APOCALIPSIS NINJA. El corazón de las tinieblas ninja

Título Original:
Ninja Apocalypse

Año: 2014
Director: Lloyd Lee Barnet
Guión: Ashley Scott Meyers
Fotografía: Aashish Gandhi
Reparto: Christian Oliver, Les Brandt, Kaiwi Lyman, Cary-Hiroyuki Tagawa, Ernie Reyes Jr., West Liang, Tara Macken, Alvin Hsing, Antoinette Kalaj

Valoración: Experiencia edípica de automutilación ocular

Sinopsis: Pues a ver, no le tengo muy claro. Hay ninjas que matan otros ninjas. Con eso vamos tirando.

Tengo que hablar muy seriamente conmigo mismo. No aprendo, y sigo escuchando la llamada del abismo. Acudo presto al encuentro con abominaciones cinematográficas, aún a sabiendas de que solo me espera desolación y asco al otro lado. Pero soy humano, tengo debilidades. ¿Como se puede decir no a una peli con ninjas post apocalípticos? ¿Cómo puede salir algo malo de ese concepto?

¡Rumbo al apocalipsis!

Pelis de ninjas, qué grandes momentos de asco nos ha dado el género. Alguna parecía a ratos una película de verdad, como El Guerrero Americano, protagonizada por Michael Dudikoff, un tipo con el registro interpretativo de mi mesilla de noche. Otras, sin embargo, se arrastraban por los lodos de la serie Z, carne de videoclub, y que normalmente estaban producidas por Canon, auténticos terroristas del buen gusto a los que debemos también los grandes éxitos de, por ejemplo, Chuck Norris o Charles Bronson (y que fueron responsables de la citada Guerrero Americano. Cuánta bazofia puede generar un mismo estudio, amigos).

Lo bueno que tiene toda aquella colección de despropósitos ninja es que son carne de nostalgia, y verlas con los años es un ataque de risas asegurado. Pertenecen a ese magnífico género, que tantos enteros ganó en aquella década de hombreras y cardados, denominado comedia involuntaria, del que me declaro fan a muerte.

Los ninja.

Ese fue el reclamo tras una llamada que quedará para los anales de mi historia personal, cuando el amiguete de turno, sabedor de mi paladar selectivo para esta clase de basura, me hizo conocedor de este enorme coprolito que hoy os traigo. Una historia (bueno, más o menos) que ha entrado sin mucho esfuerzo en mi top 5 de peores películas que he visto en mi vida. Y sí, eso es mucho decir. Pero cuando termine esta crítica, espero que sintáis como propio el sufrimiento al que he sometido a mis retinas con el visionado de este insulto al noble arte de rodar películas. No hay ni un sólo segundo de descanso, todo es horrible, feo o estúpido en este espanto, que visto así, sin palomitas ni nada, te quita más cordura de una tacada que la página más horrenda del episodio más mórbido del Necronomicom (Que seguramente sea la de compra venta de pisos no euclidianos. A ver si encuentras la cocina, majete).

Voy a intentar poneros un poco en ambiente con la trama, una memez tan grande que ni el más inocente de los otakus se tomaría en serio como argumento. Vamos al lío… La película empieza tope dramática, con imágenes robadas de cualquier disturbio en Hong Kong. Sin muchas más explicaciones, pasamos de los cócteles molotov a una explosión nuclear. Muy sano, ahí dando ideas a los antidisturbios sobre orden público extremo. Como resultado de este conflicto a gran escala, el mundo ha retrocedido a un estado pretecnológico, donde los habitantes del planeta han perdido la humanidad, el orgullo y el estilo, ya que se visten todos como si fuesen gilipollas. Como ya no hay influencers especializadas en moda y complementos y no hay un instagram cerca, todo se ha ido a la mierda. Tanto, que hasta los ninjas parecen vestidos con retales de la kale borroka.

¿Qué dices? Si este es el próximo outfit de la Rosalía.

En este confuso mundo desolado por la falta de dignidad, la sociedad resultante del conflicto está conformada por dos reinos (creo, no lo tengo especialmente claro, ¿eh?). Uno formado por una caterva de fans del rollo glam pero sin criterio, (digo yo que, aunque el mundo se fuera al carajo, ¿hace falta disfrazarse de mamarracho?) y otro compuesto de tribus de… ninjas. Si amigos, resulta que de la destrucción nuclear han surgido hordas de guerreros de las sombras, que además son mágicos. Sí, los Shinobi de Hacendado de esta cosa son de los más sui generis, porque lanzan shurikens de energía, y muestran poderes de lo más variado, que así a bote pronto me hacen pensar que son una especie de versión absurda de los jedi. Primera alerta de plagio.

Resulta que los del reino de pringaos no-ninjas se cuelan en el reino de los sí-ninjas. La escena inicial nos muestra a varios retrohumanos discutiendo sobre una hoja de papel, mientras otro vigila mirando al horizonte con pose de tío importante. Vigila tan bien que al segundo es degollado por unos tipos que más que guerreros de las sombras parecen butroneros. Vemos que en el reino de los no-ninjas lo que prima es la astucia, porque se cuelan en una zona llena de asesinos expertos, a plena luz del día, vestidos como los restos de una despedida de soltero y con la capacidad de camuflaje de un cocainómano en una sesión de yoga. Un pleno, chatos.

Mira qué malvado que soy.

El consabido maestro ninja, oriental y calvo, mira un segundo el papel que tanto entretenía a los monguers que han hecho oposiciones para morir degollados. Con lo que debe ser otro poder ninja, llega a la conclusión él solito de que la misión de estos infrahumanos era cartografiar el reino ninja para una futura invasión.

El maestro se preocupa mucho, no sé de qué. Quiero decir, que si para cartografiar un reino entero han mandado a una pandilla de lerdos con un lápiz y un folio, no esperaría mucho de su capacidad táctica. El caso es que nuestro líder ninja hace una especie de concilio de Elrond versión chichinabesca, y llama a su presencia a todos los clanes. Si ya es todo un tanto confuso, cuando se introduce en el concepto lo de las castas y tribus  junto con las viejas rencillas, el mejunje se vuelve un enigma de proporciones ridículas. Las referencias a los hechos del pasado son constantes en toda la película, pero a base de frases con el contenido de un rebuzno, topicazos argumentales, hechos que contradicen otros hechos, engalanado todo con la emotividad de los momentos más insanos de Got Talent.

Esto lo hizo un mago.

En este mundo en el que la mitad son ninjas enfrentados y la otra mitad idiotas, se respira el rollo Mad Max. Lo que ocurre es que si en Mad Max teníamos la sensación real de un espacio decadente, la decadencia en este caso viene marcada por la brutal falta de presupuesto unida a la total ausencia de vergüenza. La película está rodada en un paraje de lo más cutre, donde se han molestado muy poco en camuflar la inexistente variedad de escenarios. Algún colega les ha prestado el “sembrao” el fin de semana, y a tirar. Lo peor de todo es que estás a punto de descubrir que los exteriores son el punto fuerte de las localizaciones. Otro éxito de producción.

Nuestro protagonista reúne a su clan, y se dirige a tan magno encuentro. El Clan Perdido, con un pasado muy turbio a sus espaldas. Pasado turbio que debemos suponer por esas referencias de las que hablo, porque lo que son explicaciones, ninguna. ¿Para qué va a hacer el guionista su parte si ya tiene a unos espectadores majísimos que harán el trabajo sucio? ¡Bastante tiene con escribir frases ridículas, que mira que sois exigentes! Nuestros ninjas llegan al bunker, y empiezan los extraños discursos sobre el honor, el código, el clan, y no se cuántas chorradas a cada cual más increíble que la anterior. Los ninjas, los famosos mercenarios asesinos del japón feudal, en esta peli son una especie de monjes pacifistas con el talante guerrero de Tamara Falcó. No sabía si reír o vomitar un arco iris.

A ver, reunión…

El concilio de la memez empieza, al fin, y el gran maestro Fumitaka (interpretado por Cary Tagawa, un tío que empezó trabajando con Bertolucci y que hace años trabaja por bocatas de mortadela)  arenga a sus bravidos fistros para que se unan como un solo clan, ahora que se tienen que partir la cara con el reino de idiotas del otro lado del muro. Todo es tan cutre, que cuando aparece el gran maestro no se les ocurre otra cosa que poner una pista de audio que parece un concierto de Metallica en primera fila, cuando apenas hay cuatro colegas mal contados en el bunker. Qué escenario, colegas, que parece el atrezo que sobraba del episodio con menos presupuesto de los Power Rangers y que añade la capa extra de cutrez que hace de este momento una oda al asco. El matiz bizarro lo pone nada más y nada menos que la aparición estelar de uno de los grandes estrellados del mundillo de las artes marciales. Que levante la mano aquel que recuerde a Ernie Reyes (sin mirar a Wikipedia).

¿Nadie? Normal.

Este señor bajito fue estrella infantil gracias a la serie Compañeros (La de Kimi y Valle no, la de Disney… señor, qué viejo me siento), donde repartía patadas con gracia. Quizá alguno recuerde su jeto de Tortugas Ninja II, donde hacía de comparsa adolescente de nuestros quelonios favoritos. Ahora se ahoga en producciones que no tienen ni letra en el diccionario que definan su peste a podrido.

¡Que yo fui una estrella, chaval!

Total, que se cargan al maestro calvo, y todo el mundo culpa al clan de los protas. Parecía una especie de Mad Max en ridículo y resulta que se transforma en un homenaje a The Warriors. Lo que prometía ser una merienda entre colegas, acaba como La Sexta Noche, y los demás clanes de ninjas persiguen a nuestra aguerrida panda de tristes a lo largo y ancho del mismo pasillo durante lo que queda de película. De repente, echas de menos el erial en el que hacían el chorra los primeros minutos. Te aseguro que acabas con sensación de claustrofobia y con ganas de irte a dar un paseo después de un rato largo condenado por un director que tiene el manejo del espacio de un topo.

Aunque parezca mentira, sólo estamos en el minuto 20′ de película, y a estas alturas estás pidiendo el derecho a una muerte digna. El caso es que no has visto nada, y lo mejor/peor, está por llegar. Los personajes se convierten en sujetos irritantes, sin norte, cambiantes y desequilibrados, rematados por unos actores que son malos de por sí, pero que encima son incapaces de dar credibilidad a unos esbozos que no tienen forma ninguna. La escenas de acción son aburridas, sin emoción, coreografiadas por un tipo que, supongo, se sacó el cinturón amarillo en un curso on line. Ninguno de los actores sabe pelear realmente, y cada movimiento es forzado, falto de dinamismo y fluidez. Una pandilla de yayos jugando a la petanca tiene más poesía corporal que este ir y venir de cutrez marcial. Quizá sea la protagonista femenina la que mejor solventa este tipo de escenas, se nota que sabe moverse y tiene algún recurso con un soplo de realismo, así que, como quedaba demasiado bien, los responsables de la película deciden que muera la primera. (TOMA SPOILER).

Aquí la única que sabe un poco lo que hace.

Es curioso, porque normalmente me quejo de que los directores de pelis de galletas no abren plano, que cierran demasiado la acción y solucionan la papeleta con trucos de montaje que visten de trepidante escenas que, con menos habilidad, pueden quedar confusas. En esta película me pasa lo contrario. Estoy rezando en cada encontronazo para que el director se de cuenta de que la mejor opción cuando tienes tal falta de atractivo en el diseño de escena es, precisamente, cerrar plano. Pero el director de esta cosa es un suicida o (me temo) tiene las habilidades como realizador de un mandril armado con un Iphone. Se empeña en una demostración constante de todas sus vergüenzas y de las de sus actores y especialistas, que han aprendido karate viendo Hora de Aventuras. Hay una escena en una escalera, que es un horror en cada una de las decisiones que se toman. A falta de talento, sangre digital que salpique la pantalla. La falta de dominio del espacio, la ausencia de tensión o anticipación; en definitiva, la carencia de control sobre aspectos fundamentales de la escena, quitan los galones de director al tío detrás de la cámara. Es que veo la escena del ascensor de El soldado de Invierno, lo comparo con esta broma, y me doy cuenta de que necesito un abrazo (y ver otra vez la del capi).

Cuando crees que ya has tocado fondo, resulta que hay un homenaje forzado al episodio de las sirenas de La Odisea. Hay que tener las gónadas como sandías para atreverse con una referencia a los clásicos en este disparate, pero todo es mejor si a la ecuación introduces (que suenen trompetas) …ZOMBIS. Si, chicos y chicas, no teníamos bastante con Ninjas mutantes y mutontos (+10 en carisma por ese chistazo), se meten unos cuantos muertos vivientes, que están de moda, y a tirar.

Los ritos de iniciación de la tuna de la Complutense.

Como os decía, he visto pocas cosas peores que esto. Porque encima, detrás de esta película hay unas pretensiones ridículas. Ese aire pretencioso choca peligrosamente con el talento real de los implicados, y, sobre todo, con el presupuesto de la producción. No se ha renunciado a nada, aunque por técnica y medios, los resultados se podían adivinar como muy alejados de la realidad. Es más, esa actitud me choca, porque si hay algo que percibo en esta película es una inocencia disfrazada de seguridad que es poco menos que enferma. Es que imagino a los responsables de este pedazo de mierda comiendo chuches y bebiendo Monster mientras ríen nerviosamente tras el visionado de su película, henchidos de orgullo, convencidos de que esto lo va a petar en algún expomanga. Y la escena, en su totalidad, me asusta.

¡Nos vemos en la Zona!

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

Santi Negro

Lector. Cinéfago. Sueño en viñetas

También te podría gustar...

Deja un comentario, zhéroe

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.