20 años de… AGUJERO NEGRO, de Charles Burns


 

 

Título original:
Black Hole TPB

Sello: Kitchen Sink Press/Fantagraphics
Artista completo: Charles Burns
Contenido: Black Hole #1-12 (Mar. 1995 – Ene. 2004)
Public. USA: 2005 (Pantheon)
Public. España: 2015 (La Cúpula)
Valoración: 8.5/10

 


Es normal que los aniversarios se celebren por todo lo alto sobre todo si son de páginas de alta alcurnia como ésta (#ZZYearTwo), pero cumplir años es un arma de doble filo. Lo más crudo para un adolescente es darse cuenta de que está creciendo sin remedio, que la vida sólo va hacia delante, que la inocencia y la impunidad que otorga ser un niño, de pronto, desaparecen y que el mundo adulto que tanto le repele se convierte, inexorablemente, en su propio mundo. Crecer es un agujero negro al que uno cae, sin red ni arnés de seguridad, y donde tiene que aprender, como puede o le dejan. Así es Black Hole, una historia cruda de trazos crudos que encierra una cruda realidad. Bienvenidos a la paradoja que todo ser humano asume en algún momento de su vida: la crudeza de la madurez. Bienvenidos a…

AGUJERO NEGRO
de Charles Burns

Veinte años hace ya de la primera publicación de esta obra de culto dentro del cómic indie, en la que los adolescentes de Seattle son víctimas de una extraña enfermedad que no afecta a los adultos. Comúnmente se conoce como “la plaga de los quinceañeros” y quien la contrae manifiesta impredecibles síntomas que varían, según el afectado, de unas simples ronchas al desarrollo de extraordinarios apéndices u horribles deformidades. Lo peor de todo es que una vez se infectan, lo hacen para siempre, y en manos de cada uno queda afrontarlo o no.

En ésas se encuentran Chris Rhodes y Keith Pearson, los protagonistas de la historia, y a través de quienes vemos todas las reacciones posibles ante esta plaga, en la que se mezcla una trama misteriosa que incluye bosques siniestros, sombras acechantes que sólo atisbas con el rabillo del ojo y extraños muñecos de vudú hechos de huesos, palos y piedras. Un montón de elementos inquietantes que no tienen nada que envidiar a los del Proyecto de la Bruja de Blair. En capítulos alternos, vemos a Chris o Keith rodeados de la infección en mayor o menor medida, mientras sufren los problemas e inquietudes de unos adolescentes de clase media, americana y hippie durante los años ‘70. Sexo, drogas y el rock’n’roll del púber: la llegada de los para nada dramáticos cambios corporales y mentales, y todas las inseguridades que acarrean. Qué años maravillosos, ¿eh?

¿Eres tú mi mamá?

Pero, aunque estén ahí, esta no es una simple historia de urbanizaciones e institutos. El verdadero mensaje está oculto entre tópicos, como las disecciones de ranas, las fiestas de jovenzuelos salidos consumiendo cervezas y porros, o el siempre recurrente ‘ahora me enfado y me escapo de casa con lo puesto’. Agujero Negro habla de la importancia (para el que se la dé) de encajar en los cánones estéticos marcados por la sociedad, de ser aceptado por el grupo y de aprender a sobreponerte a los prejuicios y la exclusión social que supone ser distinto. Grandes dosis de reflexiones existencialistas que enorgullecerían al mismísimo Sartre.

Nos encontramos ante un cómic que se compone de varias capas que hay que ir retirando para descubrir, bajo todas ellas, la verdadera realidad que el autor nos quiere contar: afrontar cambios es una mierda. Madurar es un virus que te ataca, implacable, y cuando te atrapa ya no te suelta, te llena de deformidades para el alma de cualquier persona, como obligaciones, responsabilidades y objetivos en la vida. Los puedes asumir o no, pero es lo que te hará competente a la vista del resto. Ésa es la verdadera infección de esta historia, y ante la que cada personaje tendrá que decidir si forma parte del grupo, asumiendo su destino y madurando, o elige ser de los que se esconden para no aceptarlo y acaban perdidos en cualquier vicio.

Esta no es la cola más extraña que encontraréis en el libro.

Los recuerdos del sábado noche.

Pero no nos quedemos en la superficie. Otra de las capas que hay que separar para llegar al meollo del asunto es el pequeño tratado sobre drogas que se encierra entre sus páginas. Un trabajo de evidente, rigurosa y profunda documentación del autor, de la que hace partícipe al lector a través de imágenes que consiguen transmitir la sensación que produce cada colocón en el personaje que lo está experimentando. Por suerte, Burns se preocupa de diferenciar la realidad de las ensoñaciones y efectos varios de las drogas ondulando los bordes de las viñetas. Y menos mal, porque, en ocasiones, es la única referencia que tenemos para saber si estamos dentro o fuera de una alucinación. Como si nosotros también estuviéramos colocados, sólo pequeños detalles nos dejan percibir la cuál es la realidad y cuál la paranoia.

Toda la narración está plagada (y nunca mejor dicho) de ensoñaciones, flashbacks, paranoias psicodélicas, pensamientos y secretos inconfesables, en los que te enredas como en una película de David Lynch. Y, aunque el estilo narrativo hace mucho por hurgar en nuestras sensaciones, no es ahí donde se lleva a cabo la auténtica experiencia sensorial del lector. Ésta se disfruta en la siguiente capa a atravesar, que no es otra que el dibujo del señor Burns. Y le llamo señor porque se lo tiene merecido. En nuestro país ya ganó adeptos con El Club de la Sangre y su protagonista Big Baby, pero con Agujero Negro se ha coronado.

Es ese estilo old school, en blanco y negro puro, sin degradados, y con contrastes tan salvajes que algunas viñetas parecen fondos negros pintados en blanco, el que consigue transmitir la atmósfera viciada y confusa de la época hippie. Y no sólo sitúa la escena en los ‘70, sino que la contextualiza y justifica con numerosos detalles que parecen casualidad: discos y posters de John Lennon y Neil Young en las habitaciones de los protagonistas, las letras de Jimmy Hendrix sonando de fondo o personajes con estilismos a lo David Bowie.

La experiencia se completa con las perturbadoras splash pages al principio de cada capítulo y el juego de simetría y asimetría de las viñetas en la composición de las páginas, al que más de uno ha sacado similitudes con Watchmen. Además, Burns compone las escenas buscando un efecto cinemascope, colocando viñetas verticales idénticas, en las que sólo cambia algún elemento dentro del cuadro, o manteniendo la misma composición para conseguir un efecto travelling.

¿Por aquí voy bien para la carretera de Burgos?

No soy la única que ve el potencial cinematográfico de Agujero Negro. En 2008 hubo rumores de que David Fincher estaba interesado en el proyecto. En 2010 que Alexandre Ajá era el que andaba mostrando interés. Más tarde se sumó el nombre de Brad Pitt y luego nunca más se supo. Pero si personas con criterio ponen el ojo en algo, quizá ese algo merezca la pena.

Te han pillado con el carrito del helado.

Porque esta historia de secretos, complejos y mentiras tiene otros muchos enfoques. Segundas y terceras lecturas, todas metafóricas, que se entienden desde el contexto social del momento en el que Burns concibió la idea. El consumo de drogas entre los jóvenes y el bullying son temas que da igual en qué época y contexto escribas sobre ellos, siempre nos van a estar lastrando y es fácil reconocerlos integrados en la trama, porque las personas aprenden de dos formas: experimentando solos o a base de palos. Pero me ha resultado imposible no pasarme todo el cómic pensando que, a pesar que se puede extrapolar a cualquier otra enfermedad o deficiencia física, el virus del que habla la historia, es el V.I.H, sida, para los de la LOMCE, por el que, a mediados de los ‘90 se sentía un rechazo absurdo debido al desconocimiento de la sociedad ante una enfermedad tan reciente y fulminante. En las actitudes de los diferentes personajes ante “el bicho” conectamos directamente con el miedo, el desprecio y la desconfianza que suponía que tu vecino, tu compañero de oficina o tu primo se hubiera contagiado de sida.

Agujero Negro es como las canciones de Metallica, que según el día entiendes una cosa distinta y ninguna es la que pensaron Hetfield y Ulrich cuando la escribieron. Estoy segura de que cada persona le daría una interpretación diferente a este delirio existencialista. Incluso yo misma apreciaré cosas nuevas y encontraré nuevos significados cuando lo lea otra vez. Hasta que pueda compartir algo más…

¡Nos vemos en la Zona!

Teresita Sunday

Si es creepy, es para mí.

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5 Respuestas

  1. arkhamkaveli dice:

    ¡coño! Lectura hecha a conciencia, de esas que lees y te deja descolocado. Hace muchísimo tiempo que no leo nada así y viniendo de usted, ya va siendo hora ¡vamos Robin, a la “biblioteca” a por él!

    PD: si no quedaba claro: RESEÑÓN :D

    • Teresita Sunday dice:

      Muchísimas gracias Fer! Descolocado es poco, ya lo verás tú mismo. Qué gran lector eres, siempre dispuesto a echar un ojete (jejeje, no la he soltado en la reseña, en algún sitio tenía que caer) y comentar todo lo que recomendamos. Espero que nos cuentes tu experiencia cuando te asomes al Agujero, porque toda aportación no hará más que engrandecer este enorme cómic.

      Gracias por comentar :)

  2. Joe Runner dice:

    Es definitivo. Es un pedazo de cómic. Como sospechaba, tras leerme la reseña y acabar devorando la obra, la reseña mejora incluso más. Ésta es a la Teresita que admiro y me flipa cómo escribe. Que gustazo de artículo, joder.

    • Gracias jefe, no siempre se tiene el día, ni todos los cómics transmiten tanto. La materia prima realmente viene de parte del señor Burns, no de Montgomery no, de Charles (otra coñita que tampoco solté en la reseña y era inevitable que cayese xD)
      Gracias por comentar y difundir :D

  1. 24 abril, 2018

    […] ese es Charles Burns. He de admitir que no había leído nada del autor americano hasta que leí la reseña de Teresita Sunday sobre Agujero Negro y quedé totalmente hipnotizado por el estilo narrativo de éste. Una vez que entras en su juego de […]

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