BÁRBARA, de Osamu Tezuka

 


Título original:
Barubora (ばるぼら)

Editorial: Shōgakukan
Género: Seinen
Mangaka: Osamu Tezuka
Publicación Japón: Jul. 1973 – May. 1974
Public. España: Nov. 2016 (ECC Ediciones)
Valoración: 7 boinas de Tezuka vienen de Bonanza /10

 

 

Vagando por los túneles de la estación de Shinjuku, Yosuke Mikura hace un extraño descubrimiento: una mujer aparentemente sin hogar que puede citar poesía francesa. Su nombre es Bárbara. Escrita entre 1973 y 1974, e inspirada en la ópera clásica Tales of Hoffman, de Jacques Offenbach, nos encontramos ante la obra que representa el trabajo más psicológico e inquietante de su autor..

BARBARA
de Osamu Tezuka

La inspiración lucha a muerte con el folio en blanco, con la partitura yerma, con la arcilla húmeda. Las musas susurran en el oído de los creadores. Palabras, melodías, figuras, sueños y esperanzas. Necesarias, deseadas, odiadas y anheladas. Las musas rondan.

Osamu Tezuka es capaz de provocar en mí algo extraordinario: una reacción psico-literaria a la que denomino “gula viñetil”. Una batalla a muerte entre el placer que me produce leer sus trabajos y la tristeza que me provoca ver como el número de páginas se va reduciendo poco a poco. Un pecado lúdico festivo. Una metáfora del destino del ser humano. Pero a pesar de esta pasión por su trabajo, el japonés no era perfecto y en su vasta bibliografía tiene relatos que deben ser entendidos bajo el prisma de su época. Precisamente Bárbara, el manga que tenemos entre las manos, es un buen ejemplo de ello.

Tezuka, te quiero.

Podríamos enmarcar esta obra como una de las primeras tentativas de Tezuka por acercarse al Gekiga, un género creado por Yosihiro Tatsumi allá por los años 50. En esas fechas, el mercado del manga estaba en plena ebullición comercial pero su público objetivo se reducía a sector infantil/adolescente. Gracias a la presión de algunos autores interesados en contar historias diferentes, apareció este movimiento que, en primera instancia, se urdió a un nivel underground y que poco a poco fue desarrollándose con total libertad. Si os digo que Gekiga significa literalmente “cuadro dramático” podemos hacernos a la idea de lo que estamos hablando: contenidos más adultos, dibujo más maduro y explícito… Por establecer un paralelismo occidental, sería como cuando Eisner comenzó a desligarse de sus obras más accesibles y decidió adentrarse en narraciones más adultas. Es lo que se acabaría acuñando como “Novela gráfica”.

Para alguien con el talento creativo de Tezuka, el hecho de poder dejar de lado el kodomo/shonen supuso un soplo de aire fresco. Ante él, surgió un nuevo tipo de lector que le permitía abordar historias más adultas y con mayor carga psicológica. Este no es el autor de Kimba o Astroboy, el universo de Bárbara se desplaza al otro extremo y hace que nos adentremos en un mundo más oscuro y retorcido: el devenir de un escritor atormentado (no, no es una novela de Stephen King), cuyo destino se ve perturbado por la aparición de una chica alcohólica que cita a poetas franceses.

Hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da iguaaal!

¿Recordáis que en la sinopsis se citaba una ópera llamada “Los cuentos de Hoffman”, de Jacques Offenbach? Pues este es el homenaje de Tezuka al compositor alemán (que por cierto, murió antes de ver representado su libreto). Las analogías de hecho son muy claras: el protagonista, Ernst Theodore Amadeus Hoffman nos cuenta su difícil relación con tres mujeres mientras una Musa, disfrazada de estudiante, intenta sacarle de la mala vida para que se dedique al arte de la poesía. Por supuesto, el nipón actualiza el relato y le añade su toque personal, sumado a un rico elenco de desviaciones sexuales, alcohol, drogas e incluso algo de política (je)…y peor aún, algo que sacude con profusión la sensibilidad del lector: el abuso físico que sufre Bárbara a manos del protagonista.

En un trabajo que tiene ya más de 40 años, y desde el prisma actual, asombra la violencia explícita que se ejerce contra el género femenino en muchas de sus viñetas, más aún cuando el eje de cualquier narración (o casi) radica en la empatía que sentimos con el héroe. Aquí vemos como el escritor practica esa crueldad de forma constante y manifiesta y, aunque se podrían llegar a excusar tales acciones bajo un manto de metáforas (=creador golpea a la musa), la triste verdad es que este tipo de situaciones son “habituales” en el manga de los 70. Sin ir más lejos, Go Nagai, autor de Mazinger Z o Devilman, tiene muchos ejemplos que podrían corroborar mis palabras. Aunque en su contexto original estas escenas eran normalizadas y aceptadas, su lectura me hizo reflexionar sobre cómo nuestra visión de este tipo de actos ha variado con el paso del tiempo y, en cierto modo, me produjo cierta alegría. 40 años ha.

Sin comentarios.

Bárbara apareció publicada de forma semanal en la revista Big Comic. Ya hemos comentado alguna vez la influencia que tienen los lectores japoneses en los títulos que leen: con un voto, puede cercenar la existencia de una serie o auparla al Olimpo de los Dioses. Este es uno de esos casos en los que esa “presión” tuvo un papel primordial. Según sus palabras: “A los lectores de la revista Big Comic les sorprendió mucho el estilo y el tono de Bárbara cuando empezó a publicarse. Se comentó que el tema de la historia era demasiado abstracto y extraño, muy difícil de comprender. Como respuesta a esos comentarios, introduje la trama de ocultismo en la segunda parte de la historia”.

Y no le falta razón: el escollo principal está precisamente en su estructura. Esa forma de compartimentar todo en relatos cortos que giran alrededor de los mismos personajes denota un deseo inicial más encaminado al elemento simbólico/alegórico que a contar “algo”. Como lectores, buscamos asirnos (¿he dicho asirnos?) a ese “algo” que nos provoque interés, ya sea la evolución del protagonista o una cadena de acontecimientos que vayan en alguna dirección. No es este el caso y lo que revela la cita de Tezuka es precisamente eso: “Me puse demasiado raro, nadie entendió de qué mierda iba esto, así que volví a darles lo que más les gusta”. Entonces, ¿merece la pena aguantar es primeros capítulos? Sí, sin duda. El de Osaka sabía contar historias como nadie. Conocía las técnicas que te llevan a devorar un manga sin compasión, ahora, esta obra no es apta para alguien que no haya leído nada suyo antes. Si quieres empezar con algo te recomiendo Black Jack o Adolf.

Así seguro que me entienden…

Lo curioso es que el autor no era precisamente un neófito en lo que a experimentación se refiere; durante toda su carrera rediseñó el concepto narrativo existente a base de probar nuevas estrategias visuales. Gracias a su excelsa producción se asentaron las bases de esa eterna simbiosis que siempre ha existido con el mercado occidental. Sin temor a equivocarme, sospecho que la influencia del movimiento surrealista que por la época estaba aflorando en el cómic europeo repercutió a su vez en el microcosmos del autor japonés. Sí, todavía quedaban unos años para Moebius y su Garaje Hermético (del que nuestra querida Espe Vela realizó una reseña psicotrópica hace un par de semanas y que podéis ver aquí), pero mientras se cocía Bárbara, una publicación llamada Metal Hurlant estaba germinando en tierras francesas.

Tezuka, nuestro sacrosanto dios del manga, se pone experimental y decide plasmar toda la oscuridad del ser humano en una obra cruda que en su primera parte roza el relato a lo David Lynch y que, página a página, acaba tornándose un trepidante thriller psicológico. Una historia que gira alrededor del concepto del arte y del valor del artista. De musas y mitos, de seres humanos egoístas y abyectos que tratan de llenar su vacío existencial a través de la droga, el alcohol y la violencia. Una acrobacia creativa en la que recoge todo lo malo y perverso de la sociedad japonesa y lo expone al gran público. Éxito, destino, inspiración, perversión. Un combo perfecto.

Las musas rondan y, afortunadamente para todos, acompañaron durante toda su vida al maestro. ¡Grande Tezuka!

 ¡Nos vemos en la Zona!

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