tebeo fue una contribución en el Mouse Guard de David Peterson.

La dura vida de la investigadora de campo…

Se podría decir que Bolívar se ha gestado a fuego lento. La inspiración para este personaje tiene su germen nada más y nada menos que en la infancia de Sean Rubin: el dinosaurio de juguete que Rubin tenía (y aún tiene) y que su primo bautizó con el nombre de Bolivar. La desbordante imaginación de la infancia llevó a ese dinosaurio a vivir muchas aventuras y, con el tiempo, el creador comenzó a escribir y a ilustrar sus historias. Lo cierto es que han sido unos trece años hasta que el proyecto ha tomado formado y ha llegado a las baldas de las librerías.

La gente de la FOX junto a la productora 21 Laps Entertainment (responsables de Stranger Things, Noche en el museo o La llegada) ha visto el potencial de las viñetas de Bolívar y ha comprado los derechos para la adaptación cinematográfica de este tebeo que aparece en la lista de los mejores títulos infantiles de 2017 de la biblioteca pública de Nueva York y que fue nominado a los Premios Eisner en la categoría de mejor publicación infantil en el rango de 9-12 años el pasado año (si recordáis, fue La sociedad de los dragones de té, el tebeo que se alzó con el galardón).

Las librerías, esos pozos de conocimiento y misterio.

En definitiva, una delicia de historia sobre las peripecias de una niña enfrascada en una personal lucha por que la tomen en serio y empeñada en demostrar que hay que ir por la vida con los ojos bien abiertos, y las andanzas de un dinosaurio en Nueva York, que llega a su momento más álgido con un monumental y rocambolesco malentendido. Más que apta para disfrutar con los más pequeños. E incluso sin ellos: no hace falta tomarles como excusa para deleitaros con sus viñetas.

Y si os quedáis con ganas de seguir paseando por las calles de Nueva York con Sybil y Bolívar, Sean Rubin nos promete para finales de este 2019 Bolivar eats New York, un recorrido por cinco de los distritos más conocidos de la Gran manzana. ¡Qué ganas de devorarlo!

¡Nos vemos en la Zona!

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